El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat
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Marial-Pat

El general lo había llamado: «el árbol de los asesinos».

Creyó que sentiría pavor al pasar junto al imponente roble y escuchar su siniestra melodía.

Sin embargo, Oxa no percibía nada en esos momentos.

Se fijó en los miles de dientes que colgaban en hileras de las ramas, como perlas que decoraban una bonita lámpara de aceite.

No había cerca que limitara la granja, ni perros que ahuyentaran a los extraños.

Oxa alcanzó la casa y se detuvo frente a la puerta desportillada sin obstáculos. Pero no entró, aguardó allí de pie.

El frío húmedo la hizo tiritar. El tiempo pareció alargarse de forma infinita, hasta que la puerta se quejó con un profundo crujido al abrirse.

Una chica de cabello dorado y rostro pálido salió a su encuentro.

Llevaba un vestido color perla y sostenía una pequeña lámpara en la mano.

Le hizo una señal con la cabeza y Oxa cruzó el umbral.

Dentro la esperaba una amplia estancia en penumbras.

La ansiedad retorció sus tripas. En el centro de una mesa alargada brillaba la trémula luz de una vela.

Solo había dos sillas y una la ocupaba un hombre de cabello blanquecino y mirada perturbadora.

Oxa tragó saliva muy despacio al reconocerlo.

Era el adversario del viejo Nel, aquel con el que se disputaba el puesto de Galaef.

La chica rubia había desaparecido. El gaeshan le hizo una señal para que tomara asiento y la joven obedeció.

—La inteligente y rebelde Oxa, ¿qué te trae a mi hogar? —Su voz mesurada la sobresaltó—. ¿Te has cansado de espiar a los Nel y quieres un contrato para liquidarlos? No tienes dinero suficiente, nadie lo posee en esta ciudad.

—He asesinado al primogénito de los Nel, no necesito vuestra ayuda —dijo ella con arrogancia. El hombre soltó una carcajada y se inclinó sobre la mesa.

—Ya veo. Podrías haber llegado muy lejos con su apoyo. —El gaeshan se sirvió una copa de vino, señaló una vacía y Oxa negó—. Una lástima. Pero dime qué asunto te ha traído hasta aquí. Normalmente no permito que nadie acuda sin invitación, así que aprovecha bien la oportunidad.

—Quiero saber si es posible romper un contrato —dijo ella con incomodidad.

—Te explicas mal, lo que necesitas es conocer el modo de romper el contrato de Quiazz para salvarle la vida.

—La joven apretó los puños, ocultos bajo la mesa— Bien, voy a darte una respuesta.

Pero antes tengo que pensar qué hago contigo, ya que ahora conoces mis intenciones de liderar el consejo de ancianos.

—¿Y no te sería más sencillo conseguirlo si muere el Nel? —preguntó curiosa.

Al gaeshan pareció satisfacerle la pregunta.

Chasqueó los dedos y, poco después, la chica de antes regresó con una carpeta de cuero negro.

Se la tendió al hombre y se alejó tras dedicarle una reverencia.

A Oxa le ponían la piel de gallina. Aprovechó para observar la amplia estancia y le pareció un lugar abandonado y mugriento.

El gaeshan sacó una hoja de papel y la leyó con calma.

—El contrato se romperá si deja de tener validez. —El hombre guardó de nuevo el papel y entrelazó sus manos—. Está vinculado al bastardo de Zaraen, los Nel así lo indicaron. Y si no me equivoco ese es Quiazz, ¿verdad? Mientras siga siendo bastardo, el contrato continuará vigente.

El ambiente de aquel fantasmal salón comenzó a atosigarla, el polvo reposado de los muebles desvencijados le irritaba los ojos. La mirada del gaeshan caía sobre ella como una losa. Oxa se removió incómoda en el sillón. «El bastardo de Zaraen», se dijo.

—¿Sabes, Oxa? Me intrigaste mucho cuando apareciste en la ciudad.

Te pareces a mí cuando era joven. Yo también crecí en las chozas del río.

—Le dio un sorbo a la copa de vino y sonrió, aunque solo lo hicieron sus labios—.

Tranquila, no te aburriré con mi historia, no es tan diferente a la tuya.

Saliste del fango para convertirte en la primera mujer del ejército, entraste nada menos que a la sección de inteligencia, y ahora tienes a tu cargo a casi mil mujeres dispuestas a seguirte.

—Se arrellanó en la silla y clavó su adusta mirada en ella—.

Los Nel te han infravalorado y cuando sean conscientes de su error ya te habrás alzado sobre ellos.

Vuelve cuando invalides el contrato de Quiazz.

Oxa se quedó sin palabras, el gaeshan parecía haber estado esperando su visita.

—¿Por qué tienes tanto interés en Quiazz? —preguntó ella de pronto—. Conozco el trato que Gastor hizo contigo, sonsacaste información a un mercenario a cambio de que pudieras reunirte con Quiazz para que te relatara su viaje junto a Zaraen. ¿Qué tuvo de especial?

—Me agrada que seas tan curiosa, pero ya he respondido a una pregunta y debe bastarte.

