La Torre de Zahel #3
La criatura resquebrajó la pared y logró zafarse de la mitad de sus ataduras.
Rugió frenética y un viento feroz envolvió el interior de la torre.
Quiazz aprovechó el momento y se abalanzó sobre Alhanna con la intención de golpearla con la piedra.
Ella agarró su brazo para detenerlo y ambos comenzaron a forcejear mientras él trataba de arrebatarle el cuchillo.
De pronto, Quiazz poseía una fuerza arrolladora para la que la joven no era rival.
Le asestó una pedrada en la sien derecha que la dejó aturdida.
La niña aulló entusiasmada al ver su sangre.
Alhanna trastrabilló hacia atrás y, cuando Quiazz se disponía a atacar de nuevo, unos largos dedos emergieron del suelo y agarraron su tobillo para detenerlo.
El frío contacto lo dejó paralizado por un instante.
Sin perder la oportunidad, Alhanna arremetió contra el joven y atravesó su pecho con el puñal, directamente en el corazón.
La sangre emanó de la herida y pareció quemar su piel.
Quiazz man tuvo los ojos abiertos y la miró con estupor.
Alhanna no apartó los suyos hasta que la vida de su amigo se apagó.
En ese último ins tante creyó reconocerlo, el joven había vuelto en sí con su último aliento de vida, y eso le causó una aciaga tristeza.
Ni siquiera se había despedido de él o le había pedido perdón.
Quiazz se derrumbó inerte y Alhanna sollozó mientras observaba la daga.
«Aliméntala de sangre», decía su inscripción. Le pareció una broma que hubiera acabado con la vida de Quiazz la misma arma que Ádria usó para matar a sus parientes.
El suelo vibró bajo sus pies y, aunque no pudiera verlos desde allí, percibió que los monolitos se derrumbaban uno a uno.
Limpió sus lágrimas con manos temblorosas y contempló a la niña, quien acababa de liberarse por completo.
Sonreía satisfecha y sus pupilas negras se habían convertido en dos esferas brillantes.
Alhanna podía notar como el poder de la criatura aumentaba; ahora que el sello se había roto, era libre.
Alhanna se apresuró a subir las escaleras para alejar a la niña del cuerpo de Quiazz.
Funcionó, pues esta decidió perseguirla.
Permitió que toda su rabia la controlara, iba a hacerle pagar por la muerte de Quiazz, por la amargura a la que lo había sometido.
Pero la niña atrapó sus tobillos y la derribó contra los escalones.
Arremetió veloz y volvió a morderla, estaba vez en la pierna.
Alhanna soportó el dolor mientras cubría su cuerpo de sombras y agarraba su cabeza azabache.
Comenzó a devorar el lanfe de la criatura y notó como entraba en su interior.
La maldad que albergaba el antiguo poder le resultó sobrecogedora y percibió como trataba de triturar hasta sus huesos.
Su tatuaje acababa de desaparecer por completo y Alhanna se regocijó porque ahora ella también era libre de su propio sello. Cuanto más consumía del lanfe de la niña, más poderosa se volvía. Ni siquiera los inquietantes colmillos que se aferraban a su cuerpo la importunaban.
Y entonces la torre anunció su final al desatar una violenta tempestad en la que miles de voces se alzaron en un penoso lamento.
El techo cedió por el peso de tantos siglos de amargura y las paredes se fueron desgranando a su alrededor.
Alhanna tuvo que cubrirse cuando las grandes rocas se precipitaron hacia abajo.
La niña quedó liberada y se apartó de ella.
Con los brazos extendidos fue atrayendo a los espectros que moraban en el exterior mientras los absorbía sin que estos tuvieran oportunidad de escapar.
La escalera se resquebrajó bajo ellas y el aire comenzó a arrastrar a la niña, que quedó suspendida frente a Alhanna.
La joven la rodeó con sus brazos; debía impedir que abandonara la torre y continuara alimentándose de los muertos, porque después iría a por los vivos, recorrería el mundo en forma de tormenta y lo asolaría todo a su paso.
Los espectros las rodearon y aprisionaron el cuerpo de Alhanna, dejándola sin aliento.
Oyó sus voces, que suplicaban ayuda y piedad.
Se sintió abrumada ante estos lamentos que le helaron la sangre.
Notó sus gélidas manos por todo el cuerpo, aferrándose a ella.
La joven descuidó el agarre de su presa y esta se deslizó hacia su cuello y mordió con voracidad.
Al mismo tiempo, Alhanna aumentó las sombras que la cubrían y volvió a devorar la energía de su contrincante.
Era como beber de un pozo de aguas pantanosas y plagadas de insectos.
El turbulento aire las fue elevando en di rección al tejado que ya no existía.
La noche más oscura las aguardaba arriba.
Las rocas se desprendían y rodaban hacia abajo, levantando una densa cortina de polvo. Alhanna se preguntó que habría sucedido con el cadáver de Quiazz.
En su pulso con la criatura, esta ganó ventaja y, por un momento, la joven creyó que no lograría vencerla.
Sus colmillos se afanaban contra su cuerpo y la sangre descendía como un torren te de agua.
Laceró el vientre de Alhanna y sus largos dedos hurga ron en su interior.
Ella ya no aguantaba el dolor, iba a perder la conciencia. Y de hacerlo, caería presa de la niña.
—¡Qué pena que tu hijo ya no esté aquí! ¡También lo hubiera devorado! —rugió la bestia.
La joven se quedó paralizada, incapaz de seguir adelante.
Pero entonces, notó unas manos que la sostenían y le ofrecían calor, impulsándola a luchar.
Sus amigos no estaban dispuestos a dejar que se rindiera.
Alhanna bramó con todas sus fuerzas y se apretó más contra su enemiga.
Ambas estaban cubiertas de sangre. La miró un instante a los ojos y fue como asomarse al abismo más profundo y oscuro.
Alhanna comenzó a devorar a la criatura mientras esta se re torcía y chillaba de forma atroz.
Se concentró en todos los recuerdos que le causaban dolor, en las muertes que la niña había provocado desde sus inicios, cuando no fue más que un ente encadenado por Khaleria y los eldos.
Pensó en el final de Hagnak, en Quiazz. Alhanna no cesó hasta que el pequeño cuerpo se redujo a una ligera bruma que acabó entrelazada entre sus dedos.
Las uñas se le tiñeron de negro. Solo entonces, echó la cabeza hacia atrás y respiró profundamente, sintiéndose renacer.
Notó como su cuerpo se re componía, como cada trozo de piel y hueso que la niña había arrancado regresaba.
Observó el color de sus uñas y sonrió satisfe cha.
El aire se detuvo y la tormenta desapareció para dar paso a un silencio desgarrador.
Suspendida aún en el vacío y rodeada de una densa polvareda, Alhanna alzó la mirada a tiempo de ver las cinco siluetas de sus amigos, que comenzaban a desvanecerse.
La flauta de Riaku sonó con una dulce melodía a modo de despedida, y luego, guardó silencio, esta vez para siempre.
Sonrió agradecida y aliviada por verlos marchar al mundo venidero.
—No me olvidéis, pues yo siempre os voy a recordar —dijo emocionada.
Ahora que la criatura había dejado de existir, Zahel ya no aguantó más y acabó por derrumbarse por completo. Bajo los pies de Alhanna, la torre se había convertido en una montaña de polvo y huesos.
Y la penumbra más absoluta se apoderó del valle. Zahel había caído por fin.