El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Bosque de Mohed
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Bosque de Mohed

Kishur y Sandar se detuvieron de golpe y le hicieron una señal. Alumbró la zona que rodeaban con el fuego y contempló las docenas de huellas que se perdían ante ellos. Era evidente que se había producido un forcejeo, había unas pocas manchas de sangre.

—Parece que los han capturado —comentó Sandar mientras observaba las pisadas que se dirigían al camino—. Los arrastraron desde aquí, aunque solo a dos de ellos.

—Imagino que a los hermanos. Agael temía que sus soldados lo atraparan, y los zarefíes son los únicos que andan por este bosque.

Los estarán conduciendo hacia su campamento.

—Kishur señaló un pino de tronco grueso—.

Esas huellas de ahí deben ser de Eduar, son de pies pequeños y están apartadas del resto. Quizá no sepan que el niño los sigue.

—Debemos darnos prisa y encontrarlo —mencionó Daraes.

Corrieron tras los pasos de los soldados; necesitaban dar con ellos antes de que alcanzaran el campamento. La ventisca aumentó. Daraes comenzaba a tener problemas para mantener el ritmo de los dáricos, pero la ansiedad que lo carcomía por localizar a Eduar ganaba la batalla.

La nieve se amontonaba en las copas de los árboles y se desprendía cuando el viento las sacudía derramando una cortina de polvo sobre ellos.

Oyeron voces a lo lejos y Kishur percibió el brillo de varias llamas.

Le arrebató la antorcha a Daraes y la arrojó al suelo para apagarla. Dejó al norteño completamente a ciegas.

—Están cerca de nosotros —le informó Sandar al hombre.

Los tres se agazaparon entre los árboles y se acercaron con sigilo al grupo que se había detenido en un pequeño claro.

Los zarefíes parecían haberse perdido. Tenían a los dos hermanos de rodillas, amenazados con una espada.

Quince soldados los rodeaban. Agael sangraba por la nariz y tenía la ceja rota.

Las luces de las llamas bailaban con el viento y crepitaban con los copos de nieve que caían.

Kishur le hizo una señal a Daraes para que mirara a la derecha.

—Tu sobrino está escondido detrás de aquel árbol —susurró Kishur—. Nosotros crearemos una distracción y tú podrás ir a por él.

El norteño asintió, aunque sabía que no sería sencillo moverse en la oscuridad.

Entonces, el zarefí que empuñaba el arma se quitó la máscara y dejó ver una cara plagada de cicatrices que estiraban su piel y le impedían gesticular. Apuntó con la espada el pecho de Agael y Ferian gimió asustada.

—Has traicionado a tu pueblo, a tu padre.

No mereces ser uno de los hijos de Shaen.

¡Tampoco un descendiente de Edgar! —rugió furioso el soldado—.

Vi cómo le salvabas la vida al maldito Raehlan-Tae.

Debiste dejar que aquella criatura acabara con él.

Aunque no entienda como lo hiciste, vas a pagar por tu traición.

—Al menos, deja ir a Ferian —pidió Agael levantando la cabeza para mirarlo a los ojos—. Has deseado acabar conmigo desde que mi padre me puso al mando. Hazlo y permite que mi hermano se vaya.

—Ferian es otro traidor y lo sabes. Tu padre te encomendó buscarlo, ambos sois una vergüenza para nuestro rey. —El soldado se colocó la máscara despacio.

Kishur percibió la intención del zarefí; iba a matar a Agael.

Le bastó una rápida mirada a Sandar para coordinarse con él.

Corrieron en direcciones opuestas y atacaron a los desprevenidos zarefíes.

Kishur usó la espada aún envainada para golpearlos en brazos y piernas, no tenía intención de matarlos.

Podía oír el chasquido de algún hueso roto, pero no le importó.

Uno a uno, comenzaron a caer a su lado con alaridos de dolor.

Pasada la sorpresa de la emboscada, los zarefíes lograron esquivar las siguientes acometidas del dárico.

Escuchó como lo maldecían con verdadero odio.

Agael miró un instante a Kishur con perplejidad, era evidente que no esperaba verlo.

El dárico recibió un ataque por la espalda y se volvió para repelerlo.

Le asestó un porrazo en el pecho con la vaina y el soldado cayó de espaldas y sin resuello.

Al girarse de nuevo hacia los dos hermanos, comprobó como Agael corría con Ferian de la mano.

Sandar los dejó pasar por su lado y se interpuso para impedir que dos zarefíes fueran tras ellos.

Un instante después, vio a Eduar cruzando el claro y oyó a Daraes llamarlo.

Kishur buscó al zarefí que había amenazado a Agael momentos antes y maldijo al no encontrarlo.

—¡Daraes, ve tras ellos! —le ordenó Kishur.

El hombre no lo dudó un instante, recogió una de las antorchas caídas por los zarefíes y se precipitó detrás de su sobrino.

Sandar le abrió paso al destrozar la rodilla derecha del zarefí que tenía frente a él.

