El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Calar #2
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—Entiendo tu odio, créeme. —El dárico observaba cualquier cambio en la fiera expresión de Agael—.

Según Ferian, has sido maltratado toda la vida por el color negro de tus pupilas.

Supongo que nadie te dijo lo parecido que eres a Edgar, tu antepasado.

—Aquello captó la atención de los dos hermanos, Ferian se acercó—.

Él también poseía ojos oscuros, una rareza entre los zarefíes. Quizás ese simple detalle nos unió.

—¡Lo asesinaste! —bramó Agael, arrancando una voz seca de su garganta.

—Sí, lo hice. ¿Y quieres conocer mi versión de lo que ocurrió o te conformarás con la que te han contado?

—Kishur se acuclilló frente a él y el zarefí asintió—.

Entré en Zahel por accidente y descubrí que la guerra había sido en vano, pues la torre no podría abrirse hasta que no naciera la llave.

Cuando salí, Edgar me había traicionado; no quiso escucharme y acabó con la vida de mi descendiente.

Lo asesinó ante mis ojos y admito que me dejé llevar por la desesperación.

Perseguí a Edgar hasta acabar con su vida y luego condené a sus soldados a permanecer en Falar-Shan.

Creí que no sobrevivirían. Y jamás volví a pensar en ellos.

Quizá la torre también me había influenciado, no lo sé.

—¿Por qué debería creerte? —había duda en su voz.

—No tengo motivos para mentirte, eres mi prisionero —afirmó Kishur.

Agael apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos mientras decidía si aceptaba o no su palabra. El dárico observó en su rostro la lucha interna del joven.

—Sé que eres la reencarnación de Raehlan, mi padre me advirtió que durante la ceremonia del traspaso conocería una verdad, y fue esa. —Agael lo miró con desprecio.

—Una verdad y una orden —dijo de pronto Ferian—. Leí los diarios de nuestros antepasados. Todos conocieron una verdad y recibieron una orden.

—¿Y de qué se trata lo segundo? —preguntó Kishur a la niña.

—Un ser de cabello negro y ojos grises les pidió que acabaran con tu vida, para hacer justicia y liberar a los zarefíes.

Les mostró cómo construir barcos que soportaran el temporal del Cario.

—Ferian se sentó en el suelo abatida—. Les ofreció venganza.

Por eso los miembros de mi familia han dedicado tanto esfuerzo en volver y buscarte.

Mi padre quiere tu cabeza y no se detendrá hasta conseguirla.

Kishur solo conocía a un ser con semejante descripción: Hagnak.

Sintió un gran pesar, parecía que el antiguo Guerrero lo quería muerto como diera lugar, incluso había intentado manipular a Alhanna para lograrlo.

En el fondo lo comprendía y era incapaz de reprochárselo.

Hagnak necesitaba recuperar lo que le habían arrebatado.

—He cometido muchos errores y quizá sea el momento de responsabilizarme de uno de ellos. —Kishur se pasó la mano por el largo cabello—. Lo lamento. Mis palabras no servirán de nada, pero lamento el castigo injusto que infligí a tu pueblo.

—Eso no salvará a mi gente —murmuró el chico—. ¿Cómo asumirás la culpa?

Kishur sacó una llave del bolsillo y soltó el candado de las cadenas que rodeaban los pies del joven. El zarefí no osó moverse, desconfiado.

—Eres libre. Puedes marcharte lejos, o volver a tu barco y seguir asesinando a inocentes. —El dárico se puso en pie, pero no se alejó de él—. ¿Qué harás?

—¿Volver dices? Me matarán en cuanto tengan oportunidad. He fracasado como líder y como hijo de Shaen. La muerte es lo que me espera. —Miró a Ferian—. Igual que a ella por traicionar a nuestro padre.

—Entonces quedaos a mi lado —les ofreció el dárico, sorprendiéndolos.

Agael y Ferian se miraron perplejos y, por primera vez desde su encuentro, el joven lo hizo sin resentimiento hacia ella. Parecía dispuesto a aceptar la propuesta, pero enseguida negó con la cabeza, afligido.

—Solo quiero vivir en paz y a tu lado jamás lo lograré.

Representas todo lo que he odiado y temido desde niño.

—Agael se frotó la mejilla—. Me hicieron estos cortes en el rostro y ha resultado inútil.

Tuve que enfrentarme a la ceremonia del traspaso y ni siquiera tenía la edad para ello.

—Apoyó los codos en las rodillas y observó a Kishur—.

Yo no recibí la orden de matarte como ha dicho Ferian.

En la ceremonia del traspaso debía enfrentarme a Egoresa, y cuando llegó el momento, oí aquellos silbidos que la apartaron de mí y la hicieron huir.

Después, llegué a una playa y ese desconocido me dijo que ahora poseía el lenguaje de Egoresa y que debía salvarte de ella.

