El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) El campamento
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El campamento

—No imaginaba que existiera tal caos entre vosotros —le había dicho Ghiro esa mañana—. Vas a necesitar mucho más que autoridad para aplacarlos.

—Ya es un milagro que tantas familias hayan acudido —contestó él con cierto disgusto, pues Ghiro tenía razón—.

Los norteños se empeñan en que Quiazz se convierta en rey, y ni siquiera imaginan lo lejos que están de conseguirlo.

Candor ha guardado el secreto sobre Zahel y el verdadero motivo del viaje de Quiazz y Alhanna, pero eso solo le traerá problemas en el futuro.

—Gastor se rascó la nuca—. Y no conformes con eso, los hombres presionan cada día para conocer el paradero del dárico gris.

—¿Habéis sabido algo más del Norte? —preguntó Ghiro con preocupación.

Ese era un tema que le rompía la cabeza a Gastor porque temía que los norteños se marcharan con la intención de proteger sus hogares.

Si todavía no lo habían hecho era porque Daraes-Dol se había quedado al cargo, pero Candor llevaba dos semanas disperso tras las noticias que trajeron los últimos halcones proceden tes de allí: la caída de Laccados a manos de los Invasores.

El hombre seguía sin presentarse a las reuniones y enviaba en su lugar a Yatra, el único hermano que le quedaba con vida.

Gastor lo comprendía, ¿cómo superar semejante desgracia?

Lo había perdido todo en una sola una noche.

Y, al parecer, tenían un nuevo enemigo que procedía de costas desconocidas y contra el que no sabían luchar.

A veces, Gastor se sentía tan desesperado que el suelo parecía temblar bajo sus pies con la intención de tragárselo. Tenía demasiados frentes abiertos al mismo tiempo. «Estás haciendo un gran trabajo», solía decirle el anciano para animarlo.

Gastor caminó por el campamento mientras fumaba e intentaba poner en orden sus ideas.

Las Avíseas quedaban a dos semanas de viaje; en pocos días dejarían atrás a las familias que los acompañaban para que los soldados hicieran solos el último tramo, ya que era lo más seguro para todos ellos.

Gastor se detuvo frente a la linde del bosque; lo que les aguardaba era el basto desierto de Runna y no volverían a toparse con árboles.

Gastor se preguntó cómo serían los runnenses.

Había oído mucho sobre ellos de boca de Ghiro, aunque el anciano no conocía a la comandante Halan, a quien Sandar había cedido el control de su ejército.

«Gastor», se tensó de inmediato al oír el susurro dentro de su mente.

Creyó que era la voz de Quiazz, pero no podía ser.

El ocaso bañaba de una luz anaranjada el paraje que lo rodeaba y plagaba de sombras el bosque.

Vislumbró una silueta entre los arbustos y se abalanzó sin pensar hacia ella.

Por un momento, estuvo convencido de que aquel al que perseguía era Quiazz.

Reconocía su cabello oscuro y rebelde, la forma de caminar del joven.

Llegó a un pequeño claro y giró sobre sus talones sin encontrar a nadie allí.

Oyó pasos que procedían de ambos lados y se llevó la mano a la espada. Candor salió entre la maleza desde su derecha, y Giro lo hizo acompañado de Mayara.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó el anciano contrariado al verlos—. Creí que seguía la voz de mi señor, juraría que incluso vi su silueta.

—Yo la de mi esposa —admitió Candor de mal humor.

Gastor guardó silencio, pero se sintió profundamente decepcio nado.

Alguien los había engañado para atraerlos hasta ese lugar como si fueran niños.

Mayara fue la primera en ponerse en guardia frente al anciano cuando alguien más apareció.

Gastor miró a la desconocida, que mantenía el rostro oculto por una gruesa capucha burdeos.

El aire se volvió pesado de pronto y llevó hasta ellos un denso aroma a jazmín.

Ella comenzó a bajar la prenda poco a poco mientras el silencio se apoderaba del bosque.

Gastor quedó inmóvil, preso de un poder desconocido.

Le bastó una rápida mirada a los demás para saber que les ocurría lo mismo. Los cuatro parecían estatuas.

No necesitaba que aquella mujer se presentara. Sus afilados ojos azules parecían cortar su piel. El cabello rojizo le caía a ambos lados del hermoso rostro.

—Maldita… —murmuró con gran esfuerzo Gastor. La rabia bullía en su interior.

—Lo sé, casi destruyo vuestra encantadora ciudad y os reduzco a cenizas —dijo ella con una sonrisa en los labios—. Quizá lo intente de nuevo más adelante, no suelo rendirme.

La inmovilidad le impedía lanzarse sobre ella, aunque sabía que no llegaría ni a rozarla con su arma.

