El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) El faro
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El faro

Eduar no recordaba que el Testigo había ocupado su mente, y eso aliviaba a todos.

Era tal la cantidad de locura que rodeaba a su señor que el general esperaba casi cualquier cosa.

¿El Testigo de Muriath era real? Se le erizaba el vello del cuerpo cada vez que pensaba en ello.

El conocimiento era un arma poderosa y el Tes tigo la tenía en sus manos.

Lo sabía todo del pasado y del presen te.

¿Cómo eludirían a alguien así? Lo maldijo por usar a un simple niño en su beneficio.

—General Sandar, ¿me puedes explicar por qué a veces la nieve está blanda y otras dura? —Ferian se había hundido hasta la cintura—. ¿Y me puedes ayudar a salir?

—Dioses. Ven aquí. —Tiró con fuerza de ella.

Había caído mucha nieve esa noche y dificultaba el ascenso por la montaña. Debían ir con tiento para no caer en un agujero. A medio camino, Sandar ordenó a Quiazz que regresara con los niños. Ralentizaban demasiado su avance e iría más rápido solo.

Una vez arriba, el farero le había ofrecido una taza de té.

Era un buen hombre, el general mantenía la confianza de que entregaría el mensaje en cuanto avistara las naves de Runna.

Sandar fumaba tranquilo en el borde del acantilado mientras contemplaba el Hicama y la débil luz del sol reflejada en sus aguas.

Aún les quedaban unos días más de espera en aquella asquerosa aldea.

La gente de Calar tenía un carácter agrio, y no era solo su falta de hospitalidad lo que disgustaba al general, había algo más.

Algunos aldeanos con los que se había cruzado tenían miradas sombrías y posturas recias.

Sandar reconocía a soldados entre ellos. Quizá Calar fuera un lugar de retiro.

De pronto, el anciano lanzó un grito de advertencia desde el puesto de vigilancia.

Sandar lo vio señalar al lado opuesto en el que se encontraba él, así que corrió por el estrecho sendero del acantilado que bordeaba el faro.

Cruzó el recodo y estuvo a punto de dejar caer la pipa cuando contempló los cuatro barcos anclados cerca de la orilla.

Los cascos de acero hacían pensar que era impo sible que pudieran navegar sin hundirse en el río.

Una docena de barcas vacías estaban varadas junto al camino que conducía a Calar.

Sandar gruñó con desprecio y resignación.

Los Invasores parecían empeñados en dificultarles el camino.

¿Qué podían buscar en un pueblo como aquel?

Se volvió hacia el alto edificio de piedra que tenía a su espalda.

Debían querer el control del faro, quizá con la intención de evitar que lanzara avisos a las naves humanas.

—¡Abandona el faro y busca un lugar en el que puedas escon derte! —le ordenó al anciano antes de marcharse.

Necesitaba llegar junto a su señor cuanto antes para avisarlo.