El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) La Torre de Zahel
58%

La Torre de Zahel

Alhanna giró sobre sus pies, sobrecogida por los altos monolitos que se erigían a su espalda.

Iniciaban una especie de sendero, aquel que antes estuvo acompañado por los hermosos árboles frutales.

¿Si caminaba por él llegaría hasta la estatua de Khaleria?

Por alguna razón, sabía que la encontraría allí.

Algunos monolitos habían caído y otros tenían fisuras.

Alhanna recordó que Ferian lo había mencionado.

Cada vez que Quiazz sangraba afectaba al sello.

Pero a pesar de todo, por muchos que se quebraran, no liberarían al antiguo poder, pues lo único capaz de hacerlo era la muerte del joven.

Se fijó en las inscripciones talladas en las rocas y sintió como su corazón se detenía durante un breve instante.

Estaban escritos con un hermoso trazado en sáhico.

Contaban la historia de Mu riath. La de Hagnak.

Alhanna se adentró un poco en el camino, leyendo con fascinación.

Se llevó la mano al pecho cuando reparó en que aquello era el testimonio de Osharan.

Hablaba de la creación de los dioses, de su primera batalla contra Egoresa, de su unión con Khaleria; del momento en que encontró a su hijo en su morada.

«El hijo de la Oscuridad poseía el don de juzgar.

Hagnak había aceptado el trono del mundo.

Se quedaría en Muriath por él».

Alhanna se detuvo, incapaz de dar un paso más.

Tomó aire despacio y retrocedió. De pronto, temía perderse entre los vesti gios del pasado.

Regresó al punto de partida y vio a Quiazz a lo lejos.

El viento tiraba de la capa del joven y le revolvía el negro ca bello.

Se mantenía absorto en la contemplación de la torre. Al hanna fue junto a él.

Lo último que recordaba Quiazz era verse rodeado de sombras, y a Gaelos apartándose de él con el rostro lívido.

Después, se sumió en una profunda oscuridad y un frío cortante le arañó la piel.

Llamó a Alhanna con la esperanza de que ella acudiera en su ayuda, como si fuera un simple niño asustado, pero cuando abrió los ojos se percató de que ya no estaba en el hogar de Gaelos, y que Zahel se alzaba imponente frente a él.

Creyó encontrarse en una de aquellas pesadillas que lo atormentaban día y noche.

La torre no era más que un cadáver deforme y consumido de lo que antes tuvo que haber sido un imponente edificio.

La tormenta rugía en el cielo y cubría el valle con su nefasta violencia.

El epicentro se hallaba en la torre, era como si quisiera escapar de ella.

Los relámpagos restallaban en la tierra oscura y marchita.

Altas montañas vigilaban el lugar desde la lejanía.

Quiazz se estremeció. El aire quemaba en sus pulmones.

—He visto este lugar cuando aún era hermoso. —La voz de Alhanna lo sobresaltó, estaba a su lado—. Creo que yo inicié su decadencia, después de asesinar a los habitantes de la torre ningún zarefí volvió a entrar. Y acabó por convertirse en la cárcel de la niña.

—Espero que no se convierta también en mi tumba —murmuró Quiazz con pesar.

Ella giró el rostro para observarlo y el joven no supo interpretar su mirada.

Parecía serena, extrañamente calmada. ¿Por qué solo temblaba él?

Alhanna tomó su mano y entrelazó sus dedos como si quisiera infundirle valor.

Ambos iniciaron el camino ha cia la torre, Quiazz con paso vacilante.

El miedo recorría cada rincón de su mente y, durante un momento, su visión se volvió borrosa.

Le costaba respirar aquel aire pernicioso que ardía en su garganta.

Según avanzaban, la tormenta aullaba con más fiereza.

La delirante risa de la niña acudió a su mente, estaba eufórica por tenerlos casi a su alcance.

—Ya sabe que estamos aquí, creo… —Quiazz interrumpió lo que estaba por decir.

La niña gritó con tanta violencia que lo mareó.

La tierra vibró bajo sus botas y un denso polvo negro se desprendió del suelo y los envolvió.

Cientos, miles de sombras se removieron sobre la superficie, atrapadas en la tormenta.

Eran seres condenados a vagar sin cuerpo, y de sus bocas abiertas escapaban unos gritos fe roces.

Quiazz creyó que le estallaría la cabeza.

Los espectros los rodearon, alzando sus brazos incorpóreos hacia él.

Danzaban en el aire, y sus alaridos aterrorizaron al joven.

Un canto malicioso escapó de la torre, imponiéndose a cualquier otro sonido.

Era la niña, los llamaba con su melodía.

Quiazz soltó la mano de Alhanna y retrocedió de forma involuntaria.

