El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) La Torre de Zahel #2
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La Torre de Zahel #2

Al llegar a la cuarta planta, supo que la criatura aguardaba allí.

El aire era más pesado y pernicioso. Rememoró sin querer algunas de sus pesadillas en las que Egoresa la perseguía para devorarla.

La niña era aquella bestia. El miedo cubrió su piel de un sudor frío.

Se aferró al deseo de regresar con Akiro y de ver a Kishur para insuflarse valor, pero este menguaba igual que una llama bajo la tormenta.

Entró con cierta reticencia mientras la sangre le fluía caliente y veloz por las venas.

Unas cortinas deshilachadas se me cían en la ventana y, bajo ella, vio una montaña de calaveras que parecían sonreír a la muerte.

La pequeña le daba la espalda, miraba algo en el exterior con suma atención.

Pero no había más que desolación y una negrura insondable. Finalizó la canción con parsimonia:

«El poder tendrás y mi sangre verterás.

Y al comienzo retornarás, a la primera sangre, al antiguo poder».

Entonces se giró para encararla. Su rostro parecía esculpido en porcelana, era el de una muñeca dulce y encantadora.

Por un momento, Alhanna se quedó prendada de sus suaves rasgos y del brillo oscuro de sus ojos.

Quiso preguntar por la procedencia de la flauta, pues estaba segura de que era la de Riaku, pero al mirar el objeto de su mano solo encontró un largo hueso ennegrecido. Lo lanzó lejos, asqueada. La niña rio.

—¿Sabes cómo comenzaron a llamarte los zarefíes después de que aniquilaras a los habitantes de esta torre?

—preguntó la pe queña con entusiasmo—. ¡La diosa maldita!

Te apodaron igual que a Egoresa, ¿te gusta?

Quizá debí dedicarte a ti la canción en lugar de al Dragón —recitó los siguientes versos—: Sé que llegarás, diosa maldita.

Pronto te veré, a ti, a ti te veré, te llamaré diosa maldita.

Alhanna retrocedió unos pasos al oírla, su delicado rostro no concordaba con las palabras que pronunciaba, ni con su mirada enloquecida.

—¿Vienes a quedarte conmigo? —La niña dio un paso para acercarse.

—Claro que no, sabes cuál es la razón por la que estoy aquí —respondió ella.

—Es verdad. Quieres devorarme para mantener tu existencia. ¡Qué cruel! —Se abrazó a sí misma y, acto seguido, irrumpió en carcajadas—. Sin embargo, yo quiero que te quedes conmigo para siempre. No estarás sola, los traje para ti.

La niña señaló hacia la pared tras Alhanna.

Al principio, se negó a mirar y perder de vista a la criatura, pero la curiosidad la obligó a darse la vuelta.

No era más que un muro de roca gastada, en su superficie se distinguía las marcas de unas garras.

Debían ser las de Khaleria. Las suyas. Pero algo se retorció de pronto, como si la piedra se convirtiera en arena y esta cobrara vida.

Oyó voces que susurraban su nombre y creyó reconocerlas a todas.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Casi una docena de manos intentaron escapar de su encierro para llegar hasta ella y la piedra dibujó caras cuyas bocas le pedían a gritos que huyera.

Alhanna sintió una fuerte presión en el pecho; conocía esos rostros.

Sus voces se perdían, atrapadas en un lugar desconocido para ella.

La de Shudei era la más potente de todas, pero allí estaban también Tottem, Eltsay, Alfar y Riaku.

Alhanna irrumpió en un amargo llanto, dejándose arrastrar por la desgracia de todos ellos.

—Puede que esté aquí atrapada, pero eso no me impide usar mi poder.

Encerré los lanfes de tus seres queridos para que te acompañaran.

¿No te complace? —Estiró los labios en una sonrisa y esta vez abrió la boca hasta deformar su cara y dejar expuestas las dos hileras de finos colmillos que tenía—.

Permíteme comer tu carne y después te dejaré quedarte con ellos. Nunca más estarás sola.

Se abalanzó hacia ella igual que un león hambriento.

Alhan na intentó repelerla, pero la criatura se agarró a su cintura y le mor dió el costado.

La joven gritó de puro dolor al sentir como le arrancaba un trozo de carne.

Cayó hacia atrás y chocó contra la pared.

Trató de separarse de la niña, pero esta poseía una fuerza arrolladora.

Le mordió de nuevo y Alhanna lanzó un alarido que desgarró su garganta.

La sangre comenzó a teñir sus ropas. Convirtió sus manos en garras, pero la criatura logró esquivarlas sin esfuerzo.

Buscó una fuente de energía para usar la endomia, pero no la halló dentro de la torre; hacía mucho tiempo que no albergaba vida.

Creó entonces una fuerte corriente de aire con su propio lanfe y arrojó a la niña con violencia sobre el montón de calaveras.

