El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) La Ciudad Elda
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La Ciudad Elda

La escalera esculpida en la roca y que descendía en espiral por el gran socavón no era más que un amasijo de rocas erosionadas por el tiempo.

La maleza del bosque se abría paso por los diferentes niveles hasta alcanzar las profundidades de la ciudad.

Lo que un día fueron casas y corredores se habían derrumbado.

Trivaz caminó por la plaza, desde la que podía ver el cielo raso a través de la vegetación.

Parecía que la naturaleza estaba empeñada en enterrar aquel maldito lugar.

Los eldos fueron devorados por la Oscuridad, el Dragón los castigó por usar a un ente de Egoresa. ¿Cómo logró escapar Eleagor? Del mismo modo que se ocultaba de él.

Se adentró en los confines de la ciudad, allí donde la luz del sol jamás penetraba.

Sus ojos brillaban como el oro en la penumbra y su cuerpo irradiaba una trémula luz que guiaba sus pasos.

Rozó con las puntas de sus dedos la fría roca y percibió la presencia de un mal que las piedras reconocían; Eleagor se encontraba allí.

Sintió un gran regocijo y ansias por atraparlo.

No deseaba nada más en aquel momento, quería venganza.

Recorrió el sinuoso laberinto de ruinas y atravesó un imponente arco de piedra que lo condujo a la otra parte de la ciudad.

Los pilares que sostenían la construcción estaban intactos.

Llegó a un amplio recinto desde el que se accedía a diferentes salas.

El demonio oyó el chirriar de unas cadenas y se apresuró a entrar en una.

Eleagor sostenía el acero entre sus huesudas manos.

Lo soltó cuando descubrió a Trivaz. El eldo no mostró miedo, solo decepción porque el demonio lo hubiera interrumpido.

Las llamas de una docena de velas titilaban a su alrededor. Sobre un altar yacía el cuerpo descuartizado de un humano. Le había abierto el vientre y las entrañas se derramaban sobre la piedra. ¿Sería esto una ofrenda para Egoresa o el alimento del eldo?

—¿Intentabas invocar a otro ente? —Trivaz se adentró en la estancia—. ¿Es que no has tenido suficiente? Tu lugar está en la Oscuridad con el resto de tu raza.

—Aún no he terminado, no me rendiré hasta destruir al dárico gris —dijo el eldo mientras cubría su torturada piel de sombras—. He de acabar con Khaleria y destruir el último vestigio de Hagnak. Y tú no vas a impedírmelo.

—Claro que lo haré. —Trivaz sonrió con suficiencia, ahora que tenía su poder el eldo no era rival—. Pero hay algo que no comprendo. Khaleria os ofreció a ti y tu pueblo conocimientos, ¿por qué la traicionasteis?

—Era el modo de dañar a Hagnak. —El eldo alargó un brazo hacia él.

El demonio usó su poder para someterlo con una bocanada de aire. Lo lanzó contra el suelo y lo hizo rodar por la fría piedra. La piel de Trivaz emitía un halo dorado.

—Acabaste con la vida de mi señor, con el Juez de Muriath.

—Sus ojos refulgían con rabia—. Y condenaste el mundo a la desesperación.

Hiciste que el Dragón asolara la tierra y lo cambiara todo.

Destruiste miles de vidas. Hagnak era lo único que mantenía la paz y que calmaba a su padre. ¡Todos lo amábamos!

Trivaz gritó con todas sus fuerzas y un viento helado se apoderó de la estancia. Las ataduras invisibles del eldo se retorcieron y apretaron su cuerpo, triturando huesos y lacerando piel. Eleagor emitió un alarido desgarrador y lo miró con auténtico terror. Al final, solo era un cobarde.

—Te arrancaré la carne de los huesos antes de llevarte con Jaeglar —lo amenazó el demonio—.

Conozco tu historia. Hagnak castigó a tu familia por devorar a otros seres, pero te perdonó a ti porque solo eras un niño.

Él era benévolo. En lugar de aprovechar la oportunidad que te concedió, la usaste para trabar tu venganza.

Eleagor no pudo contestar, abrió la boca solo para escupir sangre.

Trivaz arrancó un trozo de roca y la moldeó como si fuera simple arcilla entre sus dedos.

