Tirian
—No del todo me temo. Pero Isela lo mantiene entretenido, trabaja con él para que aprenda a manejar sus sueños.
Espero que lo logre —admitió el hombre con el ceño fruncido—.
Lo que hizo en Calar fue impresionante, convirtió una flecha en una rosa.
Es un soñador inusual, no imaginaba que estando despierto pudiera cambiar la realidad.
—Yo tampoco. Afortunadamente, Eduar tiene buen corazón —dijo Sandar.
Semejante don en manos incorrectas sería una catástrofe.
Daraes usó el catalejo para contemplar el puerto destruido por los zarefíes.
Un pesado silencio se adhería a una ciudad antes bulliciosa.
Cientos de humanos eran prisioneros de los zarefíes y las calles se habían convertido en cárceles improvisadas repletas de jaulas.
Tenían que liberarlos antes de atacar a los Invasores o los endómicos los usarían para crear sus bolas de fuego.
A Daraes le daba escalofríos el poder de aquellos seres, capaces de arrancar el alma a tantos pobres desgraciados.
Sandar le había contado que los endómicos de su raza ya no eran capaces de tomar la energía de su entorno como antaño. Excepto Raysit, el herrero dárico.
—Si los endómicos zarefíes no se hubieran desprendido de las túnicas, seríamos capaces de identificarlos.
—Sandar acarició el mango de su espada—.
Debemos acabar con ellos, es la única forma de debilitar a los Invasores.
Aunque liberemos a los humanos, podrían usar a su propia gente para la endomia.
—¿Y qué propones? —Daraes soltó el objeto y se giró hacia el general.
—Que elijas a algunos hombres y mujeres dispuestos a sacrificarse para que se camuflen entre los rehenes y se encarguen de señalar a los endómicos. —Sandar lanzó un largo suspiro—. No pueden ser soldados porque llamarían la atención. Y yo no puedo enviar a mis hajaeks por razones obvias.
—Eso nos llevará tiempo. —Daraes no estaba convencido.
—No ganaremos la guerra contra los zarefíes en un solo día —dijo Sandar con una ceja alzada—, hemos de ser pacientes. Esa es nuestra mejor estrategia.
A Daraes le preocupaba toda la gente que moriría antes de recuperar Tirian, pero estaba de acuerdo con Sandar, las prisas les harían cometer errores.
Dejó al runnense allí solo y regresó al campamento.
A lo lejos vio a dos de sus hermanos entrenando con sus hombres.
Galaera y su esposo gobernaban Edmoden y confiaba en que mantuvieran el pueblo a salvo de los Invasores antes de la llegada de los dáricos.
Oyó la risa de Eduar antes de entrar en la tienda que Daraes compartía con Isela.
Esperó fuera para no interrumpirlos, pues era difícil ver al niño animado.
Seguía aguardando el regreso de Ferian, convencido de que la había salvado.
El hombre deseaba que fuera cierto, pero sabía que era solo una fantasía del pequeño.
Isela y él trataban el tema con tacto para no hacerle daño, el tiempo se encargaría de mostrarle la verdad.
Del mismo modo que había hecho con Shudei y él mismo.
Daraes comprendía ahora a Shudei y todo lo que tuvo que sacrificar por culpa de los sueños y de ese ser que lo manipulaba. Por fortuna, Eduar se libraría de esto último, pues el Dios Dragón había bloqueado la mente del niño. Alzó la vista al cielo y suspiró.
«Lamento haberte odiado, Shudei», pensó con una amarga sonrisa.
Era tarde para enmendar el pasado, pero podía hacerlo mucho mejor en adelante. Y comenzaría por hablarle a Eduar de su padre.