El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Talahom
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Talahom

Caminó por la playa enferma, donde los cuerpos de las aves se pudrían al sol.

La orilla estaba plagada de peces muertos que desprendían un hedor nauseabundo.

Aquello era solo el principio, Trivaz había recorrido parajes moribundos donde la vegetación seca amparaba los restos de animales ya putrefactos.

Los Olvidados se alimentaban del mundo y la degradación se extendía poco a poco.

Él podía sentirlo, era como asfixiarse dentro de un tarro de cristal.

¿Cuándo tendrían suficiente? ¿De verdad iban a destruir la vida en Muriath para luego restaurarla con la energía de Osharan?

Desconocía las consecuencias de ese mal en el lado inmortal ya que era incapaz de cruzar la Jistar; Osharan la había convertido en una barrera inquebrantable. Era lo mejor, pues eso evitaba que los demonios continuaran buscando al dárico gris.

Había regresado allí una vez más atraído por la extraña fuerza que emanaba del Vacío.

No se atrevía a cruzar el puente, las puertas estaban bloqueadas y temía que los Olvidados se percataran de su presencia.

No debía acercarse tanto, y lo sabía, pero necesitaba averiguar que se ocultaba allí dentro, porque todo su ser le decía que Hagnak se encontraba junto al Qad’has.

«Es imposible, debo haber enloquecido», se dijo.

Oyó los pasos sobre la arena, pero fingió indiferencia. Llevaba rato percibiendo la presencia de alguien más a su alrededor, y casi podía garantizar que se trataba del Orfebre.

—Lo has sentido, ¿verdad? —preguntó Jaeglar con parsimonia—. Imaginaba que serías el primero en acudir. Espero que el Dragón también decida venir en busca de Hagnak.

—¿Qué has hecho? —inquirió el demonio con preocupación.

—No es obra mía. Hagnak apareció en el Vacío para mi sorpresa e impregnó el recinto con su energía —se sinceró Jaeglar—.

Es innegable que, a pesar de todo, sigue poseyendo un gran poder.

Desconozco qué trama, pero sospecho que intenta atraer a su padre hasta nosotros.

Y lo conseguirá; prueba de ello es que tú estás aquí.

Trivaz no ocultó su desconcierto, ¿de verdad Hagnak iba a traicionar a su padre?

—Cuando fui a tu hogar para pedirte que averiguaras quiénes estaban encerrados en el Vacío, no imaginé que te unirías a ellos. —El demonio lanzó un pesado suspiro—. Entiendo vuestra necesidad de castigar al Dragón, pero no esperaba algo así de Hagnak.

Jaeglar caminó por la apelmazada arena con las manos a la espalda. El viento le sacudía el largo cabello castaño. La capa tiraba de su cuello, que se bamboleaba sobre la espalda del Olvidado. El cielo tronaba sobre sus cabezas.

—Me pregunto si existe algún ser en este mundo que no odie o tema al Dragón. ¿Crees que puede haber alguien capaz de amarlo? —El Orfebre se detuvo a su lado—. Hagnak lo quiso, pues era su padre. ¿Y Khaleria? Lo suyo solo fue pura obsesión, nada más.

—El Dragón no merece amor alguno —refutó Trivaz con los puños cerrados.

—¿Alguna vez has reparado en su origen? —Jaeglar lo miraba con intensidad y Trivaz comenzó a inquietarse—.

Las leyendas dáricas lo consideran el primer ser de Muriath, pero él es parte de la Oscuridad y esta ya existía mucho antes que la creación de los mundos.

El Dragón es un reducto del inicio de los tiempos, de aquello que desconocemos, de esa parte de la historia en la que nunca participamos. Por eso Muriath lo teme tanto.

—Y aun así se ha confabulado con vosotros para derrotarlo —dijo Trivaz.

—Porque sabe lo efímera que es su existencia al depender del Dragón.

¿Cuántos mundos habrá creado y destruido a lo largo de su extensa historia?

Nada lo complace y pierde el interés por aquellos a los que da vida.

—Jaeglar observó las estatuas mientras Trivaz meditaba sus palabras—.

Menos por Hagnak. Menos por el dárico gris.

Pero ellos ya no son eternos y el tiempo los hará desaparecer.

Por eso hacemos lo que hacemos. Y tú deberías ayudarnos en lugar de apoyar a Raehlan, no debiste permitir que su padre lo nombrara el nuevo Guerrero.

Eso no iba a discutírselo, pensaba igual, pero Trivaz era demasiado cobarde para revelarse otra vez contra el Dragón, pues ya había pagado el precio en el pasado. Jaeglar sonrió como si hubiera leído sus pensamientos y dirigió la mirada hacia las figuras de piedra negra.

—¿Añoras tu poder? —la voz de Jaeglar sonó cercana y amigable.

—No creo que necesites una respuesta. —Trivaz lo miró con inquina.

—Hagnak me enseñó a oír al mundo a través del aire y los bosques, a percibir los acontecimientos de Muriath sin necesidad de presenciarlos.

Quiso legarme su labor de Juez y, durante un tiempo, estuve dispuesto si así lograba liberarlo de todo su pesar.

—Jaeglar cerró los ojos un instante como si recordara algo importante—.

