El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Calar
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L a tarde les daba alcance mientras la tormenta empeoraba.

Ni siquiera las risas de Eduar y Ferian, que jugaban en el porche, lograban apaciguar la congoja de Alhanna.

Mantenía la mirada en el bosque, sentada en el escalón al lado de Quiazz.

Él respetaba su silencio. La joven daba vueltas a la joya en su mano una y otra vez, como si estuviera calculando su peso o la forma de romperla.

Según Záfira, si lo hiciera, el Dragón aparecería frente a ella.

Intuía que Kishur estaba alerta a pesar de encontrarse dentro de la casa.

No habían vuelto a hablar desde esa mañana, y quizá fuera lo mejor. Poco quedaba por decir.

El dárico abandonó entonces el edificio a toda prisa y se detuvo en el centro del patio con la mirada sombría.

Litzzia salió tras él, preocupada por su comportamiento.

Los niños callaron y fueron junto a la runnense.

Sandar no tardó en aparecer, corría entre los pinos, era él quien había captado la atención de Kishur.

Quiazz y Alhanna se pusieron en pie de inmediato.

El sonido de un trueno reverberó en el bosque.

La noticia asustó tanto a Ferian que se abrazó a Litzzia con un pequeño grito.

Las ramas de los árboles se agitaron con el temporal y el dárico alcanzó a oír un suave murmullo en el viento.

Sintió un escalofrío al reconocer que el bosque intentaba alertarlo de un peligro.

Kishur le hizo una señal al general y este también se giró hacia la colina.

Una veintena de siluetas se dirigían hacia ellos con cautela, portando lanzas y blancas melenas que se agitaban con el aire.

Los pasos sobre la nieve y el chasquido de las armaduras quedaban dispersos con el aullido de la tormenta.

Las campanas del pueblo comenzaron a teñir para avisar del ataque.

—Este lugar se ha convertido en una trampa, la casa queda demasiado aislada. —Kishur desenvainó la espada—. Debemos ir al pueblo.

—No hay tiempo —afirmó el general.

—Marchaos, yo me quedaré para impedir que esos soldados os sigan —Alhanna tomó la palabra antes que Kishur y lo miró intensamente—. Debéis proteger a Quiazz y a los niños. Iré detrás de vosotros.

No tenía demasiado tiempo para pensar en un plan alternativo, así que el dárico asintió conforme.

Le desagradaba la idea de dejar atrás a Alhanna, pero se recordó que ella era inmortal y poseía un poder inconmensurable.

Los Invasores llegaban ya a la linde del bosque.

Litzzia y Quiazz agarraron a los niños y fueron los primeros en cruzar la valla que rodeaba la vivienda.

Sandar y Kishur los siguieron enseguida.

Alhanna esperó paciente a que los Invasores abandonaran el bosque.

No reparó en nada más que no fueran ellos.

Todos ocultaban sus rostros con frías máscaras.

Retrocedió en dirección a la casa mientras los soldados se acercaban.

La tormenta se cernía sobre sus cabezas y el viento azotaba de forma salvaje los pinos y levantaba la nieve.

Los dragones grises rugieron en su mente, ansiosos de sangre.

Alhanna sonrió y alargó el brazo hacia los zarefíes.

Estos la miraron extrañados, ya que debían pensar que no era más que una chica asustada.

Bien. «Arrasadlos a todos», solicitó la joven en su mente.

Y, siguiendo su orden, las criaturas la abandonaron y se precipitaron sobre los enemigos, emitiendo un brillo plateado que dejaba finas estelas a su paso.

Atravesaron armaduras y carne. La sangre manchó la blanca superficie a la vez que los alaridos de los zarefíes invadían el lugar.

Alhanna observó con satisfacción como los dragones perforaban los cuerpos de aquellos malditos.

Le hormigueaban los dedos, sentía que aquello no era suficiente para aliviar la rabia que acumulaba.

Necesitaba destrozar a aquellos seres, fueran quienes fuesen.

Los zarefíes quedaron convertidos en meros bultos de carne y metal.

El hedor que desprendieron los restos se le pegó a las fosas nasales.

Alhanna alzó un brazo y los dragones regresaron a ella.

Los relámpagos restallaron en el cielo. Debía darse prisa en ir junto a los demás, pero cuando se disponía a marcharse, una brecha se abrió frente a sus ojos y Jaeglar y Záfira salieron de ella.

La inmortal aún sangraba y cojeaba un poco.

Alhanna sostuvo la esfera negra entre sus dedos.

—He de agradecerte que protegieras a mi pequeña hermana. Sabía que acabarías por unirte a nosotros cuando te enteraras de toda la verdad. —Jaeglar sonrió y adelantó unos pasos hacia Alhanna—. ¿Vas a entregarme eso que tienes en la mano?

—Lo haré si prometes llevártelo al Vacío —exigió la joven.

—Por supuesto, el Dragón espera que lo hagamos y no seré yo quien le niegue la diversión de lidiar con nosotros allí dentro.

