El campamento
Retrocedió sobre sus pasos y caminó entre las tiendas y las exiguas hogueras que daban cobijo a los soldados. Sintió las miradas sobre él. Su humor también decaía con el paso de los días. Continuaban sin tener noticias de Quiazz, Alhanna o el dárico gris. Y la incertidumbre machacaba su ánimo.
El general comenzó a apartar a los soldados con brusquedad, dispuesto a poner fin a la discusión aunque tuviera que atar a los instigadores. En cuanto los presentes se percataron de su presencia, se hicieron a un lado para dejarlo pasar.
Quedó inmóvil en el centro del alboroto, con la vista prendida en el joven al que Candor-Saz saludaba con efusividad.
Su cabello había crecido más allá de los hombros, sus ropas estaban rasgadas a la altura del pecho y llenas de polvo.
Gastor notó como su corazón dejaba de latir en el instante en que Quiazz giraba el rostro hacia él.
Sus pupilas parecían más verdes que nunca, brillaban en la noche.
No supo interpretar su mirada, ni tampoco la sangre seca que manchaba las ropas del joven.
Estaban rodeados de hombres y, sin embargo, el general no podía ver ni oír a ninguno.
Ni siquiera se fijó en que Alhanna estaba a su lado.
—¡Informad que Quiazz y la endómica han llegado! ¡Qué se enteren todos! —vociferó Candor con entusiasmo—. ¡Vamos, haced lo que os digo y dispersaos!
«Ya solo falta el dárico gris», pensó Gastor.
Los soldados se fueron marchando poco a poco, algunos a regañadientes, pues no querían perderse la expectación de aquel encuentro.
Gastor los percibió como sombras a su alrededor.
Incapaz de calmarse y de apartar la mirada de Quiazz, permitió que Candor tomara el control de la situación.
Notó cómo temblaban sus manos. Se acercó a ellos sin pronunciar una sola palabra.
Alhanna solicitó que la llevaran con los dáricos y el propio Candor se ofreció a acompañarla.
El norteño le ofreció una sonrisa burlona antes de irse y lo hizo sentirse como un niño.
—Pensé que te alegrarías de verme —murmuró Quiazz, preocupado.
—No quiero hablar frente a los demás, vayamos a mi tienda —dijo sin más.
El joven lo siguió en silencio a través del campamento.
Todos lo saludaban con respeto al pasar y los nobles salían de sus camas alertados por sus soldados, pero Gastor se apresuró para impedirles retener a Quiazz.
Cuando llegaron a su destino, ordenó a sus hombres que custodiaran la entrada de la carpa para que nadie los molestara.
Un pequeño fuego prendido en el centro de la estancia mantenía la tienda cálida e iluminada. Gastor encendió la lámpara de aceite que descansaba sobre la mesa.
—¿Es que no piensas hablarme? —Quiazz caminó nervioso sobre la alfombra—. Ya estamos solos. Sé que estarás enfadado por el modo en el que me marché, pero…
—No presupongas como me siento. —Gastor no lo dejó continuar—.
Leí tu carta casi un centenar de veces antes de lanzarla al fuego.
Di por hecho que jamás volvería a verte, que ibas a morir en Falar-Shan.
—Dejó la espada y la pesada capa en la silla antes de acercarse a él—.
No me permití soñar con otra opción porque no quería albergar una falsa esperanza.
Te marchaste a escondidas impidiendo que me despidiera de ti y dejaste solo aquel maldito papel confesando que me amabas. ¿Es que yo no merecía algo más?
—Estoy vivo, Gastor. Me he librado de Zahel y su tormento. He vuelto a tu lado, ¿no te basta con eso? —Quiazz sintió una profunda pena en su pecho—. ¡Estoy aquí!
—¿Y qué secretos ocultarás esta vez? ¿Qué mentiras dirás?
—Gastor habló con rabia y dolor—. La última noche que estuvimos juntos volviste a engañarme.
Ni siquiera sé si lo que decías en la carta era cierto o si solo tratabas de consolarme por pena.
Annie me advirtió que tu amor era falso, que me estaba dejando llevar por una ilusión.
Y quise hacerlo, mendigar lo poco que pudieras ofrecerme. Pero ya no soy capaz.
Quiazz quedó conmocionado por aquellas palabras. El dolor que transmitían le rompía el corazón. Las lágrimas que se deslizaron por las mejillas de Gastor tomaron a Quiazz por sorpresa, era la primera vez que lo veía llorar.
