Marial-Pat
Oxa reparó entonces en los rostros de los nobles, solo unos pocos parecían satisfechos.
Su mirada se cruzó fugazmente con el líder de la familia Nel, el padre de Zaraen y abuelo de Quiazz.
Dio un respingo ante aquellos ojos verdes tan parecidos a los suyos propios.
Al parecer, iba a convertirse en el nuevo Galaef.
Los Nel se habían encargado de extender el rumor de que los gaeshan habían asesinado al anterior y ahora la población tenía un motivo más para tener miedo, pero los Nel prometían combatirlos y eso favorecía la candidatura del anciano.
Los ojos de Oxa recayeron enseguida en el hombre que iba detrás y que esbozaba una sonrisa gélida.
La chica sintió escalofríos. Se trataba del otro candidato para el puesto de Galaef.
Oxa bufó aburrida y se dio la vuelta para observar el Hicama cuando Beres, que acababa de abandonar la sala junto a sus hombres, se encaminó hacia ella.
—¿Vuelves a espiar a los Nel? —preguntó el comandante en voz baja.
—Debemos impedir que lo nombren Galaef, sería una catástrofe. —Oxa se retiró el corto flequillo de la cara y lo miró de frente—. Si es cierto que los gaeshan mataron al anterior, ten por seguro que ellos los contrataron.
—Creía haber sido claro cuando te ordené apartarte de los Nel. —Beres la cogió del brazo para acercarla—. Gastor también te lo advirtió, ¿por qué no obedeces?
Oxa se encogió de hombros y apartó la mano del hombre.
No podía evitarlo, una lista llena de chicos muertos le impedía olvidarse de esa maldita familia, una lista en la que ella era la única que continuaba con vida; necesitaba descubrir la razón.
Beres no retiraba la mirada y comenzó a ponerla nerviosa.
Oxa se escurrió por su lado sin darle la oportunidad de retenerla de nuevo y se dirigió hacia la entrada de la torre.
Su hermano aguardaba en uno de los jardines del palacio.
Caminaron de la mano para ir a casa, pero antes pasaron por el mercado.
Compró una bolsa de caramelos y el niño sonrió feliz.
Oxa observó a los dáricos que paseaban entre los puestos, y le hizo gracia que su presencia aún llamara tanto la atención de la gente.
Admiraba la disciplina de los hajaeks y la destreza con la que luchaban. Aspiraba a parecerse a ellos.
Esquivaron las calles derruidas y se adentraron en una zona más despejada. Su casa era pequeña, pero muy acogedora. Era un regalo de Quiazz. Al parecer, el joven la había puesto a nombre de Oxa antes de marcharse de la ciudad.
Entraron en el hogar y lanzaron los zapatos a un lado.
Oxa no se desprendió de las armas, ya que era algo que siempre hacía en la sala del fondo, la que le servía de estudio.
Cruzó el largo pasillo y justo cuando iba a abrir la puerta se percató de que estaba entreabierta.
Sacó la espada despacio y, antes de poder alejarse, la madera cedió y un enmascarado se lanzó hacia ella.
Oxa se apartó justo a tiempo para que la hoja de acero no la abriera en canal.
Embistió a su enemigo y logró golpearlo entre las costillas, pero este le propinó una patada en la rodilla que la hizo caer.
La joven extrajo el cuchillo largo de su cintura y lo puso ante a su rostro para repeler el siguiente ataque.
Barrió con su pierna los pies del enmascarado, pero él dio un salto para esquivarla.
La chica aprovechó el momento para ponerse en pie y empuñar también la espada.
Un segundo enmascarado salió de la habitación de la derecha. Oxa retrocedió.
Retrasó el pie izquierdo y se preparó para la embestida.
Sus oponentes eran más altos y corpulentos que ella, así que necesitaría algo más que fuerza para vencerlos.
La atacaron al mismo tiempo y Oxa se movió veloz, lanzando fuertes estocadas a la vez que repelía las de sus enemigos.
Logró rajar el vientre de uno, pero a cambio recibió un corte en la pierna derecha.
Siguieron luchando. Ella se resistía a abandonar el pasillo, quería evitar que la pelea llegara hasta su hermano.
Sin embargo, los hombres ganaban terreno con cada estocada.
El del tajo en el vientre se dejó caer contra la pared, exhausto.
