El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Lortigan
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Lortigan

—¿En qué piensas? —le preguntó Litzzia a su lado.

—No será sencillo convencer al gobierno para que apoye a los humanos.

Tendré que hacerlo a la fuerza si es necesario —le aseguró Kishur sin apartar la vista de la alta cúpula que podía distinguir en la lejanía—.

Sorastalez me pondrá las cosas difíciles, pero a pesar de todo no puedo culparlo.

Creo que soy responsable de su enfermedad.

Litzzia no supo qué decir, así que se limitó a abrazarlo.

—¿Terminaste la canción? —preguntó de pronto Kishur. Ella hizo un mohín con los labios y negó con la cabeza—. Tendremos que esperar un poco más entonces.

Fueron junto al fuego. Litzzia se apartó de él y se aclaró la garganta para captar su atención de nuevo.

Sacudió su melena y las ondulaciones doradas cayeron junto a su rostro.

Kishur la observó con la espalda apoyada en la pared.

La joven se giró hacia él y comenzó a cantar una preciosa melodía mientras danzaba con los brazos en alto.

Sus manos se enroscaban en el aire como si deseara alcanzar las estrellas.

Su voz rota y vibrante cautivaba al dárico.

La esbelta figura de Litzzia se recortaba contra las llamas.

Kishur se concentró en el hermoso baile y dejó que la canción lo adormeciera. Si hubiera conocido la letra, quizá se habría atrevido a acompañarla.

Las llamas de la hoguera crepitaron y se levantaron con tanta fuerza que Litzzia se detuvo al instante.

Kishur se separó de la roca cuando lo invadió una extraña inquietud.

Las sombras que proporcionaba el fuego se alargaron hasta alcanzar el filo del barranco.

Kishur se dirigió hacia el cúmulo de bruma que comenzaba a alzarse poco a poco frente a sus ojos.

Sabía quién era, podía percibirlo con total claridad.

Le hizo una señal a Litzzia para que se quedara atrás y la joven se alejó todo lo que pudo. Osharan apareció ante él.

La Oscuridad se deslizaba por su cuerpo como un manto brumoso y caía hacia el suelo, cubriendo la hierba.

La hoguera menguó en su presencia. Las plumas de sus alas se agitaban con el viento y sus rojas pupilas observaron a Kishur intensamente.

Se fijó en la perfección de sus rasgos atemporales y se preguntó que tan larga era su existencia.

—Debes abandonar este lugar, eres mi Guerrero —dijo Osharan con su poderosa voz—. Me habías entregado tu vida, ¿por qué incumples tu palabra?

—No lo hago. Necesito un ejército para luchar en las Avíseas y poder alcanzar el Vacío.

Y para conseguirlo, he de entrar en Alviat.

—Kishur notó el gélido contacto de la Oscuridad en sus piernas, la niebla llegaba hasta sus rodillas—.

Me propongo detener a los Olvidados, pero también deseo que al término de la guerra quede lugar para que los seres mortales puedan vivir en paz y sin rencores.

He de remediar todo el mal que causé siendo Raehlan.

De otro modo, ¿para que serviría tanto sacrificio?

—No lo comprendo. —Osharan frunció el ceño, confundido.

—Si la Jistar, Zahel y yo no hubiéramos existido, el mundo quizá sería un lugar muy diferente y no estaría plagado de odio y muerte.

—Kishur casi podía asegurarlo—. Yo no debí nacer, me otorgasteis el poder de influir en los demás y he arruinado muchas vidas en cada una de mis reencarnaciones. Fue un error que me crearais.

—El mundo no importa, hay muchos otros, pero tú eres único. —Las palabras de Osharan sonaron como una amenaza hacia Muriath—. Quise recuperar a Hagnak, ¿eso te parece erróneo?

—Cada vez que os preguntaba ¿por qué yo?, me respondíais con enigmas. —El dárico notaba que el aire se volvía más denso—. Y ahora conozco la razón: no queríais que descubriera la verdad. Que solo soy un reemplazo.

—Eres hijo de la Oscuridad —afirmó el Dragón con contundencia.

—Pero no como esperabas y por eso me abandonaste con los dáricos. —Kishur cambió su forma de dirigirse al Dragón sin siquiera darse cuenta.

—No lo hice, cambié Muriath por ti. Naciste mortal por culpa de Trivaz y creé la Jistar para protegerte de los inmortales.

Pero eso no fue suficiente, un dárico te hirió de muerte.

—Osharan agarró un mechón de cabello gris de Kishur—.

Te convertí en su rey para que fueras el más poderoso de todos. El mundo es tuyo si así lo deseas.

La impresión al oír aquellas palabras lo dejaron sin aliento. Era la primera vez que mantenía una conversación tan sincera con Osharan. Kishur miró hacia Alviat, las luces titilaban a lo lejos, tan diminutas que parecían luciérnagas sobre un estanque. Él no quería el mundo.

—Lo único que necesito es acabar con tanta desgracia, y descansar cuando me llegue la muerte. —El Dragón soltó su pelo y su mirada se enturbió—. Debes dejarme ir, no quiero odiarte por retenerme contra mi voluntad. No deseo odiar a mi padre.

Solo obtuvo silencio como respuesta. La Oscuridad comenzó a remitir hacia el cuerpo de Osharan y Kishur dejó de notar el frío contacto.

Le hubiera gustado saber qué pensamientos poblaban la mente del Dragón en esos momentos.

Este observó un instante a Litzzia con sus rojas pupilas y en sus labios apareció una extraña sonrisa.

Kishur miró a la joven con curiosidad, pero no percibió nada inusual.

—Su vientre alberga nueva vida —mencionó Osharan.

Kishur sintió que el mundo temblaba bajo sus pies.

Ella tampoco parecía saberlo, pues se llevó la mano al vientre con gran sorpresa y, tras un instante de duda, el rostro de la joven se iluminó de alegría.

El dárico sonrió con ternura. No estaba seguro de si era lo más sensato, pero si la noticia hacía feliz a Litzzia, a él también.

Osharan comenzó a desaparecer y miles de perlas negras revolotearon en el aire.

Sus ojos fueron lo último que el dárico alcanzó a ver, se habían quedado prendados en él.

Una pluma negra danzó ante su rostro y Kishur la atrapó. Sonrió con tristeza.

Ahora que conocía toda la verdad sobre su origen, no resultaba más sencillo afrontar el pasado. Lo cierto era que añoraba el tiempo en el que solo era Kishur-Lantae.