El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) El pueblo
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El pueblo

Los Invasores alcanzaron la plaza con sus regias armaduras y aquellas máscaras que ocultaban sus rostros.

Formaron ante los humanos que se preparaban para la liza.

Pero entonces, los zarefíes repararon en la presencia de Kishur y dirigieron sus miradas hacia él.

Pudo notar el desconcierto en cada uno de ellos.

Un soldado se abrió paso entre el tumulto, uno que lucía una máscara plateada que lo hacía destacar del resto.

Debía ser el líder. Señaló al dárico con la lanza y profirió un bramido furioso.

Sus soldados lo secundaron y atacaron sin compasión.

El primer impacto derramó solo sangre humana.

Kishur se concentró en el zarefí de la careta de color plata, debían acabar con él.

El dárico gris comenzó a abrirse paso entre los zarefíes que caían sobre él igual que un torrente de agua; parecían empeñados en derrotarlo sin importarles cuantos murieran.

Su espada laceraba las armaduras y quebraba tanto las finas hojas de acero como las lanzas.

Eran diestros, debía admitirlo, pero no poseían su fuerza ni su experiencia.

No necesitaba arrancarles las caretas para saber que se trataba de soldados jóvenes, y podía prever cada uno de sus movimientos con solo mirar sus ojos. Quizás aquella era su primera batalla.

Los humanos lograban mantener su difícil posición frente a los zarefíes.

Hasta el momento habían impedido que los Invasores se hicieran con el control de la plaza.

Tenían un reducido grupo de arqueros en los tejados, aunque algunos habían caído atravesados por las lanzas de sus enemigos.

El hedor a vísceras y sangre pronto impregnó el lugar.

Kishur golpeó con el codo la cara de uno de los soldados y la máscara cedió. El dárico observó su rostro estirado y plagado de gruesas cicatrices. Los ojos castaños del zarefí refulgieron con odio.

—Eso no os sirve para eludir mi visión —le confió Kishur.

El soldado gruñó furioso al notar el ligero cosquilleo en su nuca.

Kishur sonrió y esquivó la espada de otro.

Dio media vuelta para enfrentarse a un tercer contrincante y con el cuchillo que llevaba en la mano izquierda cortó la garganta del zarefí.

A los otros no les concedió la menor oportunidad y derramó sus tripas sobre el frío suelo.

Sandar y él se abrieron paso acabando con la vida de sus enemigos.

Kishur echó terriblemente en falta a cada uno de sus hajaeks.

Sandar se adelantó unos pasos y cortó la cabeza de un soldado.

Esta rodó hasta los pies de Kishur, que percibió un brillo a su derecha y echó el cuerpo hacia atrás para esquivar una daga, cuya hoja de metal se estampó contra una pared.

Kishur giró el arma y se volvió hacia su enemigo.

Otros diez corrían en su dirección. Abandonó al general y fue a su encuentro para tomar la delantera.

Antes de alcanzarlos, se agachó y con su propio cuerpo logró levantar al primero.

Este cayó de forma estrepitosa y Kishur le atravesó el cuello con la espada para impedir que se pusiera en pie.

Al mismo tiempo, bloqueó un ataque con el cuchillo.

Se apartó con rapidez a un lado y clavó la daga en la axila del Invasor.

Los otros se le echaron encima, pero Kishur era más escurridizo, más veloz.

Se reagrupó junto a Sandar y lanzó una mirada rápida a Litzzia.

La joven había dado muerte a dos Invasores y se acercaba a Quiazz, que continuaba bajo el umbral de la casa junto a los niños.

Ferian tapaba los ojos de Eduar mientras ella contemplaba la liza con una mirada aterrada.

Kishur lamentó que tuviera que presenciar algo tan terrible.

Se preguntó dónde estaría Alhanna, su ayuda les vendría bien.

La nieve caía con vehemencia sobre el pueblo, mezclándose con la sangre.

El líder de los zarefíes evitaba acercarse a Kishur, parecía temerle, pero entonces reparó en la presencia de Ferian y el soldado lanzó un alarido.

Corrió hacia ella, pero Litzzia y Quiazz bloquearon su camino.

Kishur los alcanzó justo a tiempo de interponer su arma.

Estas chocaron y el zarefí gruñó. El dárico no le concedió oportunidad para eludirlo.

Observó las pupilas a través de la máscara y vio miedo en ellas.

Kishur le propinó una patada en la rodilla aprovechando que el zarefí levantaba la lanza y lo hizo caer.

Arrancó su máscara con rabia. Quería mirar el rostro de aquel que dirigía semejante contienda.

El dárico se detuvo al instante con el corazón paralizado.

Reconocía esos ojos negros, los había contemplado miles de veces en su vida pasada.

Pertenecían a Edgar, el rey de los zarefíes.