Le debo quien soy. Lo único que le reprocho a Hagnak es que no me diera un nombre.

Eso mantuvo bloqueado mi verdadero potencial.

Pero ahora poseo uno. —La sonrisa de Jaeglar le heló la sangre a Trivaz—.

Puedo liberar tu lanfe para que lo recuperes. Quiero ofrecerte un trato.

Tenía que ser una trampa, no debía creer en sus palabras sin más. Llevaba dos mil ágaras añorando que esas estatuas cayeran.

—¿Qué me pedirás a cambio? —quiso saber el demonio.

—Al eldo, Eleagor. —Jaeglar escupió el nombre con rencor—. Mis hermanos y yo no podemos perder más tiempo en buscarlo. El maldito siempre ha sabido ocultarse, es lo que lo salvó del exterminio de su raza. Ni siquiera yo logro percibir su presencia. Así que quiero que tú me lo traigas.

—¿Qué ha hecho para enfurecerte tanto? —preguntó el demonio, intrigado.

—Acabar con la vida de Hagnak. Le enseñó a su pueblo el arma para derrotarlo.

Usó a los eldos para entonar la Canción contra el hijo de la Oscuridad, y eso hizo que perdiera su inmortalidad y su poder.

Y en ese instante, la luna maldita devoró su lanfe por orden de Eleagor.

—Las palabras de Jaeglar tomaron tanta fuerza que hasta el cielo rugió violento—.

Tráemelo para que pueda arrancar cada parte de su marchito cuerpo y devorar su lanfe hasta hacerlo desaparecer de Muriath.

La rabia inundó los ojos del Orfebre y el aire se volvió más denso entre ellos.

Trivaz se estremeció y se apartó unos pasos, conmocionado.

Los pocos que conocían el infortunio de Hagnak dieron por hecho que Egoresa acabó con su vida por culpa de que Khaleria perdiera el control del ente, pero siempre ignoraron de qué forma había logrado Egoresa derrotar al que había sido Juez y Guerrero.

Trivaz caminó hasta la orilla con desesperación. Sentía tanta rabia que sus manos se transformaron en garras sin darse cuenta. Habría despezado al eldo en ese instante.

—Ese desgraciado lleva dos mil ágaras haciendo lo que le place sin que nadie se interponga. Si me devuelves mi lanfe tendré el poder necesario para enfrentarme a él. —Trivaz se giró hacia Jaeglar.

—Entonces, tenemos un trato —dijo el Orfebre.

Jaeglar alzó las manos hacia la estatua de la derecha y el aire arreció, levantando arena y formando un torbellino a su alrededor.

De entre sus dedos escapó entonces una densa bruma que se elevó hacia el cielo y los cubrió casi por completo, como si quisiera encerrar la playa en una cúpula.

Trivaz permaneció inmóvil mientras el día se convertía en noche.

La marea aumentó, creando olas gigantescas que ocultaron el puente y llegaron hasta los pies del Orfebre.

La figura del dragón se resquebrajó y, al hacerlo, una niebla dorada escapó de entre las grietas: era el lanfe del demonio.

Trivaz sintió euforia cuando este se dirigió hacia él.

Abrió los brazos y notó como toda aquella energía, tanto tiempo perdida, volvía al fin.

Un halo brillante y dorado lo envolvió y fue como si viera el amanecer por primera vez; durante un breve instante, el mundo dejó de parecerle tan sombrío.

Creyó oír la risa de su hermano y la voz de Hagnak pronunciando su nombre.

Cuando todo acabó, Trivaz se sentía igual que si hubieran quitado una venda de sus ojos, apartado la mordaza que le impedía respirar, cortado las ataduras de sus manos y pies.

Los ojos del demonio refulgían con pasión.

Aún quedaba la otra estatua, la que tenía el lanfe de su hermano. Jaeglar lo observaba con calma.

—Antes de irme quiero que me respondas a algo —le exigió Trivaz al Orfebre—. ¿Permitirás que el dárico gris muera en el Vacío? ¿O lo protegerás de tus hermanos?

—Si llega el día en el que tengamos que luchar contra él, dejaré que muera, pero solo si es por medio de una espada.

—Jaeglar ladeó un poco la cabeza, pensativo—.

No debimos consentir que el Dragón creara a Raehlan, su existencia no es más que una ilusión.

El lanfe del dárico pertenece a Hagnak y este debe recuperarlo.

—Pero entonces Raehlan desaparecerá —se lamentó el demonio.

—Y Hagnak tendrá la oportunidad de ir al mundo venidero. —Trivaz no parecía convencido—. Mi poder aumenta cada día y dentro de poco seré capaz de derribar la Jistar, del mismo modo que he logrado destruir esa estatua. Cuando todo esto acabe, encontraré el mundo de Hagnak y lo guiaré al venidero.

—Espero que cumplas tu palabra. —Las olas rompieron a los pies de Trivaz.

El demonio comenzó a alejarse de allí en busca del túnel que lo conduciría fuera de la playa. Una vez dejara de pisar aquella arena infesta podría descomponer su cuerpo en miles de perlas doradas, ya no necesitaba abrir más brechas.

Jaeglar observó la estatua resquebrajada mientras el demonio desaparecía. Estaba dispuesto a todo por obtener su venganza y ayudar a Hagnak.