Alviat
Se preguntó si su desazón se debía a la presencia de los zarefíes. Le incomodaba su monarca y el discurso de odio hacia Raehlan que promulgaba en las reuniones con el consejo de ancianos y Sorastalez.
Cuando llegó al cuartel, la comandante Yarisa lo esperaba en su despacho.
—¿Has leído el libro que trajo Shaen? —preguntó Borat mientras se sentaba.
—No me interesa. —Yarisa fue tajante—. Que dos mil ágaras después de la muerte de Raehlan-Tae aparezca un zarefí y ponga en duda su honor, y que nosotros se lo permitamos, me colma de vergüenza.
—Sin embargo, Sorastalez solo tiene oídos para su nuevo alia do. —Negó con la cabeza y se frotó los ojos—. ¿Para qué has venido? Presiento que hoy será un mal día.
—Y no eres el único. Algo me dice que, si no actuamos ya, será demasiado tarde. —Yarisa fue hacia la puerta con intención de marcharse—. Aguardamos tu orden.
Borat se puso en pie en cuanto la comandante salió de la estancia y contempló el mapa extendido sobre la mesa.
¿En qué lugar exacto estaría Kishur? Recogió la espada con la intención de marcharse, pero una fuerte presión en el pecho lo detuvo.
Su visión nunca le había lanzado una señal más clara que aquella. Era como si el mundo hablara.
«Ya se encuentra aquí», se dijo.
Kishur recorría el Sendero de los Dioses junto a Litzzia.
Le resultaba extraña la calma que reinaba a su alrededor.
Las ramas de los árboles se cernían sobre ellos formando una tupida cúpula que ensombrecía el sendero.
Percibía las miradas de los escáreas que lo vigilaban en la distancia.
Sabía que lo detendrían en cuanto alcanzara la ciudad, pero no estaba seguro de si lo haría el propio Borat.
Desconocía qué iba a encontrar en Alviat y si le quedarían aliados suficientes.
Salió de dudas enseguida, en cuanto atisbó a ver al comité que lo esperaba en la entrada de la ciudad. Litzzia y él se lanzaron una rápida mirada.
Dieciséis ágaras lo separaban de su hogar, si es que podía llamarlo así.
Lo cierto era que no lo sentía de ese modo, su vida como príncipe y rey le resultaba aún más ajena.
Parecía haber transcurrido en un pasado ya olvidado.
Gran parte de la muralla había dejado de existir.
Mejor, las ciudades no deberían cerrar sus puertas a nadie, y Alviat jamás había albergado a otros seres que no fueran dáricos. «Excepto a Alhanna», recordó Kishur.
Cincuenta hajaeks custodiaban la entrada a la ciudad, liderados por Borat. El general se adelantó un paso para recibirlo y Kishur observó su rostro impertérrito en busca de una señal que le dijera si estaba de su parte. ¿Habría enviado soldados a Marial-Pat?
—Os esperábamos hace mucho. Imagino que sois consciente de vuestro crimen contra Alviat.
—Las palabras de Borat parecían silenciar incluso al viento—.
Os advertí que proteger a la humana traería consecuencias.
Aun así, la elegisteis a ella. El gobierno y vuestro padre lo consideran traición, y supongo que habéis venido a redimiros.
—¿Serás tú quién me detenga? —Kishur ignoró cuanto dijo.
—Es mi deber hacerlo.
Kishur estiró los labios en una amarga sonrisa, Borat no le permitía conocer sus verdaderas intenciones y eso lo frustraba. El general desvió la mirada hacia Litzzia.
—Bienvenida, Litzzia. Te buscamos por todos los rincones de la ciudad, tu padre aún sigue desesperado por tu desaparición. —Hizo una señal a dos hajaeks para que se acercaran—. Llevadla enseguida con sus hermanos.
La joven iba a negarse, pero Kishur se giró hacia ella y le acarició la mejilla.
—Ve con ellos. Nos veremos muy pronto —murmuró con ternura.
—Espero que sea cierto. —Litzzia retuvo la mano del dárico entre las suyas un instante y luego se acercó a Borat todo lo que pudo—. Te mataré si lo traicionas.
La reacción de Litzzia hizo sonreír a Borat, pero se cuidó de ocultarlo.
Aguardaron un rato hasta que la joven desapareció.
Lo que vino después sorprendió a Kishur, pues tuvo la sensación de que Borat lo hacía para que todos los habitantes de la ciudad presenciaran su regreso.
No le pusieron grilletes, como hubiera sido lo habitual.
Kishur iba al lado de Borat. Los hajaeks formaron tras ellos como si fueran una escolta de honor.
Los dáricos comenzaron a abandonar sus casas y abarrotar las calles ante la expectación.
A su paso, Kishur reparaba en los rostros de aquellos que lo observaban con esperanza, los que sentían rencor hacia él y los que temían las consecuencias que traería su regreso.
Después de todo, estaba detenido y no por cualquier cargo: el de traición.
—Tendré que conduciros a una celda, espero que lo com prendáis. Pero os sacaré pronto de allí —murmuró Borat cuando ya atisbaban el palacio—. Tenemos invitados en la ciudad. Dos cientos zarefíes acompañados de su rey. Se ha aliado con vuestro padre.
