Calar
—No se avistan barcos —mencionaba cada tarde nada más reunirse con Kishur.
Llevaban cuatro días pendientes de cada movimiento, tanto de humanos como de zarefíes.
Los primeros seguían recelosos de ellos, a pesar de haber luchado juntos.
Sobre todo, porque tenían cautivo al líder de los Invasores.
Ferian les había contado quién era su hermano y les había hablado de Shaen, su padre.
La niña seguía convencida de que solo Kishur podía sacar a su gente de Falar-Shan.
—El tiempo empeora, pronto caerá una fuerte nevada —comentó Sandar, que contemplaba el solitario muelle junto a Kishur—.
Los zarefíes podrían aprovechar la tormenta para atacar de nuevo.
Ahora que saben que estáis aquí, y según lo que ha contado Ferian, no se detendrán. Os quieren muerto como dé lugar.
—Necesitan que alguien los dirija y eso les llevará tiempo. Mientras tengamos a ese chico llamado Agael, tendremos cierta ventaja —dijo Kishur.
—Son solo unos críos —masculló el general de mal humor.
Era cierto, ya lo percibió durante la lucha, y lo confirmó cuando incineraron los cadáveres de los zarefíes.
Lamentaba sus muertes, aunque estos a su vez también habían sesgados muchas vidas humanas.
Agael no se había pronunciado; lo mantenían atado y vigilado en la casa.
Solo reaccionaba cuando él o Ferian se acercaban y hacía patente su odio hacia ellos.
Kishur aún no sabía que harían con él cuando tuvieran que partir.
Caminaron hacia el interior, donde uno de los pequeños afluentes del río Arahal pasaba cerca del pueblo y desembocaba en el Hicama.
El poco caudal de esa zona impedía que barcos grandes lo atravesaran.
A los dáricos les había llamado la atención las dos cocas mercantes procedentes de Tirian.
Kishur comenzaba a plantearse la idea de partir hacia Alviat, pues ya se había retrasado demasiado, y no podía obligar a Alhanna a viajar a Falar-Shan en su estado.
Aún se estremecía al pensarlo, incrédulo ante el hecho de que estuviera embarazada.
¿En qué momento se había encontrado con Osharan?
Debió ser la noche en la que él le entregó su lanfe.
Sin embargo, ella jamás había mostrado ese tipo de interés hacia el Dragón, solo rabia y desconfianza.
Se sintió ridículo, ¿qué sabía él en realidad?
Al fin y al cabo, Alhanna era la reencarnación de Khaleria. Se acercaron a las naves mercantes.
—Averigua a quienes pertenecen, quiero saber si estarían dispuestos a viajar al Bontar —le pidió Kishur a Sandar—. Partiré hacia Alviat, ya no tiene sentido continuar empeñado en ir hacia Falar-Shan. Alhanna está embarazada y no seré yo quien ponga en riesgo su vida y la de esa criatura.
—La noticia os ha afectado mucho, ¿por qué os resulta tan terrible? —preguntó Sandar con curiosidad.
—Me preocupa la clase de ser que hayan engendrado Alhanna y el Dragón.
Nada más nacer tendrá que cargar con un horrible destino que otros han elegido para él.
Y creo que puedo imaginar la difícil carga con la que tendrá que vivir.
—Kishur lanzó un pesado suspiro de resignación—.
No habrá lugar en el que Alhanna logre esconderlo, es una necia si piensa que puede hacerlo.
Quizá el Dragón si lo lograse, pensó Kishur. Puede que esta vez actuara de otro modo y evitara tan aciago destino a su nuevo hijo. Ojalá fuera de ese modo.
—Yo debería acompañaros a Alviat, me necesitaréis. —Sandar le dio una larga calada a la pipa—. Os seré de más utilidad que aquí en el Norte con los humanos. Podría enviar a mis hajaeks con uno de mis comandantes.
—No, debes dirigirlos tú. —Kishur miró de reojo al general.
—Los humanos no notarán la diferencia. —Se encogió de hombros y se rascó la barba—. Y pienso que os vais a aburrir sobremanera sin mí.
Kishur sonrió y negó con la cabeza. Sandar se había granjeado su amistad, pero lo necesitaba en el Norte, vigilar a los humanos no resultaría una tarea sencilla. El pacto que habían hecho con Candor-Saz y Gastor debía prevalecer, y no confiaba en que los humanos respetaran su palabra.
Se despidieron y Kishur regresó a la casa.
La encontró silente, con el fuego del hogar encendido.
Litzzia bebía un poco de té junto a Quiazz.
Los niños jugaban fuera bajo la supervisión de Alhanna.
Eduar se había recuperado, aunque continuaba teniendo pesadillas sobre lo ocurrido con Egoresa.
Al menos, el Testigo no volvería a controlarlo.
Kishur los reunió a todos alrededor de la mesa para comunicarles su partida.
—¿Y eso es todo? ¿Te marchas a Alviat sin más? —preguntó Alhanna.
—¿Prefieres que siga empeñado en acompañarte a Falar-Shan?
Ya te dije que no iba a detenerte, aunque supongo que habrás desistido de unirte a los Olvidados.
