Bosque de Mohed #2
De reojo, Daraes vio como uno de los soldados corría hacia Agael y el otro recuperaba el arco.
Intentó no perderlos de vista a la vez que propinaba estocadas casi imparables contra el zarefí.
La armadura repelía su hoja de acero, por lo que necesitaría atravesar el costado y la garganta.
Logró herirlo en la pierna y el zarefí se retiró de él enseguida.
Daraes se apartó un momento y lanzó un cuchillo al arquero, aunque no logró dar en su objetivo.
La oscuridad le impedía luchar con soltura; estaba a ciegas.
Agael recibió el ataque con las manos desnudas, pues su lanza y su armadura se habían quedado en la casa.
Apartó a Ferian y echó el cuerpo atrás para esquivar la hoja de acero que se dirigía hacia él.
Luego, aferró la empuñadura de la espada del soldado.
Este la empujó con saña y el filo rozó el hombro de Agael y comenzó a clavarse en su carne.
Ferian le propinó una patada, pero este no cedió y rugió furioso apretando más el arma.
Desesperada, Ferian se subió de un salto a la espalda del soldado y lo golpeó con los puños, logrando que se detuviera, pero el zarefí se la arrancó de encima y le asestó un puntapié en el costado.
Eduar observaba la escena con ojos espantados. Se había quedado tendido sobre la nieve; quería hacer algo, pero no tenía fuerzas y sentía la cabeza entumecida.
Agael se puso en pie para acudir en ayuda de su hermana, pero en ese momento una flecha cruzó el claro y le atravesó el pecho, empujándolo hacia atrás.
Sintió como el lacerante dolor recorría su cuerpo y le impedía respirar.
Sostuvo el astil de madera y percibió el borde del acantilado bajo sus pies.
Ferian sollozó angustiada y se precipitó hacia él en el preciso momento en que la espada de su enemigo trataba de dar muerte a su hermano.
Ferian se interpuso ante la hoja de acero y esta rasgó su vientre.
La sangre emanó como un torrente del tajo.
Dispuesta a salvar a Agael, se aferró a él a pesar de su propia herida.
Una segunda saeta se incrustó en el hombro del zarefí y del ímpeto arrojó al joven por el barranco. Ferian no lo soltó y cayó junto a él.
Eduar bramó con la voz rota cuando Ferian desapareció ante sus ojos.
Creyó que su amiga lo miraba una última vez antes de caer.
Solo tuvo un instante para desear que no se estrellara contra los acantilados, que el poderoso aire la acunara hasta dejarla caer con suavidad en el agua, que la tremenda herida se cerrara de golpe.
Se arrastró por la nieve para llegar al borde del acantilado, pero Daraes abandonó la liza para detenerlo.
Eduar estalló en un amargo llanto y gritó hasta casi desgarrarse la garganta.
—¡Ferian! ¡Suéltame, tengo que buscarla! ¡Es mi amiga! —Daraes lo abrazó y dejó que Eduar llorara contra su pecho—. Ve a buscarla, por favor… Sé que está viva.
El Dol cubrió con su cuerpo al niño por si el arquero disparaba de nuevo pero, al buscar a los soldados con la mirada, estos ya se habían esfumado.
Daraes se sintió inútil por primera vez en su vida.
Ni siquiera había abatido a su oponente.
Eduar se acurrucó contra su pecho y el hombre permitió que llorara cuanto necesitara.
—Lo siento, Eduar —murmuró el norteño—. De verdad que lo lamento.
El niño se desvaneció en sus brazos y Daraes se preocupó por la herida que tenía en la cabeza.
Lo arropó en su propia capa porque estaba helado.
Él también. La rosa continuaba tiraba sobre la nieve, tan real que lo asustaba.
No comprendía bien qué había sucedido, pero no tenía la menor duda de que había sido obra de su sobrino.
En el momento en que la flecha se transformaba en un verde tallo de afiladas espinas, una fuerte corriente de aire sacudió al niño y sus ojos se volvieron de un blanco impoluto.
«¿Es capaz de soñar despierto?», se preguntó Daraes.
Los dáricos aparecieron en ese momento. Kishur cruzó el claro sin decir ni una sola palabra y se asomó al barranco. El viento le agitó el cabello gris.
—Han caído —informó Daraes al general Sandar cuando este lo interrogó con la mirada—. Nos atacaron tres zarefíes. Intenté detenerlos, pero con esta maldita oscuridad no pude. Hirieron de gravedad a los dos hermanos. Aunque no se hubieran precipitado al vacío, habrían muerto de todas formas.
—Desgraciados… —se lamentó el general—. ¿Y tu sobrino está bien?
Daraes asintió, aunque no estaba seguro.
Sandar fue junto a Kishur y observaron las huellas y manchas de sangre que habían quedado allí.
El mar rompía impetuoso contra las rocas, restallando una y otra vez con furia.
Kishur cerró los ojos un instante y alzó la cabeza para dejar que los copos cayeran sobre su rostro.
Notó que el mundo se volvía más silencioso y oscuro esa noche.
El dárico gris ofrecía una adusta mirada.
—Ferian abandonó su hogar y cruzó el mar para buscarme porque creía que yo salvaría a su gente.
La primera vez que lo mencionó me pareció ridículo —comenzó a decir Kishur—.
¿Por qué debía perdonar a estos seres sedientos de sangre?
Y ahora acaba de morir por culpa del odio engendrado en los corazones de los zarefíes, un odio que yo inicié cuando los castigué a vivir en Falar-Shan.
El mismo odio que anida en los kalastys y que los ha llevado a la guerra.
Condené a ambas razas al término de la guerra, y ahora todos pagan esa deuda que contraje al olvidarme de ellos.
—Supongo que morir hace que uno olvide cosas —mencionó Sandar para quitar peso a las palabras de Kishur.
—Sandar, quiero que me ayudes a redimirme.
—Aquella petición sorprendió al general—.
Necesito que apoyes a los humanos en el Norte tal como habíamos acordado, pero no quiero que te dediques a matar zarefíes como si fueran una plaga que erradicar.
Negocia con ellos, hazles entender que hay otro modo de dejar atrás Falar-Shan y tener un nuevo hogar.
Ofréceles tierras en Alviat si es necesario.
Me encargaré de que el gobierno acepte, hemos vivido aislados demasiado tiempo y es hora de acabar con eso.
—¿Estáis seguro de lo que decís? —Sandar estaba perplejo.
—La muerte de esa niña debería servir para algo bueno —mencionó Kishur.
Eso Sandar no iba a discutírselo y, aunque no dijera nada al respecto, Kishur percibía su conformidad.
Incluso parecía satisfecho con la idea. El dárico sentía que no solo debía ganar la batalla contra los Olvidados, también garantizar la unión y el entendimiento entre las distintas razas.
Porque si no lo lograba, daría igual vencer en el Vacío, el mundo continuaría sangrando.
Necesitaba poner fin a tanta desgracia. Una que había iniciado él.
«Osharan jamás debió crearme», reflexionó con pesar.