—Los ojos de Jaeglar refulgieron como el oro—.

Si tenemos éxito, Raehlan no tendrá oportunidad de alcanzar el Vacío, y eso es lo que ambos deseamos, ¿no es así? Mantenerlo alejado.

Alhanna asintió mientras notaba que se quitaba un peso de encima, porque en esas simples palabras intuía que el Orfebre tampoco deseaba dañar a Kishur.

Para su sorpresa, se abrieron otras tres brechas a su alrededor, encerrándola.

Y, por fin, todos los seres Olvidados aparecieron ante ella.

Contempló al ser sin rostro y el silbido que emitió le produjo escalofríos.

Era quien tenía sometidos a los kalastys y a los dragones grises.

Supo que el joven a su derecha de cabello rojizo era el Jakar, recordaba las viejas historias de Ghiro.

Antes de apartar la mirada de él, su aspecto se transformó hasta convertirse en una chica de ojos penetrantes.

El siguiente en el que Alhanna reparó fue en el Niño.

Su rostro le resultaba familiar, pero no estaba segura de la razón. ¿Lo había visto con anterioridad?

Záfira abandonó a Jaeglar y tomó posición tras Alhanna. Apretó la esfera de Osharan con fuerza mientras su respiración se aceleraba. Estaba frente a los seres más poderosos de Muriath, los únicos capaces de someter al Dragón Negro. O de intentarlo, al menos.

—Antes de venir al Vacío con nosotros, deberás ir a Zahel para tomar el antiguo poder —dijo entonces Jaeglar, captando su atención—. Yo mismo te acompañaré.

—Os ayudaré en vuestro plan, pero a cambio quiero que garanticéis que Kishur estará a salvo, que no le haréis daño.

—Alhanna escrutó los rostros de aquellos seres y sintió un poco de asfixia.

El Niño la miraba con una sonrisa malévola—.

Si alguien ha de detenerlo llegado el momento, seré yo. No permitiré que nadie más lo haga.

—Solo queremos al Dragón Negro. —La respuesta de Jaeglar fue tajante.

Necesitaba converse a sí misma de que era la mejor decisión.

No tenía dudas de que Kishur no era el verdadero objetivo, al menos no para Jaeglar.

De lo contrario, no lo habría salvado de la sangre maldita.

Alhanna asintió conforme en el mismo momento en el que un potente alarido escapaba del bosque que los rodeaba.

El rostro del Orfebre se contrajo de pura rabia mientras Záfira retrocedía atemorizada.

Los árboles comenzaron a morir tras el paso de una extraña criatura, sus troncos, ramas y hojas se convertían en cenizas que caían sobre la nieve.

Alhanna sintió su corazón galopar con fuerza.

Aquella bestia traslúcida era un ente de Egoresa.

El miedo la atrapó y dejó sus pies anclados a la blanca superficie.

Los árboles caían frente a sus ojos y una oscura podredumbre se apoderaba del bosque.

La criatura iba encadenada, sujeta a las frías manos del devorador de lanfes.

Alhanna reparó en el rostro descarnado del eldo y en las dos diminutas luces que brillaban en sus cuencas vacías.

Un torrente de odio y rabia la sacudió. Se trataba del maldito eldo que había acabado con la vida de Hagnak.

—Era una trampa desde el principio —murmuró, sintiéndose desfallecer. Aquella criatura ejercía una influencia aterradora, no podía apartar de su mente las pesadillas.

—¡Eleagor! ¡Qué sorpresa! —vociferó el Niño, aunque había miedo en su voz.

—¿Cómo te has atrevido a invocar a Egoresa sin mi consentimiento?

¿Es que ya no temes que el Dragón tome represalias?

—Jaeglar caminó con parsimonia hasta llegar junto a Alhanna—.

Me inclino a pensar que aguardabas el momento para traicionarnos y llegar hasta Khaleria.

Quizá sea un buen momento para descubrir qué ocultas.

—Yo conozco de qué se trata, lo he visto en los recuerdos de Alhanna.

—Záfira tenía la mirada incendiada—. Es el verdadero culpable de la muerte de Hagnak, usó a los eldos para entonar la Canción y de ese modo arrebatarle la inmortalidad, y ordenarle a un ente de la luna maldita que lo devorara. ¡Traicionó al hijo de la Oscuridad!

Al oír aquello, la ira de Jaeglar se desbordó.

Cerró los ojos y tomó su aspecto de devorador mientras su poder derretía la nieve que pisaba.

Al levantar los párpados, sus pupilas brillaban como soles.

La furia en su rostro hizo retroceder unos pasos a sus hermanos; Jaeglar estaba dispuesto a cualquier cosa en ese momento, incluido acabar con todos los que se interpusieran entre el eldo y él.

Tanto tiempo buscando la verdad de lo ocurrido y siempre la había tenido al alcance de su mano.

Sabía que Eleagor escondía un secreto, pero jamás habría sospechado que se trataba de este.

Jaeglar bramó colérico y el viento que generó con su poder zarandeó los árboles, amenazando con derribarlos.