Calar #3
Eduar estaba confuso, le alegraba saber que su tío lo había buscado para que volviera a casa, pero al mismo tiempo continuaba enfadado y temeroso. ¿Qué podía esperar de él? Se detuvo en la puerta en lugar de entrar en la habitación con los hermanos, y escuchó la discusión entre los zarefíes.
—No quiero dejar a Eduar atrás, puede venir con nosotros —rogaba Ferian.
—Y nos perseguirían para buscarlo, Eduar es uno de ellos y no dejarán que se marche —Agael hablaba en murmullos—. Y no podemos cargar con él, nos retrasaría.
—¡Es fuerte! ¡Es un guerrero! —insistió la niña.
—Ferian, por fin tenemos la oportunidad de escapar de padre, como era el deseo de mamá. ¿Por qué eres tan tozuda? —Agael se alejaba de la puerta—. Saldremos por la ventana y nos adentraremos en el bosque. Cuando se den cuenta, ya estaremos lejos.
—El dárico te ha liberado, no tenemos por qué huir de ese modo.
—¿Le has creído? Solo me ha puesto a prueba, me degollará en cuanto salga por la puerta. —Eduar oyó el chirrido quejumbroso de las contraventanas.
El niño no lo pensó y se escabulló hacia el patio aprovechando las sombras de la casa.
Estaba acostumbrado a pasar desapercibido entre los Dol y aquello no era distinto.
Fuera, el frío amenazó con congelarle el rostro.
Guardó el libro en el bolsillo de su capa y se escondió detrás de unos leños apilados.
No permitiría que Ferian se marchara sin él.
Alhanna se había tumbado en la cama y dejaba que el viento se colara en la habitación por la rendija abierta de la ventana.
Había oído la llegada de Daraes. Levantó el brazo derecho y se fijó en la pulsera de cuero que le había regalado Shudei.
¿Debería dársela a Eduar? Le agradaba mucho el pequeño, si no deseaba irse con su tío ella lo impediría.
De pronto, se preguntó cómo sería la criatura que iba a nacer de su vientre.
Acarició su abultada barriga y cerró los ojos tratando de imaginarlo.
¿Sería bondadoso? ¿Parecido a ella o a Osharan? Pensar en el Dragón la atormentaba.
Mentiría si dijera que no estaba aterrada. La idea de tener un hijo la asustaba, no sabía si sería capaz de afrontarlo ella sola. Pero debía hacerlo, porque aquel niño iba a depender de su madre. Sonrió al pensar en esa palabra. «Lo protegeré siempre y se quedará a mí lado», se dijo Alhanna.
Los recuerdos de su vida como Khaleria se volvían cada vez más difusos, como si su mente se esforzara en olvidarlos.
Y era lo mejor, pues deseaba ser solo Alhanna.
No podía cambiar el pasado, así que era mejor dejarlo atrás.
De lo único que era incapaz de desprenderse era de Hagnak y del dolor por su pérdida.
Sentía una conexión con él, inquebrantable y tan arraigada como la que tenía con Kishur. Los quería a ambos.
Quiazz entró y sonrió al verla tirada sobre el colchón.
—¿Qué nombre le pondrás? —preguntó desde el marco de la puerta.
—Aún no lo he decidido. —Alhanna se incorporó y fue junto al joven—. Gracias por mantener el secreto, ya sabía que no podría ocultarlo mucho más tiempo.
Ella lo abrazó y Quiazz le acarició la espalda. Eran incapaces de hablar de lo que realmente les preocupaba, así que no dijeron nada. Alhanna pensaba luchar hasta el último momento por salvar a Quiazz, no dejaría que muriera en Falar-Shan.
Bajaron al salón y se mantuvieron cerca de la chimenea.
Daraes la saludó antes de recuperar la conversación con Kishur.
Quiazz echó más leña al fuego. La noche se cernía sobre la casa.
Algo en el ambiente parecía enturbiar los sonidos del exterior, el joven sentía una presencia y unos ojos aferrados a su nuca.
Sabía que era la maldita niña de la torre, que jamás abandonaba su mente.
Esos últimos días, Zahel le mostraba visiones de Egoresa devorando a otros seres.
Los gritos permanecían en su memoria, los oía incluso despierto.
Zahel jugaba con sus temores y los usaba para martirizarlo.
—Hay algo que no está bien —murmuró Sandar de pronto, poniéndose en pie.
—Es cierto… —afirmó Kishur.
Ante el desconcierto de Daraes, el dárico se precipitó hacia la sala dónde había dejado a los zarefíes y la encontró completamente vacía.
Buscó a Eduar sin éxito. Se asomó a la ventana abierta y vio las huellas en la nieve.
Salió al exterior, seguido de Sandar y del norteño.
Un tercer par de pisadas seguía a las de los zarefíes.
—¿Qué ocurre? ¿Dónde está Eduar? —preguntó Daraes con preocupación.
—Los zarefíes se han marchado y creo que tu sobrino ha ido tras ellos. —Kishur se maldijo por haber confiado en Agael; había esperado que actuara con más sabiduría.
—Se han dirigido al bosque, se perderán en la tormenta —dijo el general.
—Entonces, vayamos a por ellos —ordenó Kishur.
Daraes miró a los dáricos con severidad, como si los culpara de lo ocurrido. Pero no tenían tiempo para discutirlo, debían encontrarlos antes de que el tiempo empeorara. O antes de que los soldados zarefíes los atraparan.