El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) La morada de Gaelos
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La morada de Gaelos

—Cuando llegué a Muriath, una espada atravesó mi vientre y acabó con mi vida.

Asthaluss y Muriath me necesitaban, así que sellaron mi lanfe con el tatuaje y, desde entonces, ha mantenido mi existencia —le había explicado Alhanna varios días atrás—.

El Dragón me advirtió que el epígrafe desaparecería y yo con él, pues lo habían creado con ese único propósito.

Ambos mundos querían al nuevo Juez, y ahora que ha nacido supongo que ya no les sirvo de nada.

—Eso es cruel e injusto. —Quiazz no podía conformarse con eso.

—Debes ir a Zahel y tomar el antiguo poder —mencionó Gaelos—. Eso te salvaría, ¿no es cierto?

Alhanna guardó silencio y Quiazz las miró a las dos algo confundido.

—No cambiaré la vida de Quiazz por la mía —afirmó Alhanna con disgusto.

El joven no podía quitarse aquella conversación de la cabeza y Alhanna se había negado a retomar el tema a pesar de su insistencia.

Desconocían quién era la niña de Zahel que lo atormentaba con aquellas pesadillas plagadas de muerte, la misma que cantaba en su mente y se reía con sorna, sabedora de que él no podía luchar contra su maldad, pero si cabía la posibilidad de que pudiera evitar la desaparición de Alhanna, no dudaría ni un instante en ir a Falar-Shan con ella.

La risa clara y alegre de Akiro mientras Alhanna le masajeaba la tripa lo sacó de sus pensamientos. Quiazz sonrió con cariño, tenerlo cerca lo llenaba de gozo. ¿Quién cuidaría de él si Alhanna desaparecía? El joven sintió una gran congoja al pensarlo.

—Tenemos que marcharnos de inmediato —señaló Quiazz sin apartar la mirada de Akiro—. Iremos a Zahel y abriremos la torre como dice la profecía.

—Ya dije que no. —Alhanna cogió al pequeño en brazos.

—¿Y qué harás entonces? ¿Estás dispuesta a desaparecer y a abandonar a Akiro del mismo modo que hiciste con Hagnak?

—Las palabras de Quiazz sonaron crueles y pudo ver el dolor en el rostro de Alhanna—.

No pretendo hacerte daño, solo quiero que comprendas tu error.

Crees que me estás protegiendo, pero solo me condenas a vivir de forma miserable, atormentado por Zahel. ¡La torre jamás me dejará en paz!

—¡No puedo sacrificarte! —gritó ella, provocando que el niño se asustara.

—Pues busca la forma de salvarme y de salvarte a ti misma —le pidió Quiazz con más mesura—. Tienes un gran poder, Alhanna. ¡Fuiste una diosa!

Gaelos abandonó el refugio de la montaña y le quitó con cuidado a Akiro de los brazos. La diosa caminó con él, consolándolo y susurrándole palabras amables. Ellos se volvieron hacia Gaelos, sorprendidos por la ternura con la que trataba al pequeño.

—Quiazz tiene razón —mencionó la diosa con voz cantarina.

Claro que la tenía, y Alhanna era consciente, pero eso no lo hacía más sencillo.

Necesitaba estar a solas, así que se alejó de ellos y se internó en la parte más oscura del bosque.

La maleza alcanzaba sus muslos. El sol de la tarde desaparecía entre las copas de aquellos viejos árboles.

Un frío cortante se clavaba en su piel. El hambre la torturaba y nada podía saciarla.

Ni siquiera el lanfe de algún animal sería suficiente para aplacar el vacío de su interior.

Este aumentaba a medida que el tatuaje desaparecía, y tan solo se calmaba un poco cuando tenía en brazos a Akiro.

La joven estaba muy cansada de luchar consigo misma y quizá se había resignado al terrible destino que la acorralaba.

No iba a negar que tenía miedo; miedo de marcharse sin más, de abandonar a su hijo, de no volver a ver a Kishur, de dejar solo a Quiazz ante la maldición de Zahel.

Y, sobre todo, temía que nadie la recordara cuando el tiempo borrara sus huellas.

Ella no era Khaleria, no era una diosa. ¿Quién pensaría en Alhanna una vez todos aquellos a los que había conocido se marcharan al mundo venidero?

—Osharan, sé que puedes oírme. —Alhanna tomó aire despacio y apretó los puños con fuerza, dispuesta a tragarse su orgullo— Necesito que me ayudes.

