El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Calar
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E l cielo comenzaba a oscurecerse por la tormenta y el viento azotaba con violencia los pinos hasta arrancar sus espigas.

Las contraventanas chocaban y el ruido reverberaba en aquella porción de bosque.

Quiazz había salido de la casa al oír los gritos de Alhanna y se resguardaba bajo el porche.

No entendía qué sucedía, pero percibía la angustia de la joven como si fuera la suya propia.

Ferian y Eduar observaban atónitos a Záfira a través de una ventana.

Litzzia se resistía a alejarse de Kishur y Alhanna.

Era como si el tiempo se hubiera detenido para ellos dos y les hubiera hecho olvidar la presencia de los demás.

Alhanna observó el tatuaje que encerraba a los dragones.

También eran hijos de Khaleria. Cerró la mano en un puño y la llevó hacia su pecho.

Sintió que algo se rompía en su interior y no importaba cuánto se esforzara por recomponerlo.

Esa otra existencia se había hecho añicos dos mil ágaras atrás y solo quedaba una sombra.

Kishur y Alhanna guardaban silencio. Ella se fijó en el brillo plateado que emitía la pupila izquierda de él. Osharan lo había convertido en su arma.

—Tengo mi respuesta, Záfira —dijo la joven mientras sostenía la esfera negra entre los dedos—. Dile a Jaeglar que venga, le entregaré el lanfe del Dragón.

Kishur enfureció al oírla. ¿De verdad pensaba unirse a los Olvidados?

El dárico se interpuso entre ellas; no consentiría que la inmortal se marchara para dar semejante mensaje.

El cielo se iluminó un instante antes de quebrarse con el rugido de un trueno.

Sandar se unió a ellos desde el bosque, alertado por los alaridos de Alhanna.

Aún tenía el arco entre las manos y una flecha en la cuerda.

El general ocultó su desconcierto al ver a la inmortal y se mantuvo a una distancia prudencial.

—¡Márchate, Záfira! —ordenó entonces Alhanna.

La inmortal levantó un brazo para generar una brecha, pero Kishur lo impidió. Záfira se deslizó por la nieve para apartarse del dárico.

—No permitiré que salgas de aquí con ese mensaje.

¡Sandar, hay que detenerla! —bramó Kishur a la vez que desenvainaba la espada y giraba el rostro hacia Alhanna—.

No puedes entregarles el lanfe del Dragón.

¿Es que no has aprendido nada de los errores que cometiste como Khaleria?

¿No tuviste suficiente castigo con el destierro?

—¿Crees que ir a Asthaluss y nacer como humana fue un castigo? —Alhanna se dirigió a él con inquina—. ¡Me quitaron a mi hijo! No dejaré que vuelva a pasar.

El tatuaje de Alhanna se desprendió emitiendo una luz plateada y levantó una capa de polvo helado que comenzó a girar junto al epígrafe. Záfira caminó hacia atrás para alejarse de ellos, pero Litzzia le cortó el paso. Kishur observó a Alhanna con atención, pendiente a cada uno de sus movimientos.

—No te inmiscuyas y deja que Záfira se marche —le pidió ella.

—¿Y si me niego? ¿Lucharás contra mí? —Kishur comenzó a darle vueltas a la espada en la mano—. ¿Acabarás conmigo para darle a Hagnak lo que te pidió?

Aquellas palabras aguijonearon el corazón de Alhanna.

Le entristeció que Kishur creyera que su vida le importaba tan poco.

Záfira aprovechó la distracción para abrir una brecha, pero antes de que pudiera finalizar, Litzzia se lanzó sobre ella y la golpeó en la espalda con la vaina de su espada.

La inmortal cayó hacia delante con un quejido.

Luego, arremetió contra Litzzia sin siquiera rozarla.

La runnense era muy ágil y le propinó varias estocadas en brazos y piernas.

Alhanna dirigió sus manos hacia Litzzia y originó con su poder una fuerte corriente de aire que la arrastró lejos.

La Olvidada corrió entonces hacia el bosque, pero una flecha atravesó su pierna derecha.

Záfira se derrumbó con un rugido de dolor.

Sandar tensaba ya otra saeta en el arco cuando Alhanna creó un remolino y embistió al general con violencia.

Lo sometió contra un grueso pino, dispuesta a triturar todos sus huesos, pero Kishur se abalanzó hacia ella y le propinó un puñetazo en el estómago.

Alhanna sintió que todo su cuerpo se quebraba.

Sandar quedó liberado al instante y se dirigió veloz hacia Záfira.

Alhanna gritó de pura frustración y el tatuaje se expandió a su alrededor generando una impetuosa corriente de aire que los empujó a todos sobre la nieve.