—El hombre le hizo una señal para invitarla a marcharse—.

De todos modos, ya no me interesa qué pueda contarme Quiazz.

La casualidad trajo hacia nosotros a dos gemelos de Cimeag, quienes llegaron a la ciudad buscándolo.

Me hicieron saber algunas cosas interesantes del tiempo que compartieron con Quiazz.

Los he acogido, a veces se necesitan buenos chicos para recabar información.

Quiso preguntar quiénes eran y qué le habían relatado, pero prefirió abstenerse de hacer que el hombre perdiera la paciencia con ella.

Así que se incorporó despacio, aún desconfiada.

Salió al frío de la noche y contempló la granja envuelta por la niebla.

Esta vez, al cruzar frente al árbol de los asesinos, se le erizó cada vello de su cuerpo.

Se apresuró a salir de allí. Era una noche oscura.

Sonrió satisfecha. Conocía el modo de librar a Quiazz de la muerte y asestarle un golpe a los Nel al mismo tiempo. Solo necesitaba darle un apellido y sabía cuál.

Oxa se refugió en la casa en la que había nacido.

Estaba en ruinas, el paso de los kalastys por allí arrasó con lo poco que tenían.

Aun sin ventanas ni puerta, le sirvió como guarida durante los dos días siguientes.

Envió a una vieja amiga a indagar sobre el estado de su hermano; parecía encontrarse mejor.

La tercera noche entró en su nueva casa con las artes de un ladrón, para que los guardias que la custodiaban no la vieran.

Cambió sus ropas por unas más apropiadas, hechas con duro cuero en el corpiño y más flexible para los pantalones.

Se ató a conciencia el cinto con todos sus cuchillos.

No llevaría espada, eso solo le estorbaría.

Acarició con la punta de los dedos la mancha seca de la sangre dejada por su hermano. Y se marchó.

El despacho del viejo Nel estaba iluminado por dos simples lámparas que pendían del techo.

Las cortinas ocultaban los ventanales. Oxa había entrado gracias a su agilidad, a sus pies silenciosos y a las sombras que había aprendido a usar para ocultarse.

Ágaras viviendo en los bajos fondos dedicándose al saqueo tenía sus ventajas.

Se mantuvo en un rincón mientras el anciano terminaba su taza de té y revisaba unos documentos.

Aquel rostro ajado por las arrugas le resultó desconocido a pesar del parecido.

Hacía rato que nadie caminaba al otro lado de la puerta.

Oxa se movió despacio y se colocó detrás del anciano.

Extrajo un cuchillo y con estudiados movimientos deslizó la hoja hacia su cuello.

Este se quedó atónito por la sorpresa y no osó moverse.

La taza resbaló de sus manos y mojó las hojas de papel.

—Solo un gaeshan podría entrar sin ser visto en mi casa. —Aquello sorprendió a Oxa, pero no dijo nada de inmediato—. Si aún vivo es porque queréis algo de mí.

—Así es —dijo ella en voz baja, arañando cada sílaba—. Necesitamos tu firma.

Hubo un tenso silencio entre ellos. Debía anticiparse a él si trataba de gritar para alertar a sus guardias. La joven sacó una hoja de papel enrollada con la otra mano y la tiró frente al anciano. Este la cogió en silencio y sus dedos se crisparon al leerla.

—Jamás firmaré esto —escupió el Nel—. ¡Sois asesinos, no tratantes!

—No soy un gaeshan. —Oxa apretó la hoja de acero sobre la piel a sabiendas que le haría un corte—.

Soy la bastarda que escapó de la purga. Y juro por mi madre y por mi hermano que acabaré con cada uno de vosotros si no firmas eso.

Degollaré a cada mujer, a cada niño. Les daré caza igual que hicisteis con nosotros.

—Su propia voz le pareció ajena. Percibió el ligero temblor de pura rabia del anciano—.

No me conformaré con rajarte el cuello y ver como tu sangre mancha ese papel.

—Cuatro de mis hijos están en la casa esta noche, más los guardias que tengo a mis órdenes. ¿Crees que podrás con todos ellos? —Soltó una risotada con arrogancia.

—Podemos averiguarlo —contestó ella procurando imprimir confianza en su voz.

Oxa supo que la situación escapaba de sus manos en el momento en que dos hombres abrieron la puerta de par en par.

Ambos entraron en la habitación con los ojos centrados en ella.

Iban armados, pero de momento no hicieron ademán de extraer sus espadas.

El anciano volvió a reír y relajó los hombros.

Se sabía a salvo. Oxa había decidido ir allí con todas las consecuencias.

Al menos, se llevaría la viejo con ella.

Uno de los hombres mostró un fino cuchillo de acero.

Lo movió entre sus dedos mientras ladeaba una siniestra sonrisa.

Iba a lanzarlo, ella lo sabía. Afianzó el agarre del anciano, pues no pensaba moverse y darles vía libre para apresarla.

Si ella moría, el viejo también. El Nel lanzó el cuchillo y se clavó en el hombro izquierdo de Oxa.

La joven profirió un ahogado jadeo; no pensaba gritar frente a ellos.

