El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Falar-Shan
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Falar-Shan

Desvió la mirada hacia Alhanna con aprensión. Sus ropas estaban harapientas y cubiertas de sangre. Sus ojos le parecían más despiadados que antes, más fríos. ¿Consumir el antiguo poder la habría cambiado? Quiazz temía conocer la verdad de lo sucedido.

—¿Crees que ya podrás caminar? —preguntó Alhanna de pronto, a lo que él joven asintió— Bien.

Supongo que sigues sin recordar lo ocurrido dentro de la torre.

—Quiazz afirmó con la cabeza una vez más.

Ella mantuvo el rostro sereno— Te asesiné, aun cuando trataste de resististe.

Íbamos a morir los dos así que no tuve otra opción.

Pero no pienses que fue sencillo para mí, tan solo me facilitó un poco las cosas saber que regresarías.

Le pedí a Osharan un deseo a cambio de mi lealtad: que te devolviera a la vida.

—¿Él me trajo de vuelta? —preguntó con incredulidad. Sentía una fuerte presión en el pecho— Supongo que no hay nada que el Dragón no consiga. Lo siento.

—¿Por qué? —Alhanna se apartó el pelo de la cara.

—Has dicho que me resistí, debería haber reunido el coraje suficiente para hacerlo por mí mismo. —Una lágrima se deslizó por su mejilla y ella la limpió con cariño— No sé cómo agradecerte lo que has hecho, al final, lograste salvarnos a los dos.

Alhanna esbozó una cálida sonrisa y, por primera vez desde que había despertado, Quiazz se sintió dichoso.

Era un consuelo ver esa expresión en su rostro.

Quería preguntar que significaba que la joven le hubiera entregado su lealtad al Dragón a cambio de la vida de él.

¿Estaba ahora supeditada a las órdenes de Osharan?

—Zahel me ha acompañado desde que llegué a Muriath, se convirtió en algo tan cotidiano que ahora resulta extraño observar su destrucción y saber que esa canción nunca volverá a sonar en mi cabeza —comenzó a decir Alhanna en un tono reposado—.

Ya no habrá más sueños con la niña, ni más susurros, ni más pesar.

Hemos acabado con ella. La torre ha atormentado a muchos seres durante estas últimas dos mil ágaras y ha plagado este valle de muerte.

—Pero por fin somos libres y soy incapaz de expresar lo feliz que me hace y el tremendo alivio que siento en este momento.

Pensé que no lo conseguiría... —Se frotó los ojos enrojecidos por la emoción—.

De verdad creí que no tendría futuro, sobre todo, cuando decidiste rendirte y sacrificarte por mí. Me alegra que no lo hicieras.

Las espesas nubes se movían perezosas, atrapando la escasa luz del atardecer. El joven había perdido la noción del tiempo, ignoraba cuánto había transcurrido desde que llegaron allí. ¿Un día quizá? Ella se puso en pie y le tendió una mano para ayudarlo.

Caminaron largo rato, dejando Zahel atrás a la vez que sentían como la sombra de su cadáver se desvanecía.

Alhanna siguió casi de memoria el trazado del antiguo camino.

Los monolitos habían quedado reducidos a grandes montículos de arena que ahora daban forma a un desierto de dunas negras como el carbón.

Lamentaba no haber tenido tiempo para leer los textos antes de que las piedras se desplomaran.

El viento arrastraba un denso polvo oscuro.

Avanzaron entre dunas mientras la tarde languidecía.

Alcanzaron el epicentro de aquel lugar y se toparon con los esqueletos de antiguos olivos que rodeaban la estatua de una mujer alada. A sus pies, vieron una tumba abierta.

Alhanna se arrodillo ante ella y cogió un puñado de tierra. Luego, miró la figura.

—Es Khaleria —mencionó la joven mientras se ponía en pie.

El joven observó fascinado los rasgos de la diosa, para luego dirigir sus ojos hacia Alhanna, quizá esperaba encontrar el parecido. Y aunque no fue capaz de hallarlo, si creía ver algo de Khaleria en ella, puede que la frialdad de su mirada.

—¿Y a quién pertenece la tumba? —se atrevió a preguntar él.

—A Hagnak. Sus restos descansaron aquí hasta que el Dragón los reclamó para crear a Raehlan.

Por alguna razón, pensé que quedaría algo.

—Miró ceñuda el agujero. Sentía un nudo en el estómago— Khaleria estuvo aquí tras la muerte de su hijo, una sola vez, mientras huía de Egoresa.

Lloró amargamente sobre la tumba, implorando por su regreso.

¿Crees que Osharan intentó devolverlo a la vida también por ella?

Quiazz no supo responder y Alhanna sonrió con amargura. ¿Acaso importaba?

La estatua de la diosa era lo único que permanecía en aquella porción del pasado.

Los zarefíes de antaño, Zahel y la niña, incluso los huesos de Hagnak habían desaparecido; ya no quedaba nada allí.

Solo la figura indolente de Khaleria. Alhanna alzó la mano hacia ella y apretó el puño con fuerza.

La piedra se resquebrajó en un estallido y se derrumbó sobre la tumba.

—Debemos irnos. Te llevaré junto a Gastor, tenemos una guerra que librar.

—La joven se volvió hacia Quiazz—. Ya no estás vinculado a Zahel, así que será la última vez que cruces una brecha.

Ahora eres un simple mortal, tu vida es tan frágil como cualquier otra.

Nadie te librará de una flecha incrustada en tu pecho, o de una horca. Recuérdalo.

—Así lo haré, Alhanna. Nunca olvidaré lo afortunado que he sido —dijo Quiazz mientras el viento le revolvía el cabello—. ¿Vendrás a las Avíseas? ¿Y Akiro?

—Gaelos lo mantendrá a salvo y, cuando todo acabe, volveré a buscarlo.

Alhanna alargó el brazo y dibujó una abertura en el aire, que expulsó una densa bruma al abrirse. Les llegó un viento helado. Quiazz observó el horizonte antes de cruzar el umbral, allí dónde había estado la torre. Ella lo siguió un instante después, renuente a volver la mirada hacia la tumba.

Se alegraba de haberle concedido un final a Zahel.