Aguardó con paciencia, decidida a no rendirse tan pronto. ¿Acudiría?

—Por favor, Osharan… —suplicó la joven con pesar.

Percibió que las sombras se agitaban a su alrededor y notó como algo se movía a sus pies.

La escasa luz que quedaba le impedía ver con claridad, pero fue capaz de distinguir la silueta de Osharan en cuanto apareció frente a ella.

Sus ojos refulgían como el fuego. Llevaba tan solo unos pantalones y la Oscuridad reptaba por su torso y brazos igual que una docena de serpientes.

El odio que había acumulado hacia él se disipó poco a poco con el transcurso de los días y dejó en su lugar un profundo anhelo.

—El sello desaparece —afirmó Osharan, quebrantando el silencio entre ellos.

—Tal como dijiste. Parece que mi única salvación es ir a Zahel y tomar el poder que encerraste para mí. —Alhanna dio un paso hacia él—. Quiero saber qué es, qué hay en la torre que es tan temible. Necesito conocer lo que me aguarda allí.

En lugar de expresarlo con palabras, el Dragón introdujo una visión en la mente de la joven.

Contempló al aterrador ente de Egoresa que había devorado a Hagnak y que casi acaba con Khaleria.

Era mucho más poderoso de lo que fue concebido por los eldos, pues se había alimentado del Juez y de la diosa, y acumulado así una gran cantidad de energía y poder.

La bestia, convertida en una terrible tormenta rosácea, era capaz de consumir la tierra y dejarla desprovista de vida.

Alhanna observó como el salvaje temporal era absorbido por Zahel y tomaba la forma de una niña de cabello oscuro.

La torre la mantenía sellada, más rabiosa y hambrienta que nunca.

La oyó gritar con desesperación, abrirse la piel de las manos contra la rasposa piedra de las paredes; la vio lacerarse la cara con sus propias uñas y lamer su sangre.

Alhanna retrocedió angustiada y aquella imagen se disipó.

—¡Debiste destruirla, no encerrarla! —gritó.

Un miedo cerval se apoderó de Alhanna, que sintió un profundo vértigo. La voz de la niña surgió de las profundidades de su mente y comenzó a reír frenética. ¿Ese era el secreto guardado con tanto celo?

—Devorarás a la criatura y obtendrás de ese modo su poder —dijo Osharan.

—¿Y si me devora ella a mí? —preguntó Alhanna con inquietud—. Ya lo intentó cuando era Khaleria y a punto estuvo de conseguirlo. Me pides demasiado…

—Mientras permanezca dentro de la torre estará sometida y podrás vencerla.

No permitas que salga de allí o será tu perdición.

Debes crear una distracción. —El viento le echó el largo cabello hacia atrás—.

Ofrécele el cuerpo del portador de muerte, deja que se alimente con su carne.

Eso la mantendrá ocupada, pues lleva hambrienta largo tiempo.

Alhanna sintió náuseas al oírlo, negó con la cabeza. Jamás haría tal cosa.

—Encontraré el modo de impedir que abandone el edificio, pero no será a costa de Quiazz.

—Alhanna tragó saliva despacio. Era imposible saber qué pensaba Osharan, su rostro no mostraba reacción alguna—.

Quiero pedirte algo antes de ir a Zahel y creo que no es necesario que lo diga con palabras. Sabes de qué se trata.

Alhanna creyó que se negaría. Osharan desvió la mirada hacia la espesura, allí donde debía estar la guarida de Gaelos.

Quedaba lejos, pero no lo suficiente. Temió que se marchara en busca de Akiro, que lo arrancara de brazos de Gaelos y se lo llevara tan lejos que ella jamás pudiera alcanzarlo. El tiempo parecía haberse detenido.

—Te daré lo que deseas, pero a cambio me entregarás tu vida. No más desafíos. —La voz del Dragón se clavaba en su piel y la estremecía.

—Hazlo y no tendré motivos para rebelarme contra ti —aceptó Alhanna.

Osharan estiró los labios en una siniestra sonrisa y se inclinó hacia ella igual que un depredador a punto de devorar a su presa.

Sintió como la Oscuridad la envolvía y se posaba sobre su cuerpo.

No se resistió en ningún momento. Poco después, la penumbra la rodeaba por completo y sintió un baño helado sobre su piel.

La voz de Quiazz retumbaba en su mente. Cuando al fin abrió los ojos de nuevo, lo hizo con espanto.

Estaba frente a Zahel.