El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat
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Marial-Pat

L a presencia de los dáricos incomodaba a la gente, que no estaba habituada a la rectitud y la sobriedad de esa raza.

Se pasaban el día entrenando y mantenían una disciplina de limpieza y orden que desconcertaba a los soldados de Gastor.

Siempre lucían un aspecto impecable, con las capas negras sobre las armaduras plateadas.

Los rostros inexpresivos y las oscuras pupilas, que atravesaban hasta los rostros más curtidos, ponían nerviosos a los humanos.

Parecían demasiado jóvenes para la templanza y fuerza que demostraban.

Olvidaban que la edad dárica se medía de modo distinto, pues su vida era más longeva.

—El uso de la visión es inevitable, para nosotros es como respirar —se defendió la comandante Heros—. Pero hablaré con mis hajaeks para que intenten evitarla.

—Te lo agradezco —dijo Gastor.

Ambos estaban en la parte superior de una de las torres del cuartel, desde la que podían ver gran parte del patio de entrenamiento.

Dáricos y humanos practicaban juntos, aunque no se mezclaban entre ellos.

Muchos soldados se detenían para contemplar la destreza de los hajaeks y acababan formando corrillos alrededor de ellos.

—Vuestra forma de luchar no servirá contra inmortales.

Las heridas que podáis provocarles se curarán, algunas ni siquiera los debilitará —comenzó a decir Heros con mesura—.

Aún no sabemos qué os espera en las Avíseas, pero debéis estar preparados.

Sé que el antiguo general Ghiro-Homron os ha asesorado durante estos meses y espero que sepáis aprovechar su sabiduría.

Cualquiera de nosotros daría lo que fuera por un consejo suyo.

—Soy consciente de ello —dijo Gastor con sinceridad.

El tiempo había transcurrido demasiado rápido y todavía les quedaba mucho por hacer, aunque el general confiaba en que el viaje hacia las montañas Avíseas sirviera a sus soldados para preparase acorde a la batalla que les esperaba allí.

Se sentía orgulloso del progreso de las mujeres bajo el mando de Oxa.

La chica había madurado mucho gracias a la tutela de Mayara, y era raro verlas separadas en esos días.

La dárica parecía dispuesta a ofrecerle todo su conocimiento antes de irse.

—He de marcharme ya —avisó Gastor.

—Cuando estés frente a mi rey, dile que cumpliremos con honor su encomienda. —Heros hizo una leve reverencia y el largo cabello castaño le ocultó el rostro.

Gastor asintió un tanto incómodo; nunca se acostumbraría a semejantes gestos.

Mientras abandonaba la torre le sobrevino de golpe el rostro de Quiazz.

Siempre le sucedía igual, por más que se esforzara en evitar pensar en él, su corazón y su mente parecían dispuestos a impedirle olvidar.

La ausencia pesaba en el general, quien se había vuelto un poco más amargo y solitario.

Culpaba de su ánimo a la situación de la ciudad, plagada de ruinas; a la guerra en ciernes; a todo el trabajo que lo había mantenido tan ocupado que le restaba horas de sueño.

Pero la realidad era que no superaba la marcha de Quiazz.

Cada día se hacía la misma pregunta: ¿volvería a verlo?

La ciudad despertaba bajo un manto gris.

Mucha gente ya paseaba por las calles para escoger un buen sitio desde el que ver pasar al ejército.

Ese día partían hacia las Avíseas y era un acontecimiento como pocos habían presenciado.

Marial-Pat quedaría bajo la custodia de un pequeño contingente de hombres y mujeres, y de los dáricos, cuya fuerza duplicaba a la de los humanos.

Beres se quedaba al mando y trabajaría junto a la comandante Heros.

Gastor salió por las puertas del cuartel ante una gran ovación.

Los soldados se giraron hacia él y golpearon sus broncíneas armaduras como saludo.

Bajó los escalones acompañado de los cinco comandantes que viajarían con él.

Beres aguardó en la entrada con postura recia.

Gastor le hizo una señal a Oxa para que se acercara a él, ya que la joven lideraba a un grupo de mujeres que habían acudido a la despedida.

Cuando la tuvo a su lado, le puso una mano en el hombro, gesto que los presentes observaron con curiosidad.

—Recuerda que te has ganado tu puesto, no permitas que nadie lo ponga en duda en mi ausencia.

—Lanzó una mirada intensa a Beres y este se encogió de hombros—.

Y aléjate de los Nel todo lo posible, olvídate de la lista de nombres que tenía Zaraen.

Eso solo te traerá desgracias. Ni siquiera Quiazz se atrevió a acercarse a ellos.

—¿Y debo simplemente vigilar mi espalda el resto de mi vida? Soy la única que queda con vida de esa lista —le recordó la chica con rabia.

—Cuando regrese lo resolveremos juntos. —Apretó con suavidad su hombro y ella asintió de mala gana.

—Más te vale volver. Y si puedes, trae al idiota de Quiazz contigo, aún tenemos asuntos de los que hablar. —La chica se apartó de él.

Gastor la dejó y se reunió con Ghiro, Mayara y Ádria.

Subieron a sus monturas y encabezaron la marcha.

El anciano se posicionó a su lado y eso complació a la gente que los observaba.

Las campanas de las torres comenzaron a teñir; había llegado la hora de partir.

Una larga columna de soldados a pie y a caballo los seguía, mientras que los carros que portaban armas y víveres cerraban la comitiva.

Muchos viajaban con sus familias, y estas conducían carretas que traqueteaban contra los adoquines.

La gente aplaudía a su paso y algunas mujeres tiraban flores.

Gastor no volvió la mirada ni una sola vez; desde ese momento solo tendría la vista al frente.

Los abanderados portaban varios escudos: el de Marial-Pat con el relieve del cóndor; el del Norte con la silueta del mar; el de Runna con la duna y el sol; y el de Alviat con la figura de un árbol cuyas raíces rodeaban una gran roca.

Gastor quería que todos los pueblos por los que pasaran conocieran la unión entre humanos y dáricos.

Harían historia, para bien o para mal. Lucharían juntos por primera vez, y deseaba que ese solo fuera el comienzo de una nueva era para todos ellos.

Esperaba que el dárico gris cumpliera con su cometido.