El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Calar #2
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—No te había reconocido, pero ahora se bien quién eres.

He tenido miedo de ti desde que nos enfrentamos en la montaña de los Moradores.

—Las pupilas de Alhanna estaban igual de oscuras que la plata fundida—.

No eres más que un cobarde. ¡Acabaste con la vida de mi hijo!

Debiste desaparecer junto a tu maldita raza.

La criatura intentó zafarse de sus ataduras y Eleagor soltó un poco la cadena.

—Siempre me he preguntado por qué razón me dejó vivir el Dragón, ¿quizá para hacerme padecer una vida solitaria en la que tuviera tiempo de lamentar lo que hice? —dijo el eldo con voz gélida—. Sin embargo, lo que me concedió fue la oportunidad de acabar lo que inicié. Y será hoy.

Eleagor soltó de pronto la cadena y Egoresa se abalanzó sobre Alhanna.

Jaeglar se interpuso para proteger a la joven con su cuerpo y lanzó a la bestia a un lado con todas sus fuerzas.

Esta se revolvió en el suelo y fue a por Záfira.

Abrió la imponente boca y clavó sus numerosos dientes en el cuello de la inmortal, quien lanzó un alarido atroz.

Jaeglar se apresuró a arrancársela de encima con sus propias manos.

Podía tocar la energía, igual que Kishur con la mano que Osharan había sanado.

Los otros Olvidados tomaron sus aspectos de devoradores para contraatacar.

Eleagor silbó y el ente se agitó frenético y saltó con violencia una vez más en dirección a Alhanna.

La joven trató de alejarse de forma atropellada, resbaló y cayó de espaldas sobre la nieve.

Jaeglar sujetó a Egoresa de las largas patas traseras y la temible boca quedó a pocos centímetros ella.

Podía ver al Orfebre a través del cuerpo traslúcido.

La situación le hizo recordar el pasado, el momento en el que Egoresa atrapaba a Hagnak.

Gritó de pura rabia mientras aplastaba la esfera negra con los dedos.

Una espesa bruma comenzó a rodearla y a alzarse sobre todos ellos.

El ente se apartó con un chillido animal cuando la niebla fue tomando la forma de Osharan.

Los ojos del color de la sangre brillaron en la penumbra.

El cielo tronó con desesperación y una capa de nubes negras comenzó a girar en espiral sobre sus cabezas.

El ente rosáceo rugió rabioso en dirección al Dragón y luego huyó sin que ninguno pudiera detenerlo.

Osharan miró a Alhanna, que seguía en el suelo, y esbozó una torcida sonrisa.

Las plumas de sus alas bailaban con el viento.

Sus piernas y pies quedaron cubiertos por la densa Oscuridad que formaba parte de él.

La joven notó que sus fuerzas regresaban y supo con certeza que era cosa de Osharan.

Luego, el Dragón ofreció a los Olvidados una mirada voraz, reparando en cada uno de ellos.

Parecía que hubiera estado aguardando ese momento.

Jaeglar y sus hermanos retrocedieron, pero también comenzaron a rodearlo.

Alhanna se percató de que Eleagor había desaparecido. Záfira la ayudó a ponerse en pie y juntas dejaron atrás a los demás. Ambas temblaban, una abrazada a la otra.

—Egoresa está libre, Alhanna —le recordó la inmortal.

Supo enseguida lo que Záfira trataba de decir con eso y sintió cómo se detenían los latidos de su corazón. Salió corriendo hacia el pueblo a toda velocidad. Debía alcanzar a Kishur, no podía permitir que Egoresa volviera a hacerle daño.

Los Olvidados rodeaban al Dragón y lo observaban con cautela.

Para el Jakar y el Niño era la primera vez que lo tenían delante.

Era su creador, pero también el culpable de sus miserias y desdichas.

Aunque su encuentro debería haberse producido en el Vacío, no pensaban desaprovechar semejante oportunidad.

Los cuatro estaban listos para el ataque y tomaron su aspecto de devoradores.

No podrían derrotarlo, pero sí hacerle daño.

—Menuda reunión familiar —murmuró el Niño.

Osharan mostró la misma apatía de siempre; ni siquiera parecía sorprendido por encontrarse con ellos.

Jaeglar soltó un cansado suspiro, era de esperar.

A pesar de todo, el Dragón los seguía menospreciando, como si ellos no formaran parte de la historia del mundo.

Pero algo cambió de pronto, pues el semblante de Osharan se contrajo de rabia.

—Percibes a Hagnak en cada uno de nosotros, ¿verdad? —Jaeglar dio un paso al frente—. Deberías acudir al Vacío si quieres volver a ver a tu hijo.

Supo al instante que había captado la completa atención de Osharan.

Existía un punto débil en él, y ese era Hagnak.

