El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) El pueblo #3
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El pueblo #3

Se puso en pie dejando que todo su miedo y su rencor quedaran relegados a un rincón de su mente.

La criatura aprisionaba el cuerpo del dárico mientras este lograba arrancarse la terrible boca del cuello.

No había sangre, solo una capa de tinieblas que cubría la piel donde Egoresa había clavado sus colmillos.

Agael respiró profundamente y comenzó a silbar aquella extraña lengua que su mente había aprendido.

No conocía el significado, pero mientras el sonido escapaba de sus labios lo invadía una sensación de control y poder.

Egoresa respondió con un salvaje alarido y se apartó de forma abrupta del dárico.

Retrocedió sin perder de vista al zarefí y agachó la cabeza con sumisión.

Kishur se incorporó y acarició su cuello con dedos temblorosos.

Los silbidos le molestaban; se llevó una mano a la cabeza cuando le sobrevino un profundo mareo.

No era el único, tan solo Agael se mantenía ajeno al extraño lenguaje.

Egoresa se arrastraba, convertida en un ser temeroso.

De pronto, un manto denso de penumbras emergió del suelo, atrapando a la luna maldita y aprisionándola.

Retazos de sombra que parecían gruesas serpientes la atacaron sin piedad.

Unos arrancaban trozos del cuerpo de Egoresa y otros los devoraban, igual que un grupo de depredadores hambrientos.

Egoresa profería unos penosos berridos mientras desaparecía, engullida por la Oscuridad.

Cuando ya no quedó ni rastro de ella, el manto de niebla se deslizó por el suelo y rodeó las piernas del dárico.

Kishur contuvo el aliento al sentir que algo hurgaba en su interior.

Su cuello antes palpitante dejó de doler.

La Oscuridad lo abandonó poco después y Osharan apareció frente a él.

—Egoresa ha devorado parte de tu lanfe una vez más. —La voz de Osharan sonó animal, como si mil bestias salvajes anidaran en su garganta.

El Dragón miró hacia el zarefí, quien se derrumbó de rodillas ante su presencia.

Luego, desvió su atención hacia Alhanna, que aún continuaba en el suelo con un aspecto enfermizo y débil.

A Kishur le pareció que el semblante torvo del Dragón se suavizaba un poco al verla, pero duró solo un instante, hasta que reconoció a Záfira.

La Olvidada se inclinó postrando la frente en la piedra a modo de súplica.

—Perdonadme por abandonar mi encierro, solo quería ver a Raehlan —dijo ella, tomando su verdadera forma de inmortal.

Una brecha se abrió junto a la Olvidada y Záfira se apresuró a cruzarla sin mirar atrás. Kishur quiso ir junto a Alhanna, pero no tenía fuerzas, estaba realmente agotado.

—Esta vez, tu hijo se ha salvado gracias a este zarefí que detuvo a Egoresa, pero no podrás mantenerlo con vida por siempre. —Eduar caminaba hacia Osharan con la cabeza ligeramente ladeada—. ¿Hasta cuándo crees que lo lograrás?

—Destruiré todo lo que lo amenaza, incluido tú —afirmó el Dragón.

Sin duda, quien hablaba a través de Eduar era el Testigo de Muriath.

—Hagnak pronto reclamará lo que es suyo, ¿se lo seguirás negando? —Eduar se detuvo a pocos pasos de ellos dos. Su tez había palidecido.

—Eres un maldito cobarde al usar a Eduar en tu beneficio. —Kishur lo miró con severidad—. Condenaste la vida de su padre y no permitiré que le hagas lo mismo a él. Si eres parte de Muriath, perteneces al mundo venidero. Tu existencia física es un error.

—¡Al igual que la tuya! —gritó el pequeño con la voz rota—.

Tus huesos deberían regresar a la tumba de la que salieron.

Muriath sangra por tu culpa, eres el causante de la desgracia que acecha a mortales e inmortales.

¡Y todo por ti! Cuando no eres más que una ilusión, ni siquiera te acercas al poder de Hagnak.

—¡Cállate, maldito! —vociferó Alhanna con todas sus fuerzas.

Las sombras emergieron de las manos de Osharan y atraparon a Eduar. Rodearon su cuello impidiéndole volver a hablar. Lo elevaron en el aire y sus piernas se agitaron.

—No le hagáis daño, el niño es inocente. —Kishur agarró el antebrazo del Dragón y este volvió la mirada hacia él—. ¿No hay una forma de salvarlo del Testigo?

—Siempre te preocupas por cosas innecesarias —respondió Osharan.

La Oscuridad rodeó por completo al pequeño mientras su cuerpo descendía hasta tomar tierra de nuevo.

Se revolvió un poco antes de quedar inmóvil.

Cuando las sombras se replegaron y descubrieron a Eduar, Kishur acudió a su lado para confirmar que dormía.

Le pasó la mano por el pálido rostro y suspiró aliviado.

No se habría perdonado si Eduar hubiera muerto; por alguna razón, se sentía responsable de él.

Se preguntó qué opinaría Shudei al verlo protegiendo a su hijo. ¿Estaría conforme?

Osharan sostuvo un mechón de cabello gris de Kishur entre sus dedos.

El dárico se sorprendió por un gesto tan extraño.

Luego, desapareció dejando en su lugar cientos de perlas negras que el aire se encargó de esparcir.

El dárico observó a todos: a Alhanna, que trataba de incorporarse con ayuda de Quiazz; a Litzzia, cuyo rostro demacrado mostraba su miedo; al zarefí, que lo miraba confuso y aterrado. Sandar se arrodilló a su lado.

—El Dragón Negro os eligió como nuestro primer rey porque sois su hijo. —Las palabras del general perturbaron a Kishur—. Eso es lo que os hace tan especial.

Kishur pensó en aquella ocasión en la que le preguntó al Dragón por qué razón lo había escogido de entre todos los dáricos. En ese entonces, le respondió con evasivas. Alzó la mirada a la tormenta que se alejaba de allí. Le costaba aceptar la verdad, que Osharan era su creador, que era su padre.