Los soldados comenzaron a rodear a los dáricos y eso hizo sonreír a Kishur y arrancó un bufido de Sandar.

¿De verdad pensaban que podrían vencerlos?

Daraes llamaba a Eduar sin descanso, pero la borrasca enmudecía su voz. Se percató de que subían y eso era mala idea, pues se arriesgaban a caer por el acantilado. Ya podía oír el rugido del mar. Creyó ver a lo lejos la silueta de su sobrino y apremió el paso.

—¡Eduar! ¡Aguarda! —vociferó con frustración.

Se sentía a ciegas, perdido. Había llegado hasta allí con la ayuda de los dáricos y ahora se veía incapaz de continuar solo.

La luz de su antorcha se consumió, engullida por la fría noche.

Al mirar hacia arriba solo podía ver oscuridad y la nieve cayendo sobre él.

Los árboles que lo rodeaban le parecieron centinelas a la espera de su muerte.

A su derecha creyó ver unas sombras, se dirigió hacia ellas, pero al llegar ya no quedaba nada, ni siquiera huellas que poder seguir.

Continuó ascendiendo la planicie, apartando las ramas de los árboles para que no le golpearan la cara. Iba a perder a Eduar.

Entonces, captó unas voces y se encaminó hacia el rumor.

Eduar percibió que alguien se le echaba encima y, aunque el miedo estuvo a punto de paralizarlo, consiguió reunir fuerzas para correr detrás de Ferian. No pensaba perderla.

Esta vez le costó más seguirlos porque Agael cambiaba de rumbo una y otra vez, como si no supiera hacia dónde dirigirse.

El viento le impedía ir más veloz y arrancaba lágrimas de sus ojos.

Tenía tanto frío que comenzaba a dolerle todo el cuerpo.

Oyó de pronto la voz de su tío Daraes y se detuvo un instante. ¿Había ido a buscarlo de nuevo?

—¡Agael nos estamos perdiendo! —gritó Ferian afligida.

—¡Ya lo sé, pero no podemos detenernos! —exclamó él con el mismo temor.

Eduar continuó persiguiéndolos sin resuello.

Alcanzaron una zona despejada de árboles y por fin pudo ver a su amiga.

Los dos hermanos habían llegado al final del camino y ante ellos solo tenían un profundo barranco.

Era imposible seguir por allí. Se giraron con la intención de volver y vieron a Eduar, aunque también a alguien más que hizo que Ferian ahogara un grito.

El niño sintió el tremendo golpe en su cabeza y todo comenzó a dar vueltas a su alrededor. Cayó sobre la nieve.

—¡Eduar! ¡Eduar! —Oyó como Ferian lo llamaba.

Se llevó la mano a la nuca y notó la humedad de la sangre.

Quiso ponerse en pie, pero su cuerpo no respondía.

Estaba mareado. Un soldado zarefí pasó por su lado; era el mismo que había intentado matar a Agael, y llevaba la espada en la mano.

Eduar logró hincar la rodilla y levantar la cabeza.

Ferian lo observó aterrada mientras retrocedía con Agael para alejarse de su enemigo.

Los dos se quedaron al borde del acantilado.

En ese momento, Daraes apareció en el claro y desenvainó su espada.

Al ver a Eduar sangrando rugió furioso y se lanzó hacia el zarefí. Las armas chocaron.

Eduar contemplaba con horror a su tío; lo había visto entrenar en innumerables ocasiones, pero jamás había presenciado una lucha real.

La congoja lo atenazó, ¿y si lo herían? O peor aún, ¿y si el zarefí lograba acabar con él?

Sería por su culpa, por haberse escapado de casa.

Se arrastró por la nieve con las piernas entumecidas y la herida de su cabeza, que palpitaba con fuerza.

Notaba la nuca empapada de sangre. Ferian intentó correr hacia él, pero su hermano lo impidió agarrándola del brazo.

Otros dos soldados llegaron hasta ellos.

Uno portaba un arco, que tensó y apuntó en dirección a Daraes.

El niño quiso gritar, pero solo logró expulsar un cálido aliento.

El arquero se dispuso a disparar y Eduar apretó los puños con fuerza.

Deseó con todo su corazón que aquella saeta se convirtiera en un tallo de rosa silvestre lleno de espinas, como las que crecían en la montaña que acunaba el hogar de los Dol.

Lo quiso con tantas ganas que su vista comenzó a nublarse y sus dedos temblaron.

Sintió como el aire le revolvía el cabello y de pronto, su cuerpo quedó laxo y sin fuerzas.

Entonces, el zarefí emitió un alarido mientras arrojaba el arco al suelo.

Eduar lo observó atónito con el resquicio de conciencia que le quedaba.

El zarefí contemplaba la rosa caída en la nieve con estupor; las duras espinas se le habían clavado en la mano.

El tiempo pareció detenerse un instante para todos ellos.

—¿Qué has hecho? —oyó decir a su tío con asombro.

—¡Matad al niño humano! ¡Encargaos de los traidores! —ordenó el contrincante de Daraes antes de lanzarse contra él una vez más.