—¡Dijiste que no podrías vivir con Zahel siempre en tu cabeza! ¡Ahora debes ser más fuerte que nunca! —exclamó Alhanna arrastrándolo con ella—. ¡No te rindas!

—¡Es imposible! No saldré con vida de aquí —dijo casi sin aliento.

El joven se llevó las manos a las sienes y gimió con angustia.

Alhanna temió que se derrumbara antes de llegar.

Zahel ejercía un gran control sobre él. La fuerte ventisca arrancó algunas rocas del suelo, afiladas como dagas.

Las negras siluetas intentaron atraparlas en sus manos mortecinas, pero las piedras las traspasaron y silbaron feroces junto a ellos dos.

Alhanna levantó un brazo para detenerlas y solo unas pocas consiguieron rozar a Quiazz, originándole leves cortes que sangraron enseguida.

A lo lejos, retumbó con fuerza la caída de una enorme roca; sin duda, uno de los mo nolitos del sello.

—¡Desgraciada! —rugió Alhanna a la vez que la niña emitía una carcajada.

El joven se acariciaba la mejilla derecha, dónde la sangre manchaba su piel.

Sus ojos mostraban una gran confusión. Alhanna tiró una vez más de él, decidida a llegar hasta el final.

Los espectros los acompañaban con sus chillidos espeluznantes, como si quisieran advertirles de algo.

Ella los ignoraba con facilidad mientras Quiazz cerraba los ojos y se cubría los oídos con aprensión.

Cuando llegaron al abrigo del edificio, ambos estaban exhaustos.

Quiazz se sentó en el marchito suelo y Alhanna aguardó paciente a que se recompusiera un poco.

Seguían acompañados de los muertos, pero estos se mantenían a cierta distancia de Zahel, puede que temieran ser engullidos por ella.

La joven observó el edificio: en su visión del pasado Khaleria había arrancado la puerta original de la torre. Ahora no había ninguna.

Rozó con la mano la envejecida piedra y una entrada apareció frente a sus ojos.

—No lo entiendo, ¿existe la puerta? —preguntó Alhanna asombrada—. Pensé que solo aparecería cuando tú… —No se atrevió a terminar la frase—. Quizá pueda entrar y enfrentarme a la niña sin hacerte daño a ti.

—Es imposible que funcione, no olvides que mi muerte está destinada a conseguir que los monolitos caigan y el sello se rompa. —Quiazz la agarró del brazo para impedir que cruzara el umbral—. No deberías acceder antes, no sabes qué ocurrirá ahí dentro.

—Pero merece la pena intentarlo, ¿no crees? —Ella apartó la mano del joven con suavidad—. Quédate aquí fuera, prometo volver pronto.

No pensaba desaprovechar la oportunidad, puede que Quiazz tuviera razón, pero aun así necesitaba averiguarlo por sí misma. Cualquier cosa antes que verlo morir.

Al entrar, la tormenta desapareció y el silencio y la calma la acompañaron largo rato.

El viento silbaba entre las grietas de las paredes.

Una tenue luz entraba desde las ventanas y proyectaba sombras en el piso y las escaleras.

Alhanna agitó la mano frente a su rostro para apartar el polvo en suspensión.

Hacía un frío atroz, uno que calaba hasta los huesos.

Era como si la vida se le escapara con cada bocanada de aire, y notó escalofríos.

Alzó la mirada hacia los escalones que recorrían la pared circular y sintió que había estado allí dentro cientos de veces. Siempre en sueños.

Se fijó en las huellas de pequeños pies que recorrían el suelo.

Las siguió hasta las escaleras y comenzó a subir por ellas.

Algunos tramos estaban rotos. De repente, la melodía de una flauta captó su atención; tocaba la canción de la niña.

Un súbito mareo hizo que Alhanna necesitara apoyarse en la pared.

Miró su brazo y el tatuaje apenas era visible.

¿De cuánto tiempo dispondría antes de desaparecer por completo?

La música se detuvo de golpe y una flauta morada cayó rodando por los peldaños hasta quedar a los pies de Alhanna.

Ella ahogó un jadeo y recogió el objeto con cierto temor.

—¿La flauta de Riaku? —murmuró sin aliento. La abrazó contra su pecho.

Escuchó la risa alegre de la niña.

«Una tormenta desencadena el castigo,

Allá donde la torre se alza, donde la torre aguarda

Un lugar que el tiempo ha olvidado y condenado».

La pequeña cantaba de forma alta y clara, con una voz hermo sa. Alhanna no se detuvo. Se encontró con salas plagadas de huesos y calaveras. Continuó subiendo.

«Sé que llegarás, señor de la muerte,

Pronto te veré, a ti, a ti te veré,

Te llamaré señor de la muerte, porque muerte eres

Y te veré, pero serás lo último que vea».