El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Cadarsia
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Cadarsia

—También me siento enfermo, percibo que el propio aire quema mis pulmones —dijo Shanarás a su espalda. Ella se giró para mirarlo—. Los Olvidados no se detendrán ante nada y el mundo se consume a gran velocidad. Y no podemos ir al otro lado, la Jistar lo impide.

—¿Crees que allí tendríamos salvación? —Negó con la cabeza y tiró la hoja.

Caminaron juntos y en silencio durante un buen rato. El bosque lloraba frente a ellos, se lamentaba de su mal. Al otro lado sería peor, de eso estaba segura Lumiatz.

—Gaelos se marchó hace semanas, quizás haya ido en busca de nuestra hermana —comentó de pronto la dama roja—. Le aconsejé que lo hiciera. Si Alhanna consigue el antiguo poder que hay en Zahel, ¿crees que podría combatir contra los Olvidados?

—No estoy seguro, desconozco qué encierra la torre —admitió el anciano.

—Como tantas cosas… —murmuró ella con disgusto.

Shanarás se colocó bien el sombrero y se encogió de hombros.

Antes de alcanzar la plaza de Cadarsia oyeron los profundos balidos de los dragones grises.

Eran tan solo una docena, los únicos que Rhiot y Drafgaen habían encontrado antes de que lo hicieran los Olvidados.

Las criaturas se apostaban sobre los antiguos edificios.

En cuanto vieron a Lumiatz guardaron silencio. La dama sonrió complacida al verlos.

—Una raza amenazada con la extinción. —Las palabras de Shanarás arrancaron un gruñido furioso a Lumiatz—. Primero por tu culpa, y ahora por la del Olvidado.

La dama roja no respondió a la provocación; algunas viejas costumbres jamás desaparecerían.

No importaba que tan unidos estuvieran en ese momento, su naturaleza prevalecía.

Dejó a Shanarás y entró en la biblioteca.

Chascó los dedos y las llamas de la chimenea se avivaron.

Se echó una copa de vino y fue junto al fuego.

Sonrió al reparar en la calma que la embargaba en ese momento.

¿Por qué habían tenido que derrotarla para que llegara a experimentar esa paz? Incluso echaba de menos a Gaelos.

Rhiot la había visitado esa misma tarde con el rostro demacrado.

—Hemos perdido a otros cinco dragones, mi dama —le dijo nada más entrar en el despacho y postrarse ante ella—.

Fuimos al bosque de Jarla-Neva, pero me temo que llegamos tarde.

El maldito de Fenador ya tenía bajo su control a las criaturas.

Drafgaen quiso intervenir, pero logré apaciguarlo. Nos marchamos sin que nos detectaran.

—Hiciste bien, si os capturan a vosotros dos los dragones y kalastys que queden libres estarán perdidos. —Lumiatz le indicó que se pusiera en pie—. Ya no me debes pleitesía, así que no finjas respeto en mi presencia. Me culpas de todo.

—¿Acaso importa? Tenemos un objetivo común: salvar a los nuestros. —Rhiot no se amedrentó ante la dama y dio unos cortos pasos hacia ella.

Los ojos azules de Lumiatz se clavaron en el kalasty, oscuros y gélidos como el océano profundo.

Rhiot le mantuvo la mirada con esfuerzo, y el sudor perló su frente.

La dama torció una sonrisa. El kalasty le había dado un nuevo propósito, y gracias a eso se había mantenido ocupada mientras curaba las heridas que Osharan le infligió durante la batalla.

Eso la había ayudado a no sucumbir en la desesperación y el rencor.

Por supuesto que deseaba salvar a los dragones grises, se sentía responsable de ellos.

Los hijos de Khaleria siempre la amaron y estuvieron a su lado, incluso cuando ningún otro ser quiso acercarse a ella.

Les debía que luchara por ellos una última vez.

—Le pediré a Shanarás que parta de inmediato en busca de los dragones y los kalastys que quedan.

Él pasará mucho más desapercibido que Drafgaen y tú.

—Lumiatz se echó el cabello hacia atrás—.

Vosotros encontrad al dárico gris y, si no te degüella nada más verte, ofrécele ayuda.

Dile que los dragones lucharán en las Avíseas a su lado.

Y que yo combatiré en el Vacío e intentaré llevar conmigo a mis hermanos.

Puede que un abismo de odio nos separe, pero tenemos un enemigo común.

—¿De verdad acudiréis a luchar contra los Olvidados? —preguntó incrédulo.

—¿Debo quedarme aquí aguardando que la degradación que provocan esos desgraciados me consuma? —Lumiatz cruzó los brazos bajo su pecho.

El kalasty abandonó Cadarsia poco después.

Lumiatz los vio partir, y se preguntó en qué momento había aceptado que necesitaban a Kishur.

El maldito nunca saldría de su mente, por más que ella se esforzara.

A pesar de lo sucedido, de todas esas ágaras persiguiéndolo, de su obsesión por verlo arrodillado ante ella y que lamentara haberla humillado, de su necesidad de hacerle daño; a pesar de todo ello, lo amaba.

El problema era que ella jamás había sabido amar, del mismo modo que Khaleria tampoco pudo. Al final, era más parecida a su hermana de lo que admitiría.