El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) La morada de Gaelos
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La morada de Gaelos

—No podrás esconder a tu hijo del Dragón, él lo sabrá en el momento que nazca —le había dicho Gaelos dos días atrás—. ¿Estás segura de que intentará quitártelo?

—Le arrebató Hagnak a Khaleria, ¿por qué ahora sería distinto? —refutó ella.

—Si no consigues vislumbrar por completo esa parte de tu vida pasada, ¿cómo sabes que lo hizo? —Gaelos frunció el ceño, confusa.

Alhanna había sido incapaz de responder a la pregunta, y ahora necesitaba saber con certeza la forma en la que ocurrió.

A solas, permitió que los recuerdos la atraparan.

Rememoró su vida como Khaleria siendo plenamente consciente de ello, sin miedo.

Caminó entre los retazos de su memoria buscando descubrir la verdad sobre Hagnak.

Siempre acababa volviendo al altar de piedra que se encontraba en la antigua morada del Dragón, aquel en el que veía al niño de ojos grises.

Su corazón se encogía cada vez que lo oía llorar sobre la fría piedra.

¿Qué había sucedido en realidad? ¿Por qué ese recuerdo la atormentaba especialmente?

Alhanna se obligó a ver, a no huir de la verdad. Y su mente lo permitió.

Caminaba por la hierba húmeda con el niño en brazos.

Percibía su calidez y la ternura de su inocente mirada.

La cumbre de la montaña donde se encontraba el trono del mundo estaba oculta por la Oscuridad, que parecía dispuesta a descender y atraparla.

Las criaturas que habitaban la morada huían para alejarse de ella.

Dejó al pequeño sobre el altar y observó su dulce carita; sus grises pupilas la miraban intensamente.

Era el ser más hermoso de cuantos había visto jamás.

Era Hagnak. Desde su nacimiento, no había sabido que hacer con él ni como mantenerlo a su lado.

A veces, no soportaba su llanto o su forma de observarla como si requiriera algo de ella.

Su fragilidad la desconcertaba. Y estaba cansada de lidiar con esa rara sensación que crecía en su pecho cada vez que sostenía al niño. Deseaba recuperar su libertad.

Lo arropó con la manta que lo cubría y retrocedió unos pasos.

—Estarás bien lejos de mí —susurró ella—. Ambos estaremos mejor.

Comenzó a alejarse y el pequeño irrumpió en un potente llanto que quebró el silencio del valle.

Sintió que algo se rompía dentro de ella, pero caminó sin volverse ni una sola vez.

No había arrepentimiento; era incapaz de querer al niño y su presencia la incomodaba demasiado.

Lo abandonaba con la esperanza de que Osharan lo aceptara, y si bien no lo cuidaría él mismo, se lo daría a quien si estuviera dispuesto a hacerlo.

Y ella sería libre de nuevo para surcar los cielos.

Alhanna abrió los ojos de golpe y notó como su corazón se desgarraba.

Se apoyó en la cálida madera de un tronco.

Lloró desconsolada y trató de comprender a Khaleria.

¿De verdad no fue capaz de querer a su hijo?

No, no era eso, más bien parecía aterrada por tener que cuidar de una criatura tan frágil.

Ella, que no le temía a nada ni a nadie, ni siquiera al Dragón Negro.

Estaba tan enfadada y confusa que no podía dejar de llorar.

Había intentado huir del Dragón, e incluso unirse a los seres Olvidados para ayudarlos a encerrarlo, y todo con el fin de evitar que Osharan le arrebatara de nuevo a su hijo.

Se sintió terriblemente ridícula, pues él no fue quien le quitó a Hagnak, ella lo abandonó.

¿En qué momento esa idea comenzó a germinar en su mente?

¿Durante su conversación con el Testigo?

¿O tal vez tras su encuentro con Jaeglar?

Todos afirmaban que el Dragón solo arrebataba cosas, y Alhanna así lo había creído.

No, quizá fue ella misma la creadora de esa idea, empujada por los sueños que no comprendía y por su rabia hacia Osharan.

Quería que él fuera el culpable de las desdichas que la rodeaban.

Se acarició la barriga mientras las lágrimas se deslizaban por sus pálidas mejillas.

Deseó gritar con tanta fuerza que su voz alcanzara el mundo de Hagnak y así rogarle perdón.

Deseó abrazar a aquel niño que se quedó solo en el altar hasta que dejara de llorar.

¿Cómo pudo Khaleria apartar de su lado a su propio hijo?

Alhanna estaba convencida de que jamás haría algo así.

Puede que fuera la reencarnación de la diosa, pero ya no era Khaleria.

