El pueblo #2
Kishur miró de reojo hacia los otros: Sandar y Quiazz intentaban abrir la puerta del edificio junto al que se encontraban y debía concederles tiempo, así que avanzó unos pasos hacia Egoresa para atraer su atención.
No soltó la espada, aunque ya sabía que no iba a servirle de nada.
La bestia se les acercaba agazapada, con sus diminutos ojos puestos sobre Alhanna y él.
Ambos se miraron un instante y corrieron en direcciones opuestas para tratar de confundirla.
La criatura emprendió la persecución del dárico e intentó apresarlo cuando una impetuosa llama plateada la embistió.
El fuego regresó veloz al tatuaje de Alhanna.
La luna maldita se olvidó del dárico, la endomia de Alhanna acababa de acaparar toda su atención.
Kishur percibió su intención de lanzarse sobre la joven y se apresuró a agarrar una de sus patas para impedirlo.
Poder tocar la energía tenía sus ventajas.
Egoresa se revolvió contra él y acabó arañando su pecho.
Se quedó sin aliento ante el contacto; no había herida, pero sintió como si una daga le hubiera cortado la piel.
Alhanna chilló con el miedo atravesado en sus entrañas, estiró los brazos y de sus dedos escapó una esfera de fuego que golpeó a la bestia.
Logró apartarla una vez más del dárico, pero antes de que la energía regresara a ella, Egoresa la absorbió.
La joven aulló de dolor, se tambaleó un poco, y el epígrafe regresó a su cuerpo.
Záfira acudió a su lado para sostenerla.
—No vuelvas a usar tu endomia, ¡puedes acabas con ella si la devoras! —la instó Kishur con urgencia—. ¡Usa tu otro don!
Al oír su voz, Egoresa se giró hacia Kishur y arremetió de nuevo contra él.
Cayó de espaldas con la criatura sobre su cuerpo, aprisionándolo.
El dárico esquivo la infesta boca que iba dirigida a su garganta y apresó el cuello de la bestia, que quedó a escasos centímetros de su rostro.
La enorme boca se abría hacia él igual que un oscuro pozo, dispuesto a tragárselo por completo.
No podría soportarlo mucho tiempo. Egoresa poseía una fuerza descomunal y Kishur solo contaba con aquella mano que el Dragón había sanado y convertido en un arma.
Oyó los gritos de Litzzia, que le rogaban resistir.
Alhanna apartó de su mente todo miedo y angustia, y caminó hacia el dárico mientras su piel se cubría de sombras y sus ojos se volvían tan densos como el fango.
El aire que la rodeaba quedó impregnado de un manto pernicioso, capaz de matar toda vida a su alcance.
Levantó el brazo derecho a la altura de su pecho y la forma de Egoresa comenzó a desprender un halo rosáceo.
La criatura soltó un fiero rugido que mareó al dárico e intentó zafarse de su agarre, pero Kishur la retuvo.
Las fuertes garras de la criatura rasgaron una y otra vez el cuerpo del dárico con desesperación mientras luchaba por huir y que Alhanna no la consumiera.
Kishur soportó el lacerante dolor, aunque notaba que arañaba su lanfe e intentaba hacerlo trizas.
Miró un momento a Alhanna y la vio caer de rodillas, incapaz de aguantar el poder que estaba devorando.
Temblaba, pero se resistía a abandonar, porque hacerlo significaría el fin para él.
Entonces, algo estalló dentro de ella y la sangre comenzó a salir a borbotones de su nariz, pero la joven bramó aún dispuesta a continuar devorando a la luna maldita.
Kishur temió que se sacrificara por él y recordó la vida que crecía en el vientre de la joven. No podía consentirlo.
El dárico liberó a Egoresa de su agarre y esta pudo escapar a su vez de Alhanna.
La joven se derrumbó al perder el contacto con el lanfe de la criatura y vomitó sangre mezclada con una pasta negruzca.
La energía que había devorado la enfermó, igual que si hubiera ingerido una alta dosis de veneno.
Observó aterrada como Egoresa se cernía sin compasión sobre Kishur y le lanzaba una dentellada a su cuello.
Alhanna gritó con voz quebrada. Entre las sombras que cubrían parcialmente sus ojos pudo ver a Sandar y a Litzzia tratando de apartar a la bestia del dárico gris, pero las armas que blandían no lograban hacerle nada.
Percibió las manos de Záfira, sosteniéndola.
No soportaría ver morir a Kishur, no del mismo modo que a Hagnak. Dirigió una mano de nuevo hacia Egoresa, pero la Olvidada la detuvo.
—¡No tienes la fuerza necesaria para devorar tanto poder! —le recordó Záfira—. ¡Acabará destruyéndote!
Alhanna se sentía desfallecer, sí, pero salvaría a Kishur a cualquier precio, incluso a coste de su propia vida.
Bramó mientras volvía a devorar a Egoresa.
Percibió la maligna energía abrasando su piel.
Comenzó a sangrarle la nariz una vez más.
Kishur golpeaba sin descanso la cabeza de la criatura a la vez que el mundo se tornaba oscuro para él.
Sentía que Egoresa le arrancaba parte de su lanfe.
Consiguió separar la amorfa boca de su cuerpo y sostuvo con fuerza a la bestia, y justo en ese instante oyó una desconocida melodía compuesta por silbidos.
Egoresa se revolvió enloquecida y Kishur pudo rodar por el suelo para alejarse.
Agael caminaba hacia ellos entonando aquel extraño canto.
El joven zarefí había contemplado horrorizado el ataque de la luna maldita.
La escena que tenía ante él le hizo revivir el miedo padecido durante la ceremonia del traspaso.
El ente iba a devorar al dárico gris, y posiblemente a todos los que se encontraban allí, pero él poseía el arma capaz de detenerla.
¿Debía esperar a que Raehlan muriera? Merecía un castigo por todo el mal que le había causado a su gente.
El joven intentó apartar la mirada y tan solo consiguió que los remordimientos revolvieran su estómago.
Aquel ser de ojos grises que lo salvó en la ceremonia del traspaso le confió un propósito. ¿Podía traicionarlo?