Después le tiró otra daga, pero Oxa se hizo a un lado para esquivarlo.

Los dos hombres aprovecharon para correr hacia ella y la joven tiró del pelo al anciano y presionó su arma contra su garganta para que se detuvieran.

Los tenía a tan poca distancia que podía ver sus ojos a la perfección.

Se mantuvo estoica a pesar del miedo. Observó la nueva daga entre los largos dedos del hombre. Ella era tan insignificante para ellos que ni siquiera le hablaron.

Entonces, Oxa agarró con fuerza la cabeza del anciano y con el cuchillo cortó su oreja derecha. Este profirió un grito desgarrador mientras la sangre se derramaba por el cuello. Con rapidez, volvió a posar la hoja en la garganta y se escudó detrás de él.

—No saldrás con vida de aquí —dijo el hombre de los cuchillos.

—Bien. Tu padre tampoco. —Oxa decidió acabar con aquello.

Los pasos atropellados que se dirigían escaleras arriba se detuvieron de golpe.

Hubo un fuerte estallido que hizo trizas ventanas y muebles, el suelo bajo sus pies tembló.

Alguien atacaba la planta de abajo. Los gritos y el chocar de las espadas resonaron en la habitación.

Los dos hermanos salieron a toda prisa de allí.

Al parecer, la vida de su padre no les era tan importante.

El anciano farfulló una maldición con tanto odio que hizo sonreír a Oxa.

—Firma de una puta vez o te arranco la otra oreja —lo amenazó.

Para su sorpresa, la mano temblorosa del anciano tomó la pluma y rasgó el papel con ella para plasmar su nombre y apellido.

Oxa sintió una enorme satisfacción. Recogió el papel con sumo cuidado, se alejó de la mesa y aprovechó el camino hacia la ventana para arrancarse el cuchillo.

El dolor solo logró espabilarla. Necesitaba toda su energía para salir por el balcón, pero antes de llegar unas fuertes pisadas la advirtieron de la presencia de alguien más.

Saltó hacia un lado de inmediato. Era el maldito que había lanzado sus dagas contra ella. Alzaba la espada.

—¡Mátala! ¡Arráncale la cara a esa bastarda! —rugió el anciano.

Oxa sacó el cuchillo más largo que llevaba.

Enseguida comprobó que el Nel era fuerte y muy veloz.

Logró esquivar las primeras envestidas del hombre, aunque sus brazos no tardaron en resentirse.

Y con cada movimiento perdía más sangre.

También se le soltaron algunos puntos de las heridas anteriores.

Quizá debió esperar a tenerlas cerradas del todo.

Se rio, pensar en eso era una idiotez en esos momentos.

El Nel resultó ser implacable. Comenzaba a marearse.

Él golpeó con fuerza sus costillas y la joven rodó por el suelo para alejarse de la hoja afilada de su espada.

Recibió una patada en la cabeza antes de levantarse.

Se hizo a un lado y el arma del Nel arañó el suelo.

Ella aprovechó para cortar tras la rodilla que tuvo al alcance.

El hombre se tambaleó y Oxa pudo alejarse un poco.

Le lanzó un cuchillo y Oxa gritó furiosa cuando este penetró en su muslo.

¿Es que pensaba cortarla poco a poco? Se lo arrancó y lo lanzó hacia el viejo.

Para su propia sorpresa, le atravesó la garganta y el anciano se quedó petrificado contra el respaldo de la silla, con los ojos desorbitados.

Oxa rio a carcajadas, de verdad que había tenido suerte con la puntería.

El hombre debió pensar que estaba loca y la atacó con violencia, cegado por la rabia.

La golpeó con saña en el pecho y Oxa cayó al suelo sin fuerzas.

Escupió sangre. Siguió riendo, no podía contenerse.

El Nel le pateó con fuerza la rodilla derecha y Oxa profirió un alarido que le desgarró la garganta.

Acababa de destrozarle la articulación y el dolor inundó su mente.

El Nel le dio la vuelta de un puntapié. La joven se fijó en su mirada hambrienta.

El alboroto de la lucha del exterior se aplacó.

Su enemigo se cernía sobre ella con la clara intención de acabar con su vida.

Oxa quiso gritarle que se diera prisa, que dejara de perder el tiempo, pero entonces, una delgada hoja de acero atravesó el pecho del hombre y la sangre se derramó sobre el rostro de ella.

Alguien apartó el cuerpo para que no le cayera encima.

Tardó un instante en entender lo que sucedía.

Lo hizo cuando cuatro enmascarados la rodearon y dejaron paso al líder de los gaeshan.

—Vaya, nuestra querida Oxa. Creí que habías decidido esconderte de los Nel y olvidarte del contrato. Me alegra mucho haberme equivocado, de verdad que te pareces a mí. —Se acuclilló a su lado y le apartó el pelo de la cara—. ¿Has conseguido apellido para el bastardo?

No pudo más que asentir, no le quedaban fuerzas para nada más.

—Bien, querida. Ahora duerme tranquila.

Le cerró los ojos a la fuerza y Oxa se dejó. Lo último que hizo antes de perder la conciencia fue sonreír.