El Bontar
Litzzia tarareaba una hermosa melodía junto al fuego mientras hacía anotaciones en el pequeño cuaderno.
Las llamas iluminaban su delicado rostro y se reflejaban en las pupilas casi doradas.
El cabello le caía a un lado con gracia.
La joven parecía emitir luz propia a través de sus extraños ojos y Kishur creyó que observaba a una auténtica diosa, una rebosante de bondad.
La degradación del mundo se mantenía alejada de ella.
—¿Escribes una canción para mí? —preguntó Kishur a la vez que caminaba para ir junto a Litzzia. La joven se limitó a sonreír.
El dárico tomó asiento a su lado e intentó espiar lo que ella escribía, pero Litzzia se apresuró a cerrar el cuaderno. Lo guardó con rapidez y sus mejillas se tiñeron de rojo. Él soltó una carcajada, le divertía verla avergonzada.
—No está acabada, ¡aún no puedes verla! —se defendió ella con indignación.
—Quizá podamos cantarla juntos, aunque no tengo tu talento y es posible que no te agrade mi voz —dijo Kishur con aire despreocupado.
—¿Lo dices en serio? —Sus ojos se iluminaron por la emoción.
Él asintió con la cabeza—. Eso me haría muy feliz, nada me gustaría más que podamos cantar juntos.
Me esforzaré para terminar de componer la letra.
—Ella lo miró entonces con los ojos entre cerrados—.
Y no seas tan farsante conmigo, tienes una voz impresionante.
Kishur se encogió de hombros como si no supiera a qué se refería. Litzzia bufó y luego rio con suavidad. Él la observó embobado. Acarició su mejilla y le pasó el dedo pulgar por los labios, notando su suavidad. Se inclinó hacia ella, agarró su nuca para acercarla un poco más y la besó.
—Así nunca terminaré la canción —dijo la joven contra su boca.
—Tenemos mucho tiempo por delante. —La voz ronca de Kishur le puso la piel de gallina.
La recostó contra la manta sin dejar de besarla, abandonó sus labios y comenzó a deslizar la lengua por el fino cuello de la joven. Ella rodeó su cintura con las piernas y lo apretó contra su cuerpo. Ambos gimieron ante el deseo que brotaba de su interior.
El canto del bosque lo alcanzó de nuevo, y esta vez con mayor intensidad, como si quisiera advertirle de un peligro inminente.
Aunque no comprendiera la melodía, era capaz de interpretar la sensación que le transmitía.
Se incorporó y fue en busca de su espada.
Litzzia lo miró confundida, pero guardó silencio.
Aquellas tierras lo inquietaban más de lo que deseaba admitir.
No hacía tanto que había luchado allí contra demonios y había arrasado campamentos de mercenarios tratando de encontrar a los asesinos de Alfar.
El recuerdo de su hermano colgado del árbol y abierto en canal pesaba tanto como las muertes que él mismo había ocasionado por venganza.
Una sombra ocultó el cielo sobre sus cabezas y el potente bramido de un dragón gris asustó a los caballos.
Levantó la vista y contempló la figura que volaba en círculos.
No tardó en perderse entre las nubes, pero la desazón de Kishur no desapareció.
Pensó en retomar su camino de inmediato, ya tendrían tiempo para dormir cuando estuvieran lejos de allí.
Entonces, el cuerpo voluminoso del dragón descendió y se posó cerca de ellos.
Los árboles se bambolearon y las aves huyeron espantadas.
El dárico aferró la espada con fuerza y se posicionó frente a Litzzia.
Una lluvia de hojas se derramó ante los dos cuando la criatura abandonó la espesura. Kishur lo reconoció.
Era Drafgaen. Sus grandes ojos escrutaron al dárico con curiosidad, quizá temía que los teriones salieran de su brazo y le hirieran otra vez.
Por su postura no parecía que tuviera la intención de atacar, así que Kishur dejó la espada en la vaina.
De reojo, comprobó que Litzzia bajaba su arma.
El kalasty descendió de su lomo con un salto ágil y mantuvo la distancia con ellos. Llevaba un grueso abrigo de lana.
—¿Qué queréis de mí ahora? —Kishur apretó la espada con fuerza.
—Aunque no lo creas, solo hablar. —Rhiot acarició el cuello de la criatura—. Te hemos buscado durante semanas, hasta que por fin Drafgaen pudo localizar tu rastro.
El dragón soltó una especie de graznido que asustó a los caballos.
Kishur guardó silencio, no entendía qué necesitaban de él.
Observó al joven kalasty, parecía realmente agotado.
Percibió a los teriones revolviéndose en su interior; ellos también recordaban la lucha contra Drafgaen y Rhiot en Marial-Pat.
—Habla, ¿para qué me habéis buscado? —preguntó el dárico con frialdad.
—Los Olvidados se han apoderado de mis soldados y de los hermanos de Drafgaen.
—La voz de Rhiot sonó menos firme, la rabia pronunciaba cada palabra—.
Desconozco si podremos salvarlos y si volverán a ser quienes fueron al derrotar a Fenador.
Solo unos pocos nos hemos librado de caer bajo su control.
Y queremos luchar, así que lo haremos aunque tengamos que matar a los nuestros.
Cualquier destino es mejor que ser una marioneta en manos de Fenador.
—El dragón soltó un grave silbido en respuesta—.
Nos necesitáis en las Avíseas, pues vais a tener que enfrentaros a los dragones que están sometidos.
—Quieres proponer una alianza —dijo Kishur con calma.
—Los Olvidados también son nuestros enemigos, ¿no sería más sencillo si todos nos unimos contra ellos?