Era una diosa, después de todo, pero Gastor era incapaz de olvidar todo el mal que les había causado; era responsable de provocar miles de muertes.

Sentía un odio tan voraz que le impedía pensar con claridad.

Lumiatz alzó la mano y el anciano pudo moverse.

El dárico la observó con rencor, pero no se atrevió a acercarse a ella.

—Rhiot, el general kalasty, ha reuniendo a los dragones grises que han quedado libres del Olvidado. Acudirán a luchar a vuestro lado, prefieren acabar con las vidas de sus hermanos antes que dejarlos en manos de Fenador —explicó Lumiatz—. Yo misma entraré en el Vacío junto al dárico gris.

—¿Intentáis redimiros? —preguntó Ghiro con mesura, ocultando su malestar.

—Soy una diosa, no necesito redención. —Los ojos de Lumiatz se oscurecieron de pronto—.

He venido a daros el mensaje para que estéis preparados y aceptéis la ayuda de los dragones y los kalastys que Rhiot logre traer con él.

Podéis rechazarlos, pero os aseguro que no seréis capaces de hacer frente al ejército controlado por el Olvidado.

Sus palabras calaron en todos ellos, que no eran tan ingenuos para obviar esa verdad.

Ghiro apretó los puños con fuerza. A pesar de todo, desconfiaba de la maldita diosa.

No podía olvidar que había perseguido a Kishur durante ágaras, que había estado a punto de matarlo.

Y mucho menos, la guerra emprendida contra los mortales que tantas vidas había arrebatado.

Acudió a su mente el rostro de Eltsay antes de morir.

¿Cómo podrían luchar junto a aquellos que tanto daño les habían causado?

—¿Ni siquiera os arrepentís de vuestros actos? —Ghiro necesitaba su respuesta.

—No tengo ninguna razón para hacerlo. —Sonrió con sinceridad y se apartó el cabello de la cara con elegancia—. Mis herma nos y yo surcábamos el cielo mucho antes de que el primer dárico naciera. Y seguiremos aquí cuando el último de vosotros desaparezca.

—Yo os veneraba, os rezaba… —Ghiro negó entristecido con la cabeza—.

No os perdono todo el mal que habéis causado, aun que no os importe lo que un viejo como yo pueda sentir.

Llenasteis la vida de mi señor de desgracias cuando pudisteis haber ob tenido su amor.

Él os habría seguido si hubierais obrado de otro modo, pero ahora os odia con todo su ser y jamás os perdonará tanto sufrimiento.

Espero que penséis en ello el día que muera el último dárico y solo quedéis vosotros.

El rostro de Lumiatz se contrajo de rabia y el viento arreció en el claro, arrojando hojas y tierra sobre ellos.

Gastor creyó que se lanzaría sobre el anciano y le arrancaría la garganta, pero se limi tó a rugir, furiosa.

Los cuatro cayeron de rodillas, sometidos por el poder de la dama roja.

Ella dio un paso hacia el anciano y lo miró con desprecio.

Luego, Lumiatz relajó su expresión y todos sintie ron que quedaban liberados.

—El dárico gris no es más que una ilusión creada por el Dra gón, y cuando acabe su última batalla, se desvanecerá —dijo Lumiatz con arrogancia.

La diosa esbozó una sonrisa triunfal antes de convertir su cuerpo en miles de perlas rojas que el aire arrastró lejos de Ghiro.

El anciano decidió no dar importancia a sus palabras, pues estaba seguro que solo trataba de perturbarlo aún más.

Se preguntó cómo había podido venerar a semejante ser durante toda su vida.

Deseaba que su pueblo conociera la verdad.

Los cuatro tardaron un poco en recuperarse de la visita.

—Supongo que ha venido para asegurarse de que entendemos la situación. ¿Quién puede negar que los necesitamos? —Mayara se encargó de lanzar la pregunta que todos se hacían— ¿Debemos aceptar la ayuda de esos malditos seres?

Todas las miradas se dirigieron hacia Ghiro, atentos a su decisión.

—Me temo que no queda otra opción. Si los Olvidados controlan una gran parte de los dragones grises, estaremos ante una gran desventaja —les recordó—.

Acabarán con nosotros casi sin esfuerzo, prueba de ello son las consecuencias de la batalla.

Tienen el fuego blanco y debemos combatirlo con un poder proporcional.

Gastor apretó los dientes para contenerse y no gritar de pura frustración.

Los demás mostraban la misma reticencia, pero era inútil debatir algo que ya habían decidido.

Debían usar todas las armas a su disposición para ganar, aunque eso significara luchar al lado de dragones, kalastys y dioses, aquellos que habían incinerado sus ciudades y miles de vidas. Esperaban no arrepentirse.