Y, en consecuencia, el dárico gris. Los colmillos del Dragón crecieron hasta quedar fuera de su boca y sus manos se convirtieron en garras.

Las alas se deshicieron en un fango negro y espeso que resbaló hacia el suelo y cubrió la nieve.

La Oscuridad quedó adherida a su torso y piernas.

La tempestad empeoraba, las nubes giraban veloces y el viento arrancaba la nieve y la convertía en un denso polvo que lo cubría todo.

El poder de Osharan los rodeaba como si los hubiera encerrado.

Los devoradores atacaron al mismo tiempo.

El Jakar hizo uso de una lanza, la cual resbaló entre los afilados dedos de Osharan sin dañarlo.

El Niño trató de cortar sus piernas con dos cuchillos, pero el Dragón lo apartó de una patada, igual que si se quitara un insecto de encima.

Fenador usó el silbido para que la tierra alrededor del Dragón se quebrara para desestabilizarlo.

Jaeglar arrancó algunas ramas de los pinos más cercanos y las lanzó como si se trataran de dagas.

Tan solo una de ellas rozó el brazo derecho de Osharan.

La sangre emanó de la herida y el Niño aplaudió, entusiasmado.

Jaeglar utilizó el viento para levantar varios leños de madera y se los arrojó al Dragón.

El Niño apuñaló su pierna derecha y el Jakar laceró su costado con la lanza.

Fenador originó una grieta bajo los pies de Osharan, pero este la sorteó sin problemas mientras se arrancaba el cuchillo.

Los Olvidados arremetieron contra él una y otra vez, sin tregua.

El Dragón se deshacía de ellos casi sin esfuerzo, pero sus heridas iban en aumento.

La sangre empezaba a cubrir su piel desnuda.

Jaeglar logró atravesar el pecho de Osharan con una gruesa rama y el Jakar incrustó la lanza en su costado.

La Oscuridad rezumaba del cuerpo del Dragón, cubriendo los cortes.

Jaeglar se percató enseguida de que Osharan no oponía demasiada resistencia.

De hecho, hasta el momento no había devuelto ni un solo golpe.

¿Qué trataba de hacer? El Orfebre lanzó una gruesa rama hacia él y esta se incrustó en su pecho.

El Dragón se limitó a sonreír mientras extraía la madera de su cuerpo con lentitud y sin apartar la mirada de él.

Jaeglar negó con la cabeza; aquello no era más que un juego para su creador.

A su señal, los cuatro volvieron a rodearlo y levantaron las manos en su dirección, dispuestos a todo.

Fue entonces cuando el semblante de Osharan cambió y mostró un rictus feroz.

—Me he divertido —dijo con voz profunda y calmada.

Su cuerpo comenzó a deshacerse como la nieve derretida hasta que no quedó nada de él.

La Oscuridad que seguía pegada al suelo se alzó veloz hacia el cielo y se unió a la tormenta, expandiéndose como una gangrena.

El aullido del temporal quedó ahogado. Y cuando parecía que iba a estallar sobre sus cabezas y que Osharan caería con toda su magnificencia, la terrible Oscuridad desapareció del firmamento.

—¿A dónde ha ido? —preguntó el Niño con inquietud.

—¿Acaso importa? —Jaeglar soltó una hilarante carcajada—. ¡Solo ha jugado con nosotros! Nos ha dado el gusto de hacerle sangrar.

Ellos tampoco habían usado su verdadero poder. No lo querían allí, no era dónde debían desplegar sus fuerzas. Tenían que llevarlo al Vació como diera lugar.

—La esfera que encerraba el lanfe del Dragón era lo que la chica quería darnos, ¿verdad? —El Jakar recogió la lanza—. Podríamos haberla roto en el Vacío y habríamos obtenido una gran ventaja. La hemos perdido por culpa del maldito eldo.

Sí, la traición de Eleagor les había costado cara, pero no era lo que acaparaba la atención de Jaeglar.

Lo que de verdad lo colmaba de rabia y una necesidad acuciante de venganza era saber que el eldo había acabado con la vida de Hagnak.

Debía encontrarlo y hacerle pagar por su atroz crimen.

Caminó hacia el Niño, quien se encogió ante su adusta mirada.

—Si descubro que estabas enterado de que Eleagor asesinó a Hagnak, no habrá perdón para ti.

—El Niño se apresuró a negar con la cabeza—.

Ese desgraciado me debe su vida y voy a tomarla de la forma que sea, así que parte en su busca y tráelo ante mí.

No posee la capacidad de abrir brechas, por lo que no ha podido ir muy lejos.

Los Olvidados se observaron un instante antes de que el Niño se marchara a toda prisa. No podían permitirse más errores, y menos cuando estaban tan cerca del final.