De inmediato, se percató de que el tatuaje no recuperaba la energía y eso la preocupó.

Aún peor, percibió como era absorbida por la criatura.

No debía volver a usar su lanfe, aunque entonces no tendría la más mínima oportunidad de vencer. Un escalofrío la estremeció.

«¡Huye, Alhanna!», le pidieron sus amigos.

Bramó furiosa por el cruel final al que habían sido condenados.

¡Ellos deberían estar en el mundo venidero!

Alhanna golpeó la pared una y otra vez mientras arrancaba fina arenisca que se le pegaba a la piel.

Deseaba sacarlos de allí, pero ¿sería posible?

Frustrada, lloró sin reparar en que la criatura se recomponía tras ella.

Horadó la piedra con sus garras hasta que unas manos le acariciaron el rostro con ternura.

Supo que era Alfar, nadie podría transmitir tanta calidez como él.

—¡Lo siento! ¡Lo siento tanto! —se lamentó a la vez que las voces se convertían en un simple murmullo, como si algo las arrastrara lejos.

Se giró entonces para encarar de nuevo a la niña. Esta ladeó la cabeza curiosa.

—Pensé que tener aquí a tus amigos te haría feliz. Eres como el dárico gris, nunca os sentís satisfechos. A Raehlan no le gustó la guerra que originé para él. —Se acercaba con cautela a Alhanna mientras ella se dirigía a la entrada sin despegarse de la pared.

—Osharan debió destruirte, no encerrarte aquí —maldijo Al hanna con rabia.

Miró sus brazos y el epígrafe apenas era ya visible. Casi no le quedaba tiempo.

—Déjame comerte antes de que desaparezcas. —Se lamió los labios impregnados de sangre—. De ese modo permanecerás siempre conmigo.

No podía combatir contra ella y Alhanna lo sabía.

Ahora com prendía que entrar había sido un error.

La joven alcanzó el umbral y salió corriendo de la estancia, la criatura emitió un furioso berrido y se precipitó tras ella.

Procuró no volver la vista, pero el miedo la atravesó sin piedad.

Parecía una de sus pesadillas. La puerta por la que había accedido ya no estaba y Alhanna se sintió desesperada.

Si no lograba salir de la torre, estaba segura de que la niña engulliría hasta sus huesos.

Cuando llegó a la planta baja se encontró con Quiazz.

—¿Por qué has entrado? —le increpó nada más tenerlo al alcance.

—No soportaba más ver a los muertos de ahí afuera —dijo con un hilo de voz y la mirada llena de espanto—. Acaba con esto de una vez, Alhanna. Te lo ruego.

Ella se giró en el instante en que la niña caía sobre ellos.

Quia zz se agachó con las manos cubriendo su cabeza.

Alhanna impidió que los alcanzara con una barrera de aire, pero notó como sus últimas fuerzas se extinguían.

Le temblaban los brazos, frágiles como el cristal.

No pensaba rendirse, no dejaría a Quiazz en manos del maldito ser.

Empujó a la niña hasta la pared del fondo.

Si ellos intentaban llegar al otro extremo quizá la puerta se abriera de nuevo.

Iba a levantar a Quiazz cuando oyó el gimoteo de la criatura.

Cinco pares de manos la sujetaban y la mantenían inmóvil.

Ella lanzaba dentelladas para destruir los agarres, pero estos vol vían a surgir de nuevo.

Alhanna se deshizo de su barrera y tomó una gran bocanada de aire.

Sus amigos le estaban concediendo algo de tiempo.

—No deseo estar solo, Alhanna. Si muero, ¿te quedarás conmigo? —dijo Quiazz a su espalda y su voz le produjo escalofríos—. Mírame.

Ella obedeció con temor. No encontró a Quiazz en aquellas verdes pupilas, solo desesperación.

Zahel había enturbiado su mente. Sostenía una piedra en la mano.

Alhanna acarició la daga que colgaba en su cintura al percibir sus intenciones y él retrocedió unos pasos con la mirada perdida.

La joven extrajo el cuchillo con cuidado.

Los rugidos de la niña aumentaron, no seguiría atrapada mucho tiempo.

—No quiero morir —afirmó el joven con los ojos inyectados en sangre.

—Lo sé. Pero prefiero acabar contigo mil veces antes que dejarte a merced de esa bestia. —Alhanna procuró no perder de vista la mano del joven.

—No tienes derecho a decidir tal cosa. Lo mejor es que desaparezcas. —Sus ojos la escrutaban con crueldad. Señaló hacia el montón de huesos acumulados en un rincón—. Mira a tu alrededor, observa tu obra, la muerte que dejaste a tu paso cuando irrumpiste en Zahel. Eres un ser despreciable.

—Y tú no eres Quiazz —respondió ella. Su mente ya no le pertenecía.