Ranques
Kishur pensó en Rory con pesar. Aunque Lumiatz no la hubiera degollado, habría muerto de todos modos.
Nunca debió abandonar su aldea. No era responsable de las decisiones de los demás, pero le era inevitable culparse.
Si no hubiera llegado a la aldea de Rory, ¿habría ella encontrado el valor para viajar sola?
—Es una visión terrible —susurró Litzzia mientras lo abrazaba.
Lo era, sin duda. Trató de imaginar la capital de Runna igual de desolada. Habían descubierto las repercusiones de la batalla durante el viaje. Litzzia había llorado amargamente al conocer el infortunio de su hogar, aunque ellos debían agradecer que toda su gente hubiera sido evacuada a tiempo.
—La última vez que estuve aquí huía de Alviat y te buscaba. —Litzzia se apartó el pelo de la cara, las hebras doradas brillaron contra su piel tostada—. Nunca imaginé que reharía este camino a tu lado. —Lo miró y esbozó una sonrisa cómplice—. ¿Y tú?
—Claro que no. Pensé que jamás volvería a verte. —La atrajo para sí y la besó.
Ya no le importaba mostrar su relación abiertamente, se había ganado el derecho de besar a Litzzia cuando y donde quisiera.
Su amor no merecía reducirse a la oscuridad de la noche o a la intimidad de la alcoba.
A Kishur le agradaba la sensación de libertad al abrazar a la joven cuando deseaba.
Cada día se sentía menos dárico. ¿Lo había sido alguna vez?
Notó de pronto una sacudida familiar y soltó a Litzzia mientras sentía como su cuerpo se engarrotaba y dejaba de responderle.
Algo tiraba de él con fuerza. Mientras la voz de la joven se desvanecía, la oscuridad lo acogió un breve instante y lo devolvió a la plena luz del día, pero se encontró de pie en la orilla del mar, con la brisa revolviendo su cabello gris y el olor a salitre.
Hagnak lo reclamaba cada vez con mayor insistencia. Su lanfe pertenecía a ese lugar, lo percibía, era como regresar al hogar. Una calma absoluta lo invadía.
—Déjame ir, aún me queda mucho por hacer —murmuró Kishur.
Jamás obtenía palabra alguna de Hagnak, y tampoco había vuelto a mostrarse.
Kishur necesitaba esforzarse para no caer en la tentación de sentarse en la cálida arena y dejarse llevar por la paz que lo embargaba en esos momentos.
Sentía que, de hacerlo, no volvería a levantarse.
Supuso que aquello debía ser parecido al mundo venidero, solo que allí estaría acompañado de sus seres queridos.
Imaginó a Alfar cabalgando a lomos de Ceara, obteniendo al fin un beso de su madre, jugando con sus descendientes.
Deseó volver a ver a aquellos que alguna vez llamó amigos, e incluso quiso reencontrarse con sus enemigos.
La idea le hizo sonreír y a punto estuvo de tomar asiento.
Pero entonces, abrió los ojos y gruñó con disgusto.
«Aún no», se dijo con rabia.
Una espesa neblina comenzó a rodearlo y el frío lo acogió.
Percibió la presencia de Osharan en cada poro de su piel, igual que si se tratara de un perfume.
La playa desapareció ante sus ojos y Kishur regresó a Ranques junto a Litzzia.
Todo su pesar volvió para golpearlo con fuerza.
La joven aferró su brazo con los ojos enrojecidos, asustada por esas breves ausencias.
Kishur se preguntó si el Dragón siempre lograría traerlo de vuelta o si llegaría el día en que Hagnak se impusiera y recuperara su lanfe de una vez por todas.
Fuera como fuere, no estaba a su alcance elegir.
El dárico tenía la certeza de que no habría mundo venidero para él. Osharan jamás lo dejaría ir.