La afiló tanto que parecía la hoja de un cuchillo.

La dirigió hacia el eldo y comenzó a cortar la piel de su rostro.

Los gritos de Eleagor retumbaron en la sala.

Hizo jirones su cara hasta dejar el hueso expuesto.

Apenas tenía músculos ya, pues el tiempo los había consumido.

Sintió que aquello no era suficiente, que nada lo resarciría por la pérdida de Hagnak.

Entonces, notó que una fuerza arrolladora tiraba de él y lo inmovilizaba, una sensación conocida.

Su poder se detuvo, lo que liberó al eldo.

Las dos diminutas esferas que Eleagor tenía por ojos se apagaron y su cuerpo cayó inerte al suelo.

Trivaz quedó libre al instante. Soltó la piedra ensangrentada y gritó colérico al advertir que acababan de privarle de su venganza.

El cadáver del eldo se deshizo en un montón de cenizas.

Eleagor abrió los ojos ante el deslumbrante azul del mar.

Una ola lo alcanzó y acarició sus pies descalzos.

Llevó sus manos al rostro y comprobó que no tenía heridas.

Ya no sentía dolor alguno, incluso su rabia comenzaba a disiparse.

Reconocía aquel lugar, era el mundo de Hagnak.

Había estado allí siendo un niño, cuando el Juez ejecutó a toda su familia. ¿Cómo era posible?

—¡Habías muerto! —gritó el eldo.

—Pero quedó una parte de mí. —La voz a su espalda lo sobresaltó.

Al girarse, se encontró con las grises pupilas de Hagnak. Eleagor retrocedió unos pasos, conmocionado por la presencia del antiguo Juez. Lo observó incrédulo; todo su sacrificio no había servido de nada. Sin fuerzas, se dejó caer de rodillas sobre la arena.

—Cuando estuviste aquí de niño, dijiste que usarías la Canción contra mí y yo, sin saber que te daba mi arma más poderosa, te respondí que deberían cantarla cientos de voces para que me afectara —le recordó Hagnak—.

Y lo lograste. Pero condenaste a toda tu raza con ello, pues mi padre la destruyó como castigo.

—Y me dejó vivir para que lamentara cada uno de mis días —dijo Eleagor con rabia—. La Oscuridad se tragó a mi gente, tampoco los hallaré en el mundo venidero.

—¿Te arrepientes de tus actos? —preguntó Hagnak. El aire revolvió su cabello.

—Es difícil saberlo cuando ya solo albergas cólera. —Eleagor se puso en pie—. Recuerdo los gritos de los niños mientras eran devorados por la Oscuridad. Eso sí puedo decir que lo lamento. ¿Me has traído para castigarme? Tu demonio ya estaba en ello.

—A Trivaz siempre le ha gustado demasiado la sangre.

—Hagnak levantó un brazo hacia él—. Estás aquí para acabar con esta cadena de odio.

Tú solo sientes cólera y yo soledad y rabia.

Ser el Juez nunca fue sencillo, cada castigo me rompía el corazón.

Y eso me hizo débil. Cuando ejecuté a tu familia por sus crímenes, los envíe al mundo venidero.

Márchate con ellos. Te daré lo que tanto ansío para mí mismo.

—¿Por qué lo haces? —Al eldo le temblaron las manos por la emoción.

Llevaba las últimas dos mil ágaras deambulando por el mundo sin esperanza, buscando la forma de culminar su venganza—.

He usado una vez más a Egoresa para acabar con el dárico gris.

Deberías odiarme en lugar de ser clemente conmigo. ¡No lo entiendo!

—Porque yo no te odio, solo siento pena por ti.

El cuerpo de Eleagor comenzó a convertirse en arena, desde los pies a la cabeza.

Mantuvo su mirada en Hagnak todo el tiempo.

Los ojos del que fuera Juez del mundo no lo abandonaron hasta que la oscuridad lo consumió todo a su alrededor.

Tan solo en el último instante sintió arrepentimiento por haber acabado con la vida de alguien que era capaz de perdonar a su propio asesino.

Luego, solo hubo risas a su alrededor, y una luz cálida que lo acogió en el seno de Muriath. Por fin se reunía con su familia.