Quiso de todo corazón que naciera, poder observar su rostro y tenerlo entre sus brazos. Y, como si el propio deseo hubiera sido suficiente para despertar a la criatura de su interior, su vientre comenzó a retorcerse y la sangre manchó sus pantalones.

Alhanna gritó desconsolada.

Quiazz se detuvo en la orilla del lago y un escalofrío recorrió su espalda.

Nunca lograría desprenderse de la desazón que le provocaba aquel siniestro lugar.

Podía percibir los ojos descarnados de los condenados a los que Gaelos mantenía atados en el fondo, ni vivos ni muertos, aguardando ser devorados por la diosa.

Recordaba el momento en que Alhanna lo condujo hasta allí a través de la brecha.

Nada más pisar la húmeda hierba, el joven se desplomó para vomitar.

Cruzar aquel túnel gélido y tenebroso lo hizo sentirse enfermo.

Gaelos apareció enseguida, perpleja al verlos.

Desde entonces, permanecían en el hogar de la diosa, ocultos en la montaña desde la que caía la ensordecedora catarata.

El viento zarandeó los árboles que lo rodeaban y un mal presentimiento atenazó a Quiazz. Las hojas caían ennegrecidas a sus pies. Bajó la liebre que llevaba al hombro. Había abandonado la guarida para cazar, ¿habría ocurrido algo en su ausencia?

La superficie del lago se onduló frente a él y la cabeza de Gaelos asomó por ella, dejando fuera tan solo sus ojos y nariz. La última luz de la tarde se reflejaba en el agua.

Oyó entonces el alarido desgarrado de Alhanna y Quiazz se apresuró a entrar en el lago.

Gaelos emergió por completo y le ofreció sus manos para que las tomara.

Así lo hizo y cerró los ojos cuando el agua se los tragó sin previo aviso.

Notó que su cuerpo se entumecía al instante y sintió las manos agonizantes de aquellos seres que esperaban el ansiado final.

Podía verlos en su mente, los rostros descarnados y las bocas abiertas en un grito mudo.

Eran el alimento de Gaelos, humanos y kalastys cuya carne satisfacía el apetito de la diosa.

El trayecto hacia la cueva se le hizo eterno, y solo cuando pudo salir del agua logró deshacerse de la visión de los cuerpos.

—La criatura quiere nacer —murmuró Gaelos a su lado.

—Es demasiado pronto, no sobrevivirá. —La noticia asustó al joven, que se puso en pie. Estaban en una amplia oquedad cuya catarata servía de escudo.

—No seas ingenuo, se trata de un ser inmortal —fue cuanto dijo ella.

Salieron de allí cruzando el angosto pasillo que conducía a un pequeño bosque oculto tras la montaña. Los fresnos y álamos rodeaban una charca pantanosa. Alhanna se encontraba acostada entre unas raíces. Quiazz corrió hacia ella y tomó su mano.

—El niño está al revés y por eso no puede salir —informó Gaelos—. Tu hijo es demasiado impaciente, ya nada lo detendrá.

—¡Sácalo como sea! —bramó Alhanna con desesperación.

Quiazz soportó que Alhanna apretara su mano mientras gritaba de nuevo.

Sintió que sería capaz de romperle todos los huesos y dejarla tan destrozada como tenía la izquierda.

No sabía cómo ayudarla, el miedo lo había paralizado.

Era demasiado pronto, ¿cómo iba a sobrevivir por más que fuera inmortal?

El rostro de Alhanna se contrajo por el dolor, pudo notarlo en sus propias entrañas.

Gaelos tomó la daga que Alhanna siempre llevaba en la cintura y apartó las ropas de la joven para dejar la barriga expuesta. El joven agarró el brazo de la diosa.

—¿Qué te propones? —preguntó, conmocionado.

—Hacer lo necesario para ayudarlos. Sujeta a Alhanna y cierra los ojos —le ordenó Gaelos, y apartó la mano del joven—. Quiazz, recuerda que son inmortales.

El viento aulló entre los árboles y Quiazz se estremeció.

Acarició el rostro de Alhanna y limpió el sudor de su frente.

Ella lloraba y se aferraba a él desesperada, pero el joven no apartó la vista, ni siquiera cuando Gaelos clavó el cuchillo en su carne y comenzó a cortar sin ninguna compasión.

El bramido de Alhanna reverberó en el bosque.

La sangre se derramó por la abertura. Quiazz tuvo que echarse con fuerza sobre ella para inmovilizarla y, por un instante, revivió su propio sufrimiento a manos de Nactam-Kae.

Deseó que los alaridos de Alhanna cesaran, pero Gaelos no se detuvo hasta que su vientre quedó completamente abierto.

