Alviat
Borat pensaba que eran unos simples salvajes. Aguardaba la llegada de Kishur, pero no había contado con los malditos zarefíes. Ahora tendría que preocuparse de más enemigos que ponían en peligro el regreso del dárico gris.
Estaban reunidos en la sala del trono y mantenían las puertas cerradas.
Borat se encontraba situado a la derecha de Sorastalez.
Echaba en falta a la mitad de los nobles habituales, aunque no le extrañaba.
La tensión entre los asistentes era evidente, a todos les incomodaba la presencia del zarefí.
Venía con una propuesta de colaboración que exigía a cambio la cabeza del dárico gris.
—Los humanos usurpan las tierras que una vez nos pertenecieron.
—La voz de Shaen retumbaba en la sala, hablaba con una autoridad innata—.
La ciudad a la que se atreven a llamar Marial-Pat fue construida por mis ancestros.
La diosa de la bondad nos cedió su territorio para edificarla y ellos la han ensuciado con su presencia.
—Dejó que los presentes murmuraran entre ellos un momento—.
Se hacen cada vez más fuertes, y llegará el día en que se adentren hasta el corazón de vuestras tierras.
Ya lo han hecho tanto en Caen-Laj como en la montaña de los Moradores. ¿Cuánto más les consentiréis?
—¿Y qué sugieres? ¿Entablar una guerra contra ellos? —preguntó Borat.
—Sé que los dáricos no sois partidarios de ello —respondió Shaen con una sonrisa tirante—.
Por eso estoy aquí. Os ofrezco apartarlos de vuestros dominios y mantener la paz entre nosotros, como antaño.
Nuestros pueblos nunca fueron enemigos, luchamos juntos en la guerra de las razas.
El crimen que cometió Raehlan-Tae contra mi pueblo no deben pagarlo sus descendientes.
—¡Insultas a nuestro primer rey! —gritó el Galaef con voz quebrada.
Otras voces también se alzaron, pero no fueron tantas como Borat esperaba. La indignación de los presentes quedó reducida enseguida ante el silencio de Sorastalez, que se removió incómodo en el trono. Borat guardó silencio, aunque en su interior deseaba arrancarle la lengua al zarefí.
—¿Por qué os sorprende cuanto digo? —preguntó Shaen con mesura, acallando a los demás—.
Al principio Raehlan fue un dárico honorable, pero os recuerdo que la guerra de las razas cambió a muchos seres, Zahel corrompió las mentes de aquellos que se acercaron demasiado. ¡Y vuestro primer rey entró en ella!
—Eso no es verdad, ¡no lo es! —insistió el Galaef, poniéndose en pie.
—Claro que lo es. Entró en la torre y para evitar que se supiera, asesinó a Edgar, nuestro monarca y su principal aliado.
Y condenó a mi pueblo en Falar-Shan. —Extrajo un libro de cuero negro de su chaqueta—.
¡Y aquí tengo la prueba! Es una traducción del Libro Negro, escrito por el propio Raehlan al término de la guerra.
Pensaréis que se trata de una manipulación, pero cuando leáis el contenido comprobareis su veracidad.
En el texto vuestro primer rey relata secretos que solo los dáricos conocéis.
Nadie habló, todos miraron el libro con incertidumbre.
—Dice la verdad, he leído sus páginas —comentó entonces Sorastalez.
El Galaef tomó asiento abatido, no le quedaban fuerzas para seguir discutiendo.
Los otros miembros del consejo guardaban silencio.
Borat supo que Shaen convencería de su locura a todos los presentes, incluido el gobernador de Runna, en cuyo rostro pudo leer una gran satisfacción.
Borat tentó el mango de su espada; solo tenía que cortarle la cabeza a Shaen, quemar el maldito libro y alzar su ejército contra Sorastalez.
Si no lo hizo fue porque Kishur le pedía en su carta que aguardara hasta su regreso. Y obedecería.
La historia del libro Negro circuló por la ciudad a gran velocidad.
El original se suponía custodiado en Fraem-Lab, pero jamás se había traducido, pues Raehlan había usado el sáhico para escribirlo.
Borat caminaba por las calles desiertas para despejar su mente, la niebla se adhería a los edificios y cubría los árboles desnudos de hojas.
Un extraño mal secaba el bosque y estropeaba las cosechas, privándoles de algunas verduras y frutas.
El mundo estaba enfermo; Borat podía percibirlo en cada poro de su piel.
Se detuvo ante las gigantescas sequoias que formaban el puente hacia el balcón de la luna.
Una patrulla de sus mejores hajaeks vigilaba que nadie se acercara.
El Galaef descendió con cansancio el último escalón y se apoyó en el joven que lo acompañaba para recuperar el aliento.
Borat aguardó paciente. El anciano le hizo una señal al chico y este se alejó de inmediato para darles privacidad.
—Quería ver la ciudad antes de que arda —mencionó el Galaef, sorprendiendo al general con sus palabras—.
Lo hará, cuando los dioses nos castiguen.
Llamamos traidor al dárico gris y ahora permitimos que los zarefíes vengan a resarcirse con él por un supuesto crimen cometido por Raehlan-Tae, algo que ni siquiera pueden demostrar. Estamos condenados, general.
—Creo que los dioses tienen mejores cosas que hacer —refutó Borat, molesto.
—Lo que me genera curiosidad es la razón por la que Shaen quiere la cabeza de Kishur —pronunciar su nombre le resultó muy extraño, pero satisfactorio—. ¿Crees que también conoce la verdad sobre su reencarnación? Si lo que dijo el demonio que nos trajo sus cartas es cierto y el zarefí lo sabe…
—Si lo ha descubierto, se ha cuidado de no decirlo. Supongo que temía que se le tachara de loco. Es inteligente —admitió Borat casi con cierta admiración.
El anciano mostraba una gran preocupación. Shaen iba a convertirse en un gran enemigo, Borat lo presentía. Y estaba convencido de que sus soldados unirían fuerzas con los escáreas para proteger el trono.
—Te has mantenido firme, has seguido a Sorastalez en su locura, y sé que no lo has hecho por lealtad.
Aguardas la llegada de tu verdadero rey, estás donde debes para servirle llegado el momento —El Galaef hablaba con pasión—.
Y espero que lo hagas. El dárico gris llegará pronto.
En su carta no mencionaba nada sobre recuperar el trono, tan solo aseguraba que intentaría hablar con Sorastalez para que entrara en razón, pero ambos sabemos que esa ya no es una posibilidad.
Si no está dispuesto a liderar un golpe de estado, temo que el monarca zarefí logre su propósito.
—¿Qué me pides exactamente? —Borat lo escrutó con la mirada.
—Debes arrestarlo por traición en cuanto ponga un pie en la ciudad y encerrarlo en la celda más profunda que haya.
—El anciano crispó su rostro al decir semejantes palabras—.
Aléjalo de su padre y de Shaen, y no dejes que salga del calabozo hasta que podamos colocar la corona en su cabeza. No le demos otra opción.
—Deseas que aparte al dárico gris mientras derrocamos a Sorastalez. —Borat se mesó la barba sin apartar sus ojos del anciano—. Quieres que luego me dé muerte, ¿es eso?
—Quiero que lo salves de él mismo —aseveró el Galaef con firmeza.
El anciano tenía razón. A Borat le preocupaba que Kishur se negara al golpe de estado y él estaba dispuesto a todo por verlo en el trono. Aceptó la petición del Galaef. Debían prepararse, porque Alviat sangraría muy pronto.