Oxa se enfrentó al otro, las armas chocaron una y otra vez sin compasión. Ella perdió el cuchillo.
Continuaban retrocediendo. Una vez de vuelta en la sala principal, Oxa intentó tomar distancia, pero su oponente no lo permitió.
El niño la miraba aterrado. La joven recibió un puñetazo en la cara que le partió la ceja derecha, y también un nuevo corte en el brazo izquierdo.
La sangre le nubló la vista y manchó sus ropas.
El hombre la acorraló contra la pared, ambas espadas entrelazadas.
De reojo vio como su hermano corría en su dirección y lanzaba una patada a su enemigo.
Quiso gritarle que se alejara. El hombre se volvió con rapidez y apuñaló al niño en el pecho.
Oxa bramó colérica al ver que su hermano caía al suelo.
Se arrancó a su enemigo de encima y atacó con toda su fuerza, propinando estocadas vehementes que el hombre no pudo detener.
Le cortó la mano con la que sujetaba el arma, laceró su abdomen y, mientras este intentaba escapar de su furia, lo atravesó con la espada.
Empujó el cuerpo aun cuando la boca del desconocido emitía el último estertor y corrió en busca de su hermano.
No extrajo el cuchillo para evitar que se desangrara. Lo acunó entre sus brazos y lanzó un alarido desesperado, pues no sabía qué hacer. Las lágrimas inundaron sus ojos.
—Tranquilo, no tengas miedo —le susurró a su hermano, que la miraba ausente.
Cogió al niño en brazos con gran esfuerzo; debía buscar un médico.
Sus piernas flaquearon en cuanto abandonó la casa.
Logró caminar unos pasos antes de derrumbarse sobre los fríos adoquines de la calle.
Al principio, creyó que nadie los ayudaría.
Ambos pertenecían a las chozas del río, ¿a quién le importaría la vida de su hermano?
No obstante, los hombres y mujeres que pasaban cerca corrieron en su dirección.
Oxa no pudo dejar de llorar mientras veía como sostenían al niño y la aupaban a ella.
En lo único que pudo pensar en ese momento fue en la vida de su hermano.
Beres acudió a visitarlos al hospital, el comandante se mostraba realmente preocupado por lo sucedido.
Estaban investigando la procedencia de los asesinos, aunque Oxa no tenía dudas al respecto: habían sido los Nel.
Al fin y al cabo, ella era la última de aquella lista.
Quizá se hubiera obsesionado con ello, pero en su mente era lo único que tenía sentido.
Su hermano se recuperaba en la cama. La chica no le quitaba el ojo de encima mientras el niño parecía dormir plácidamente.
La herida no había sido mortal, aunque tardaría en recuperarse.
Oxa no se había despegado de su lado ni un momento, ni siquiera mientras le suturaban los cortes a ella.
No quiso comer a pesar de la insistencia de Beres.
Sentía náuseas. Repasaba la lucha una y otra vez, buscando todos sus fallos. Debía mejorar.
Alguien entró en la habitación y se detuvo a los pies de la cama, pero Oxa solo tenía ojos para su hermano. La habitación permaneció en silencio largo rato.
—Lo que le ha ocurrido a tu hermano es una desgracia. —La profunda voz del extraño le dio escalofríos—. Me alegro de que tú salieras ilesa. O casi.
Oxa alzó la vista y se quedó sin aliento al reparar en el hombre frente a ella.
Era tan parecido a Zaraen que creyó estar mirando a un muerto.
Vestía ropas muy elegantes y oscuras que realzaban el color verde de sus ojos.
Entonces estaba en lo cierto y los Nel habían enviado a los asesinos.
De otro modo, ¿por qué iría a visitarlos?
—¿Vienes a rematar la lista de los bastardos Nel? —preguntó ella a bocajarro.
—No realmente. Solo quería asegurarme de que estás bien.
—El hombre esbozó una hermosa sonrisa—. Los que te asaltaron fueron contratados por mi padre, pero ya no debes preocuparte, me he encargado de que no vuelva a ocurrir.
Al parecer, has estado siguiéndolo durante las últimas semanas y eso lo ha enfurecido.
—Caminó unos pasos por la pequeña habitación y Oxa lo siguió con la mirada—.
Ignoraba que supieras de la existencia de esa lista, supongo que Zaraen dejó su investigación en manos de su bastardo.