Pero a cambio quiero que, una vez finalice la guerra, nos dejéis en paz para que podamos encontrar un hogar.
Nuestras familias siguen padeciendo. —Rhiot le mantuvo la mirada con determinación—.
Tanto los humanos como los dáricos rechazarán mi propuesta, por esa razón hemos acudido a ti. Tú puedes convencerlos.
Kishur no dijo nada de inmediato, solo los observó con curiosidad. ¿Podrían kalastys, humanos y dáricos olvidar su odio y combatir juntos?
—Sé lo que piensas de nosotros y no me importa.
No pediré perdón por tratar de lograr un futuro mejor para mi gente.
Enviaste a mis antepasados a Eralan y ese lugar se convirtió en nuestra cárcel —comenzó a decir Rhiot sin quitarle los ojos de encima—.
Tú nos condenaste y nos lanzaste al olvido.
La dama roja fue la única que se apiadó de nosotros, puede que para perseguir su propio propósito, pero aun así nos sacó de Eralan.
Deberías habernos perdonado y la guerra contra los humanos nunca habría tenido lugar.
¿O es que los hijos han de heredar los crímenes de los padres?
Kishur recordaba haber oído palabras semejantes de otro kalasty, al que vio morir por salvar a unos niños humanos cuando aún viajaba con los hermanos Hal.
—Asumo mi culpa —dijo el dárico con contundencia, sorprendiendo al kalasty—.
Es cierto que tras la guerra de las razas cometí grandes errores.
El primero fue desterrar a los kalastys a Eralan.
Y otro, abandonar a los zarefíes en Falar-Shan.
Ahora el mundo está pagando la deuda que yo contraje con ambos pueblos.
—¿Y qué harás entonces? —preguntó el joven.
—Daros lo que habéis venido a buscar. Lucharéis en las Avíseas, me encargaré de que os acepten. —Kishur dejó la espada apoyada en una roca junto a la hoguera—. Si logramos vencer, tendremos tiempo para buscar ese hogar que tanto anhela tu gente.
Si sus palabras sorprendieron al joven, este se cuidó de ocultarlo. Kishur le pidió a Litzzia una de las hojas de su cuaderno y tomó asiento frente a las llamas para escribir. El kalasty se acercó con interés en lo que hacía.
—No te pareces a tu padre, él jamás habría solicitado mi ayuda —mencionó.
—Y por esa razón está muerto —dijo Rhiot con contundencia—. Yo apenas lo conocí, pasó tanto tiempo obsesionado con apresarte que se olvidó de su propia familia.
Kishur levantó la mirada del papel para observar al kalasty.
De pronto le pareció demasiado joven para ser general, ya que debía tener la edad de Alfar.
Deseó que el mundo cambiara para que alguien de su edad nunca tuviera las manos tan manchadas de sangre como Rhiot.
Firmó la hoja y la dobló antes de entregársela.
—Lleva esta carta a la comandante Halan de Runna, va dirigida a ella. Tendrás que ingeniártelas para que no te maten antes de localizarla. —Kishur suspiró resignado.
—No entres por tu cuenta en sus dominios, procura que te vean sobre el dragón y cuando desciendas, camina con la carta en alto y con la otra mano ve tirando tus armas al suelo —le aconsejó Litzzia—. Así sabrán que vas a entregar un mensaje.
El kalasty asintió sin más y se guardó la hoja de papel en la chaqueta interior.
—¿Drafgaen podría llevarnos a Alviat? —preguntó Kishur al kalasty ignorando la mirada ceñuda de Litzzia a quién parecía desagradar la idea—. Ya deberíamos estar allí, de hecho, deberíamos encontrarnos en las Avíseas.
—No me corresponde a mí responder a eso. —Rhiot se giró hacia la criatura.
Drafgaen agitó la cabeza y profirió un profundo balido antes de avanzar hacia ellos.
Las escamas grises brillaron con la luz de la hoguera.
Las llamas oscilaron bajo su pesado aliento.
Kishur percibía la presencia del dragón, imponente y grácil.
Contempló su poderoso lanfe del color de la plata fundida.
La criatura posó el pecho contra el suelo como si los estuviera invitando a subir en su lomo.
Kishur acarició las duras escamas de su cuello.
Sintió una extraña conexión con él y, al mirar sus ojos, supo que era recíproco.
«No puedes matar a uno de tus hermanos», le había dicho Hagnak durante la batalla.
—Yo aguardaré aquí su regreso —dijo Rhiot, interrumpiendo el momento.
El kalasty se quitó el grueso abrigo y se lo ofreció a Litzzia, quien lo aceptó con cautela.
Aunque Kishur actuara como si no fuera su enemigo, ella continuaba viéndolo de ese modo.
No podía olvidar toda la destrucción que habían causado los kalastys y los dragones.
Recogieron las pocas pertenencias que llevaban y soltaron a los caballos.
Subir sobre Drafgaen fue sencillo, pues era evidente que estaba acostumbrado al kalasty.
Kishur rodeó a Litzzia con sus brazos para protegerla del aire.
El ascenso sobre el bosque fue brusco y, por un instante, pensó que los arrojaría al vacío.
Las potentes alas hicieron jirones la niebla que enturbiaba el cielo y recortaron el aire para impulsar su pesado cuerpo.
El dárico observó el Bontar desde las alturas: era una inmensa marea verde y oscura que se extendía hasta más allá de las montañas.
El bosque custodiaba en sus entrañas los cadáveres de aquellos a los que él había dado muerte.
Sentir el viento en su rostro mientras surcaban el cielo despejó su mente. Kishur se preguntó si alguna vez Hagnak voló a lomos de Osharan, su padre.