Kishur se mantuvo sereno, pero la noticia lo conmocionó.
¿Zarefíes en Alviat? Las cosas parecían haber cambiado más de lo que sospechaba.
Alcanzaron el palacio y se detuvieron en la plaza.
El consejo de ancianos aguardaba de pie en la escalinata, y su padre y el monarca zarefí se encontraban frente a ellos.
Un fuerte contingente de escáreas rodeaba el edificio.
Kishur contempló a Sorastalez y supo que lo temía igual que en el pasado.
Le resultó extraño volver a estar tan cerca de él.
El tiempo no había disminuido la locura que reflejaban los ojos del monarca dárico.
El zarefí, por otro lado, mostraba satisfacción en su rostro, como si llevara esperando ese momento toda su vida.
Kishur recordó a la pequeña Ferian y a su hermano Agael.
Entonces, cientos de voces se alzaron para aclamarlo desde distintos rincones de la ciudad.
Gritaban su nombre: Kishur-Lantae. Eso lo sorprendió, ningún dárico lo había pronunciado jamás, salvo Litzzia.
Kishur lo lamentaba, por la esperanza que renacía en los corazones de su gente y él arrancaría una vez más, pues no pensaba tomar la corona.
Tal como Borat le había advertido, lo condujeron a prisión y, una vez en la celda, le pusieron los grilletes que lo anclaban mediante una larga cadena a la pared rocosa.
No se resistió, por supuesto. Primero, aguardaría al juicio e intentaría apelar al raciocinio del gobierno.
De no conseguirlo, usaría la fuerza para lograrlo, aunque la presencia de los zarefíes lo llenaban de duda.
Borat paseaba de un lado a otro frente a él.
Dos hajaeks custodiaban la puerta. Kishur apoyó la espalda en la húmeda piedra y esperó paciente.
—¡Debisteis volver mucho antes! —exclamó el general a poca distancia de él—.
La locura y el miedo consume a nuestra gente, han muerto casi un centenar acusados de traición.
El pueblo está más dividido que nunca, una parte os culpaba de cuanto ocurre y otra aguardaba vuestro regreso.
Y ahora, todos están convencidos de que la única forma de acabar con tanta desdicha es una guerra entre vos y Sorastalez.
—¿Y qué puedo esperar de ti? —preguntó Kishur con la barbilla alzada.
—Creo que lo sabéis. —Borat se acercó a él y bajó el tono de su voz—. Atendí la petición de vuestra carta y envié a ochocientos hajaeks a Marial-Pat.
A Kishur le alivió la noticia; al menos había cumplido una parte del compromiso con los humanos. Borat y él tenían muchas cosas que decirse, bastaba con mirar los ojos y la férrea expresión del general. Hasta ese momento, había dudado de su lealtad.
—Necesito que respondáis a algo con sinceridad —pidió el general. Había duda en su voz—. ¿Es cierto que sois la reencarnación de Raehlan-Tae?
—Sí. El Dios Dragón me encomendó la labor de aguardar la llegada de Alhanna y protegerla. —Decidió omitir el resto de la historia, sería más sencillo de asimilar.
—¿Por qué ella? ¿Qué tiene de especial esa maldita? —pregun tó Borat con rabia.
—Es Khaleria. El Dragón no la devoró tal y como cuentan nuestras leyendas, sino que la desterró a Asthaluss y la condenó a nacer como humana.
—Kishur esbozó una sonrisa al ver el rostro perplejo de Borat—.
Khaleria renació como Alhanna y regresó a Muriath.
Y tú la intentaste matar para obligarme a volver aquí.
Litzzia no te relató todo lo sucedido: antes de que el Qad’has se alimentara de Alhanna, el Dragón apareció para salvarla.
Borat se alejó al instante de él, como si Kishur acabara de asestarle un tremendo golpe.
El general perdió el aliento, pero no dejó que sus emociones lo controlaran.
Negó con la cabeza, incrédulo ante lo que acababa de oír.
Sin embargo, Kishur supo que creía cada una de sus palabras. Lanzó un largo suspiro de resignación.
—La disputa por la corona no es importante en estos momen tos —comenzó a decir Kishur en un tono mesurado—. En el fon do, sabes que este no es mi lugar.
—¡Sois nuestro rey! Sois Raehlan-Tae, ¿cómo podéis decir algo así?
—Borat le sostuvo la mirada mientras se limpiaba el sudor de la nuca—.
Pretendéis unir a todas las razas en la lucha contra los Olvidados, pero antes debéis derrocar a vuestro padre y tomar el poder para que ningún dárico se niegue a seguiros.
Le ofreceré a Sorastalez la posibilidad de rendirse antes de obligarlo por la fuerza.
—Borat se dirigió a la puerta—. Os juro por mi honor que esa corona volverá a vuestra cabeza.
—Pretendes mantenerme encerrado mientras das un golpe de estado. —Kishur se separó de la pared—. Te lo prohíbo, ya se ha derramado suficiente sangre dárica, ¿no te parece?
—Lo cierto es que no. —Borat golpeó la puerta y se apresuraron a abrirla—. Esta vez no os obedeceré, espero que sepáis perdonarme. Volveré cuando consiga la corona.
—¡No lo hagas! —El general abandonó la celda sin mirar atrás—. ¡Borat!