—La observó con calma mientras apoyaba un brazo en la mesa—.
Quiazz y tú podéis venir conmigo. De todos modos, vayáis a donde vayáis, me temo que el Dragón no permitirá que eludáis Zahel.
Sospecho que os llevará incluso a la fuerza.
—¿Por qué dices algo así? —preguntó Ferian con patente preocupación—. ¿Uno de vosotros es la llave para abrir la torre? ¿Es eso? No podéis hacerlo.
—¿Qué sabes sobre Zahel? —quiso saber el dárico.
—Descubrí lo que encierra poco antes de escapar de Falar-Shan. —Ferian miró a Kishur con temor—. Es mucho, mucho peor que esa criatura que casi te devora el otro día. Y será libre con la muerte del ser que haya sido elegido como la llave.
—La profecía dice que debe derramar su sangre, nada más —refutó Alhanna.
—No, no, debe morir. Eso decía la carta escrita por Raehlan-Tae que traduje.
La torre está aguardando su sacrificio. —Ferian se fijó en la mano deformada de Quiazz—.
Eres tú, ¿verdad? Hace unos meses comenzaron a caer sin explicación algunos monolitos que forman el sello de Zahel y mi maestro dijo que la llave debía estar sangrando.
—Sí, yo soy el portador de muerte —dijo Quiazz con resignación.
Ferian ahogó un gemido de pesar y reflejó una gran tristeza en su rostro.
—Has dicho que tradujiste una carta de Raehlan. —Kishur intentó ahondar en su memoria, pero no recordaba ese hecho—. ¿Estás segura que fue escrita por él?
—Durante la Gran Guerra, el rey dárico escribió un libro que acabó en manos de mi gente, y en él hablaba del Dragón Negro y Zahel.
Entre sus páginas encontraron una carta, pero su lectura quedó prohibida y la ocultaron en la biblioteca del Ado.
Muchos creían que, en ella, Raehlan nos exculpaba y nos daba su beneplácito para salir de Falar-Shan.
—La niña había acaparado toda la atención—.
Mi madre mintió e hizo creer a todos que yo era un niño para que pudiera estudiar con el Ado y así acceder a la carta.
Me mostró la forma de traducir el sáhico.
Las mujeres de su familia se transmitieron ese secreto durante generaciones, creían que la carta evitaría la guerra y nos liberaría.
—Pero estaban equivocadas, ¿es eso? —Kishur no lograba recordarlo.
—No lo comprendí del todo. Raehlan la escribió después de asesinar a nuestro rey Edgar.
—Ferian esquivó los afilados ojos del dárico—.
La carta decía que si los zarefíes sobrevivían y abandonaban Falar-Shan, esperaba que lo hicieran para enmendar sus crímenes y sin el influjo de la torre.
Y luego aseguraba que había averiguado qué era el antiguo poder: una criatura capaz de devorar el mundo, tan malévola como Egoresa.
Kishur no estaba seguro de cómo sentirse con aquella información, ¿de verdad él escribió dicha carta?
Alhanna se removió incómoda en la silla, con la tez lívida.
Las implicaciones que tenía lo que Ferian acababa de relatar la angustiaban, ¿cómo se suponía que debía ella obtener el poder de algo tan catastrófico?
Lo mejor era que la torre jamás se abriera y quedara relegada al olvido. Pero sabía que esa no era una opción.
—¿Qué encerró el Dragón allí? ¿Y qué propósito tiene? —preguntó Litzzia.
—De momento, evitar que Alhanna desaparezca —dijo Quiazz con amargura—.
Es la reencarnación de Khaleria, así que solo se me ocurre una cosa que el Dragón pudo haber ocultado en la torre para que Alhanna lo tomara a su regreso.
—Sintió las miradas sobre él—. ¿De verdad no lo sospecháis?
El ente de Egoresa que Khaleria usó en el pasado y que la condenó a ella y a Hagnak.
Ferian ha dicho algo capaz de devorar el mundo.
—Pero eso sería una abominación. —Alhanna se llevó las manos al estómago.
—Y un poder sin igual, pues Egoresa había devorado el lanfe de Hagnak y de Khaleria. —A Kishur le pareció entonces la opción más lógica.
Quiazz parecía completamente derrotado, como si acabaran de dictar su sentencia de muerte. Ferian los observaba con estupor. Kishur estaba fascinado por la inteligencia de la niña. ¿Había traducido ella sola el sáhico? Se levantó y le tendió una mano.
—Acompáñame, Ferian —le pidió.
Ella obedeció de inmediato, curiosa por ver a dónde la llevaba Kishur.
Ambos se adentraron en el largo pasillo que dividía la vivienda y entraron en la austera habitación en la que tenían encadenado a Agael.
La bandeja con la comida seguía intacta.
Cerraron la puerta y la niña se quedó con la espalda pegada a la gastada madera.
—Tu hermana me ha explicado algunas cosas, pero sigo sin comprender por qué impediste que Egoresa me devorara y, sobre todo, cómo conocías el modo de detenerla. —Kishur comenzó a dar vueltas frente al zarefí, que continuaba sentado en el suelo.
Como era de esperar, el chico se mantuvo en silencio.