Un profundo mareo sacudió a Quiazz y creyó que sería él quien se acabaría desmayando.

Gaelos soltó entonces el cuchillo e introdujo sus manos en el cuerpo de Alhanna.

Agarró a la pequeña criatura y la extrajo de su interior con sumo cuidado.

Encogida e inmóvil, y con más cabeza que cuerpo, parecía que estuviera muerta.

La sangre goteaba de las manos de la diosa.

Le dio la vuelta al neonato y comprobaron que se trataba de un niño.

Ella se apresuró a cortar el cordón umbilical y luego le ofreció a Quiazz el pequeño para asistir a Alhanna.

Quiazz usó su capa para arroparlo y sintió una gran congoja al tenerlo en brazos.

¿De verdad estaba muerto? Alhanna tenía los ojos cerrados y guardaba silencio.

—Mi poder no es demasiado grande, pero ayudaré a Alhanna —afirmó Gaelos.

Puso las manos en el pecho de la joven y esta se agitó un poco mientras la tremenda herida comenzaba a cerrarse—.

Sacar al niño ha sido más sencillo de lo que esperaba, ten confianza, ya verás como ambos se recuperan antes de lo que imaginas.

—Ni siquiera respira… —murmuró Quiazz con voz temblorosa.

Abrazó al recién nacido y derramó lágrimas amargas, pues este no daba señales de vida.

Por más que Gaelos dijera lo contrario, él no tenía esperanza.

No se atrevía a mirarlo. El viento trajo consigo el rumor del bosque, que parecía lamentarse por el pequeño.

La herida de Alhanna estaba prácticamente cerrada cuando Gaelos, agotada y débil, se apartó de ella.

Su tatuaje se desprendió palabra a palabra, con calma, y emitió una trémula luz plateada que se fue expandiendo alrededor de todos ellos.

Quiazz percibió una apacible calma y el miedo quedó relegado a un rincón.

Observó el brillo que danzaba frente a sus ojos, las letras parecían consumirse en el aire.

De pronto, notó que el niño pesaba un poco más que antes y que comenzaba a moverse entre sus brazos, lo que lo colmó de alegría.

En ese momento, el epígrafe perdió su luminosidad y regresó al cuerpo de Alhanna.

—El sello que mantiene tu existencia se desvanece. —Gaelos mostró temor.

—Eso no importa —susurró Alhanna mientras tendía una mano hacia su hijo.

El niño emitió un suave sollozo y Quiazz se apresuró a descubrirlo.

Se topó con unos ojos grandes del color de la plata fundida.

Su cabello era oscuro y su piel muy pálida.

No se parecía en nada al bulto que Gaelos había sacado del vientre de su amiga.

La mirada que le devolvió el pequeño estremeció al joven; sintió como si pudiera ver su alma.

—Es precioso —dijo Quiazz emocionado antes de acercárselo a su madre—. ¿Qué nombre le darás?

Ella no respondió de inmediato, estaba embelesada en la contemplación de su hijo. La invadía una gran dicha, y todo el dolor que acababa de padecer lo creía insignificante en comparación. La joven tomó una de las manitas del niño y sonrió feliz.

—Se llamará Akiro, porque al mirarlo veo luz.

—Alhanna sintió que el nombre se grababa en su corazón y en el lanfe del pequeño—.

Una vez soñé con él, se encontraba en un lago plagado de luciérnagas que brillaban como diminutas estrellas.

Tenía el cabello oscuro y los ojos grises, y de verdad que era muy hermoso.

No me importa que otros se empeñen en llamarlo Lándarhos, acallaré sus voces una y otra vez hasta que pronuncien el nombre de Akiro.

—Eso no es sáhico. —Gaelos frunció ligeramente el ceño.

—No, por supuesto que no. Es un idioma de Asthaluss, quiero dejarle bien claro que mi hijo jamás será su Juez —dijo Alhanna con rotundidad.

El niño agitó la otra mano ante su boca y Quiazz sonrió.

Gaelos se acercó para verlo mejor y le acarició la cabecita con delicadeza.

A la diosa y al joven les gustaba el nombre.

Por un breve instante, los tres se olvidaron quién era en realidad el pequeño y cuál era el destino que lo aguardaba.

Lo observaron con amor y fue como si Akiro impregnara el bosque de paz y esperanza con su presencia.

Sus grises pupilas horadaban la penumbra.

Quiazz se percató de que Zahel guardaba silencio en ese momento, algo inusual, pues jamás le daba un descanso. Miró de nuevo a Akiro y creyó que el pequeño era capaz de calmar su mente y alejar a Zahel de ella, ¿sería posible tal cosa?