—No hace falta que digas nada—mencionó Gastor y se llevó las manos al rostro para ocultar sus ojos—. No imaginas cuánto me alegra volver a verte y el tremendo alivio que siento porque hayas sobrevivido.
—He regresado de la muerte gracias a Alhanna.
—Acarició su piel a través de la rotura de su ropa—.
Tuve que morir para que los sellos de Zahel cayeran, y aunque solo recuerdo oscuridad y silencio, me invade una vaga sensación de que estabas conmigo.
Fuiste mi último pensamiento, deseé verte una vez más, yo…
¡No entiendes nada sobre mí! Crees que conoces mis sentimientos, pero solo te centras en los tuyos.
¿De verdad piensas que mi confesión fue una mentira? Tú tampoco me has dicho que me amas.
Ambos se perdieron en la mirada del otro largo rato, incapaces de continuar la conversación. Gastor le dio la espalda y cerró los ojos para intentar serenarse. ¿Acababa de decir que había muerto? Se limpió el rostro mientras la angustia crecía en su pecho.
—Mírame, por favor —le rogó Quiazz con un hijo de voz.
Al hacerlo, todas sus dudas se esfumaron.
Aquellos ojos verdes parecían romper cualquier coraza que interpusiera entre ellos.
Rozó la mejilla de Quiazz con los dedos y luego lo estrechó entre sus brazos.
El joven se aferró a él con fuerza y enterró el rostro en su cuello.
Gastor enredó su mano en el largo cabello de Quiazz y le besó la cabeza.
—Te amo con toda mi alma, Quiazz —susurró en su oído—. Perdóname, no he debido poner en duda tus palabras. Es solo que tu ausencia se hizo insoportable.
—No volveré a dejarte, lo prometo —dijo el joven sin soltarlo.
Gastor quiso creerlo, pero aún les quedaba un largo camino que recorrer, una batalla que librar y unos seres a los que vencer.
Se preguntó si conseguirían regresar juntos a casa.
Y la mera idea de hacerlo solo le robó el aliento.
Ahora que tenía al joven entre sus brazos, prefería la muerte antes que vivir sin Quiazz.
Alhanna se despidió de Candor frente a las tiendas de los dáricos, que estaban aisladas del resto.
Pensó que Ghiro debía dormir en esos momentos, así que se dirigió a la de Ádria y Mayara, pero antes de entrar, el hajaek apareció desde su derecha sin hacer el más mínimo ruido.
La joven sonrió al verlo. Supuso que hacía guardia, más por costumbre que por necesidad.
Alhanna lo abrazó, pillando al dárico desprevenido.
Para su sorpresa, Ádria le devolvió el gesto y la joven sintió que regresaba a casa.
—Me alegro de verte —murmuró ella antes de soltarlo.
—Pareces distinta, diría que tu mirada se ha suavizado un poco—Ádria mantuvo el rostro inexpresivo—. ¿Has venido sola? Quiero saber qué ha ocurrido con Quiazz.
Se alejaron de la tienda y tomaron asiento sobre unas cajas.
Desde allí podían oír los relinchos de los caballos y algunas conversaciones lejanas.
Alhanna le relató a Ádria lo ocurrido en Zahel y observó el profundo alivio del hajaek al saber que Quiazz vivía y ambos eran libres por fin de la influencia maligna de la torre.
Omitió el hecho de que los lanfes de sus amigos estuvieron encerrados allí, no quería atormentarlo.
También habló de Kishur, aunque ella ignoraba en qué lugar se encontraba en esos momentos.
—Ya debería estar en Alviat —afirmó el hajaek.
Mayara abandonó la tienda y les lanzó una mirada con fingida inquina.
—¿Lo saludas a él antes que a mí? —preguntó la dárica mientras se peinaba con los dedos el cabello revuelto—. Me habéis despertado con vuestra charla.
Alhanna corrió hacia ella y ambas se fundieron en un largo abrazo. Después le llegó el turno a Ghiro, quien salió con ojos somnolientos a recibirla. Ella lo encontró algo demacrado, pero se contuvo de decirlo en voz alta. Estaba feliz de verlos a los tres.
—Es un poco tarde, pero este reencuentro merece una copita de vino—mencionó el anciano con una sonrisa pícara.
Ninguno se negó a acompañar a Ghiro. Alhanna decidió disfrutar de la compañía de los dáricos y dejar la revelación de ciertos secretos para otro momento. Sobre todo, el nacimiento de Akiro. Pensar en el pequeño la llenaba de gozo, deseaba regresar con él.