Fue su llegada a la ciudad lo que hizo que mi padre nos ordenara deshacernos de los hijos ilegítimos.
—Y los cazasteis como a animales —escupió ella con rabia y asco.
—Menos a ti. Eres hija mía, por si tenías alguna duda.
—Oxa no reaccionó a sus palabras, tan solo sintió pena porque su padre no fuera Zaraen.
Al menos, había sido un hombre de honor—.
Te encontré vagando por las chozas, robando monedas a hombres como yo sin que te vieran y esquivando a los guardias.
Me pareciste interesante y pensé que, si Zaraen podía introducir a su bastardo en el gobierno, quizá yo debía guardarme una carta bajo la manga.
Creí que algún día me serías de utilidad.
—Espero que no vayas a decir que ahora lo soy, sería demasiado previsible. —La joven lanzó un largo suspiro y clavó sus verdes pupilas en el hombre—. Tu familia es una gangrena que hay que erradicar de nuestra sociedad. No olvides que soy un soldado.
—No seas estúpida, he acallado muchas voces que intentaron alzarse contra ti y se negaban a aceptar a una mujer en el ejército.
¿O piensas que la influencia del general fue suficiente para conseguir la aceptación de tanta gente?
—dijo él con aspereza—. Con mi ayuda podrás llegar lejos dentro del ejército.
Incluso tendrías la posibilidad de entrar en el gobierno.
Mi padre acabará siendo el nuevo Galaef, y cuando quitemos de en medio al bastardo de Zaraen, podrías tomar su lugar y convertirte en la voz del consejo.
Oyó sus palabras y las asimiló poco a poco, sintiéndose cada vez más enferma con la mera presencia del Nel. Cuando Quiazz muriera, eso acababa de decir.
—Tú estás detrás del contrato que firmaron los gaeshan para matar a Quiazz. —Oxa se puso en pie muy despacio mientras el corazón latía con fuerza—. Has condenado la vida de alguien que lucha por toda la gente de esta ciudad. Que solo quiere la paz.
Dejó que toda la rabia y el miedo que la invadían por lo sucedido se apoderaran de ella.
Ya había soportado suficiente por ese día.
Saltó con furia hacia el otro lado de la cama ignorando el dolor de sus heridas y sacando su cuchillo que ocultaba en el pantalón.
Cayó sobre el hombre y logró apuñalarlo en el cuello.
Este abrió los ojos por la sorpresa e intentó apartarla, pero Oxa lo embistió contra la pared.
Apretó más el cuchillo mientras la sangre manchaba su mano.
Le tapó la boca cuando percibió que iba a gritar y el hombre mordió sus dedos.
A ella no le importó. Clavó sus pupilas en él; quería verlo morir.
No lo soltó hasta que el Nel dejó de moverse y su cuerpo se deslizó inerte por la pared, aún con los ojos abiertos. Oxa se sentó a su lado y dejó las manos en el regazo.
Su hermano dormía y se concentró en oír la respiración del niño y en los pasos que atravesaban el pasillo.
Nadie cruzó la puerta. Perdió la noción del tiempo, las náuseas torturaban su estómago.
Supo que se hacía de noche porque la luz que entraba por la ventana se extinguió y la habitación se llenó de penumbra.
Miró de reojo el cadáver y la duda comenzó a mermar su voluntad, pues lo que acababa de hacer tendría consecuencias.
La puerta se abrió de repente. Beres caminó despacio y se agachó frente a ella.
—Era un mal nacido —dijo Oxa con lo mirada llena de ira—. Él estaba detrás del contrato con los gaeshan para matar a Quiazz. Y al parecer, decidir sobre la vida de otros era su pasatiempo. Pero ya no volverá a influenciar la mía.
Beres guardó silencio. Sospechaba que el hombre era el padre de Oxa, las palabras pronunciadas por la chica se lo decía. Esta furiosa como nunca antes la había visto.
—¿Qué va a pasar ahora?—preguntó ella de forma casi inaudible.
—Haremos desaparecer el cuerpo. —La respuesta del comandante la sorprendió.
La joven asintió muy despacio y se cubrió el rostro con las manos.
Lloró un buen rato mientras Beres la observaba en silencio.
Sentía un desgarro en el pecho, algo que jamás había experimentado antes.
Había iniciado una guerra que debería terminar, o de lo contrario no tendría futuro, y Quiazz tampoco. Acabaría con la familia Nel.