«Lo lamento, Raehlan. Pero recuerda que he sido yo quien te ha arrebatado a Carlan. Mis soldados merecen tu perdón», le había dicho Edgar antes de morir.

—¡Agael! —gritó Ferian. Litzzia tuvo que retenerla para que no corriera hacia él.

—Maldita traidora… —masculló el zarefí poniéndose en pie— ¡Voy a matarte!

Se precipitó de nuevo hacia la chica, quien lanzó un chillido de espanto. El dárico lo embistió contra la pared y le arrebató el arma. Lo agarró del cuello.

—¡No le hagas daño, por favor! Es mi hermano —suplicó Ferian, desesperada.

Oyeron entonces unos atroces gritos que procedían del pueblo.

Las imponentes voces se elevaban sobre el poderoso rugido de la tormenta.

La lucha se detuvo, dejando a humanos y zarefíes conmocionados.

Kishur miró a Sandar; ambos notaban una azorada sensación de angustia, como si algo estrujara su pecho y les impidiera respirar.

Agael aprovechó la distracción del dárico para sacar una daga y le asestó una cuchillada dirigida al vientre.

Kishur se apartó de inmediato, pero no lo suficiente para evitar que la hoja de acero rasgara sus ropas y cortara su piel.

Le arrebató el puñal y le propinó un puñetazo en la mandíbula con tanta fuerza que dejó al zarefí aturdido en el suelo.

El dárico revisó su herida y comprobó que solo era superficial.

Volvieron a oír otro espeluznante bramido que se perdía en la tormenta.

El tatuaje que Kishur llevaba en el brazo se desprendió y una bruma oscura se derramó hacia sus pies y formó las siluetas de los teriones. Carecían de ojos, se bastaban con el olfato y el oído. Sus robustas garras se hundieron en la nieve.

Eduar se puso en pie y miró a Kishur con lágrimas en los ojos.

—Viene a por nosotros y nos comerá a todos —murmuró el niño en trance.

Un rugido ensordecedor siguió a sus palabras y la criatura apareció sobre uno de los tejados.

Los soldados se apresuraron a apartarse.

Tenía forma bípeda y una enorme boca plagada de varias hileras de colmillos.

Su cuerpo emitía una luz rosa y dejaba ver a través de él, igual que la superficie de un lago.

Caminó sobre las tejas olfateando el aire y luego saltó al suelo y atrapó a uno de los zarefíes y mordió su cuello.

El grito del pobre desgraciado se elevó sobre la tormenta.

Sus restos se convirtieron en cenizas que se esparcieron por el suelo.

El caos se apoderó de todos, sin distinción.

Uno a uno, los soldados comenzaron a caer entre las fauces de la criatura.

Ni las flechas ni las espadas de quienes trataban de defenderse le hacían el menor rasguño.

Kishur recordaba haber visto a una criatura similar en sus sueños: se trataba de un ente de Egoresa y estaba devorando la energía de sus víctimas.

Resultaba terrible contemplar como el lanfe de aquellos pobres infelices desaparecía por completo.

Los teriones abandonaron a Kishur para cazar al ser maligno sin que el dárico pudiera detenerlos.

Lo atraparon entre sus zarpas y desgarraron su cuerpo, pero este volvió a recomponerse al instante como si estuviera compuesto de humo.

Egoresa cambiaba de forma constantemente.

Los humanos y zarefíes aprovecharon ese momento para escapar, pero su huida alteró aún más a Egoresa, que parecía un animal hambriento y rabioso.

Rodeó a uno de los teriones con sus largas extremidades y clavó sus docenas de colmillos en el lomo del demonio, haciendo que su rugido ensordeciera la plaza.

Kishur gritó al mismo tiempo al sentir un agudo dolor en su interior.

Vio como Egoresa consumía el lanfe del terión y su cuerpo se convertía en cenizas que el viento esparcía.

El dárico parecía tener una herida abierta en el brazo, como si acabaran de asestarle un tajo.

«¡Regresad!», ordenó a los teriones. Para su sorpresa, lo oyeron y obedecieron al instante. Se convirtieron en bruma antes de que el tatuaje los absorbiera.

Egoresa volvió a olfatear sus inmediaciones en busca de nuevas presas, y enseguida dirigió su descomunal cabeza hacia el dárico gris.

Alhanna irrumpió en la plaza en ese instante acompañada de la Olvidada.

Ambas corrieron hacia Kishur. La joven le sostuvo la mirada hasta que pudo comprobar que él se encontraba bien. El dárico había palidecido.

—¿De dónde ha salido? —preguntó, sin perder de vista a la criatura.

—Ha sido obra del devorador de lanfes, Eleagor. ¡Ese desgraciado quiere acabar con nosotros! —exclamó ella con los ojos oscuros como el acero.

—Debemos huir, solo el Dragón puede combatir a Egoresa —dijo Záfira.