Entonces era cierto, Hagnak estaba detrás de esas manipulaciones.

Lo quería muerto, pero necesitaba su lanfe intacto para recuperarlo, así que dejar que cayera frente a Egoresa no era una opción y le concedió al joven el arma para evitarlo.

¿Cómo había sabido Hagnak que ese hecho ocurriría?

¿Que Agael estaría en el lugar indicado?

Solo podía pensar en que estaba al tanto de que el Testigo manipulaba el futuro.

Sintió una fuerte presión en la cabeza y trastabilló hasta apoyarse en una de las sillas.

Ferian corrió a su lado y lo agarró del brazo.

«Devuélveme mi lanfe», oyó una voz en su mente y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

«Aún es demasiado pronto», respondió Kishur con rabia.

Dejó que Ferian y Agael se quedaran a solas en la pequeña estancia.

De momento, el joven no parecía interesado en marcharse de allí.

Alhanna se había refugiado arriba en su habitación.

Eduar leía apoyado en la mesa dónde Litzzia trataba de confortar a Quiazz con una tranquila conversación.

Kishur sonrió al reparar en todos ellos, formaban una extraña familia.

Oyó los pasos que se dirigían hacia la casa y se levantó de la silla.

Poco después, Sandar abrió la puerta, acompañado de un hombre de cabello rojizo y mirada sombría.

El general se encogió de hombros ante el escrutinio de Kishur.

Por un momento, creyó que sería uno de los capitanes de las cocas mercantes, hasta que oyó como Eduar dejaba caer el libro al suelo con estrépito. El niño se había quedado inmóvil.

—¿Daraes? —preguntó Quiazz a la vez que arrastraba la silla para incorporarse.

—Vaya sorpresa me he llevado al descubrir que te encontrabas aquí.

Ha sido una casualidad. —El hombre ignoró a Eduar de forma deliberada mientras se quitaba los guantes y se dirigía hacia Quiazz—.

¿Tanto esfuerzo en apoyarte en tu candidatura para la corona y abandonas la ciudad?

¿Tienes idea de cuánto nos jugamos Candor y yo por ti? Menuda decepción…

—Es una larga historia. —El joven trató de defenderse.

—Como todas, supongo. —Daraes miró a Kishur y realizó una leve inclinación de cabeza a modo de saludo—. Soy Daraes-Dol. Vuestro general me ha informado que deseáis ir a Alviat. Hablemos de eso luego, antes tengo que resolver un par de asuntos.

Sandar soltó una carcajada. Era evidente que Daraes estaba acostumbrado a que todos conocieran su nombre.

Y lo cierto era que Kishur sabía de quien se trataba: el mayor aliado de Candor-Saz, y con quien Sandar debía contactar en el Norte.

A veces, Kishur tenía la sensación de que alguien colocaba las piezas del juego en su camino.

—¿Y qué asuntos son esos? —preguntó el dárico gris.

—Llevo semanas viajando en busca de mi sobrino.

Abandoné Tirian la noche en la que atacaron los Invasores y me dirigía hacia Liam con la esperanza de hallarlo allí.

—Clavó sus gélidas pupilas en el niño que seguía perplejo por la aparición—.

Nunca pensé que huirías de casa, ¿tan enfadado estabas conmigo?

¿O es que el Invasor influyó en ti más de lo que pensaba?

—Revisó su alrededor—. Ya veo que no sigue a tu lado.

—Esa no era mi casa y no iré contigo a ningún lado —dijo Eduar con los ojos anclados al suelo—. Ya no quiero ser un Dol y no me gusta ser tu sobrino. Voy a seguir con Ferian. Ella no tiene miedo de mí, ni dejará que me encierren en una mazmorra.

—¿Quién cojones es Ferian? ¿Y qué hablas de encerrar?

—Entonces, Daraes comprendió lo que decía el niño—.

Así que oíste lo que dije aquel día y lo interpretaste como te dio la gana.

Si, afirmé que te encerraría si descubría que eras un soñador, pero te creía más inteligente.

No recuerdo cuantas veces te he reprendido por espiarme. Yo…

—¡No te creo! —Eduar lo interrumpió, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Daraes soltó un largo suspiro, parecía realmente incómodo por la presencia de los demás. El niño recogió el libro y lo abrazó con fuerza. Su tío dio un paso hacia él y Eduar salió corriendo por el pasillo. Kishur intuyó que había ido en busca de Ferian.

—Mierda —masculló Daraes con disgusto.

—Deja que se tranquilice —le aconsejó Litzzia con mesura—. Y la próxima vez elige mejor tus palabras si de verdad quieres que Eduar regrese contigo.

El hombre sonrió con frialdad y tomó asiento en la mesa, aunque no lo hubieran invitado. Apoyó los codos en la superficie de madera y miró con curiosidad a Kishur.

—Hablemos de vuestro viaje a Alviat —dijo el norteño.