—¡Detente, Alhanna! —gritó Quiazz abandonando la seguridad del porche.

—Ni se te ocurra intervenir —le pidió ella. La joven sonrió con amargura; de pronto, percibía a los demás como enemigos.

La sangre de Záfira manchaba la nieve. Sandar y Litzzia acorralaban a la Olvidada.

Alhanna creó dos esferas de fuego en las palmas de sus manos para persuadirlos.

Sintió entonces un hambre atroz torturando su estómago y le temblaron las manos.

Kishur caminaba en su dirección con el rostro ensombrecido.

De nuevo, el dárico escogía al Dragón antes que a ella.

Bien, porque Alhanna también había hecho su elección.

Miró al general y a Litzzia, y decidió que arrojaría su fuego sobre ellos.

Kishur bramó furioso al percatarse de sus intenciones y se precipitó hacia Alhanna.

La joven no tuvo tiempo de esquivarlo y notó el primer golpe como si le hubieran arrojado una enorme roca encima. El fuego se extinguió.

Alhanna procuró cubrirse, pero Kishur era implacable y le asestó varios golpes en las costillas.

Era consciente de que el dárico retenía parte de su fuerza y solo parecía interesado en distraerla mientras los otros dos se encargaban de Záfira.

No podía permitirlo. Usó el aire para empujarlo lejos de ella en más de una ocasión y, sin embargo, Kishur regresaba con mayor velocidad cada vez, hasta que la acorraló contra uno de los árboles.

Alhanna comenzaba a debilitarse; no, no se trataba solo eso, sentía que su energía menguaba porque estaba luchando contra Kishur.

Algo se retorcía dentro de ella, una congoja que le impedía respirar.

Sus manos se transformaron en garras sin que pudiera controlarlo.

El dárico recuperó la espada. La joven se esforzó en robarle el arma y sus dedos inhumanos aferraron el metal.

—No me obligues a hacerte daño, Alhanna. Sabes que puedo matarte, prueba de ello es la cicatriz en tu cuello. Y tengo la Canción en mi poder. —La voz del dárico le pareció ajena. El miedo la atenazó como un fuerte oleaje rompiendo contra las rocas.

—¿Tanto te ha cambiado el Dragón? Porque no hace demasiado tiempo estabas dispuesto a todo por protegerme. —Sus ojos quedaron velados por una sombra oscura.

—¿Y qué me dices de ti? —Kishur empujaba la espada ha cia ella.

—Yo incendiaría el mundo entero si me lo pidieras —respondió Alhanna con fiereza.

De reojo, la joven contempló como Sandar atravesaba el abdomen de Záfira con su arma.

Por alguna razón, el dolor de la Olvidada la estremecía.

Soltó el acero en el mismo instante en que sus manos volvían a la normalidad.

Se agachó veloz para esquivar a Kishur y, desde el suelo, formó una esfera de llamas grises que lanzó hacia el general.

Sandar percibió el peligro y se apartó a tiempo, arrastrando a Litzzia con él.

Aquello enfureció aún más a Kishur, que agarró a Alhanna del cuello y la levantó sin esfuerzo, dejando que solo las puntas de sus pies rozaran la nieve.

La joven se sujetó a sus muñecas mientras se asfixiada.

Kishur iba a dejarla inconsciente con tal de detenerla.

El rostro de Alhanna se cubrió de sombras y el árbol a su espalda comenzó a morir.

Kishur la soltó de golpe, pero no pudo apartarse del todo porque el tatuaje se expandió y ambos quedaron atrapados.

Rozó sin querer el brillante epígrafe, sintió una poderosa energía que atravesaba su cuerpo y la espada se deslizó de su mano. El dárico recordó la muerte de Trivaz.

—¿Vas a devorarme? —Kishur oyó el grito desesperado de Litzzia.

—No. Solo quiero hacer esto —masculló la joven con voz fría.

Y entonces, toda esa energía que había tomado del árbol estalló a su alrededor y arrastró a todos por la tundra de nieve.

Kishur a duras penas logró resistir la potencia del aire y mantenerse cerca de ella.

El suelo tembló y los árboles sufrieron una fuerte sacudida.

Tardaron un buen rato en recuperarse, ya que incluso Sandar acabó tirado sobre el hielo.

A Kishur le pitaron los oídos y sintió la visión un poco nublada.

Alhanna recuperó su aspecto normal, pero su mirada dejaba bien claro que no podrían derrotarla. No sin derramar su sangre.

Quiazz había rodado hasta la casa. Quería detener tanta locura, pero no sabía de qué modo interferir.

Una brecha comenzó a abrirse detrás de Záfira, lo que expulsó una densa bruma.

La sombra de una alta figura apareció en el umbral y Kishur la reconoció al instante.

Era Jaeglar, su maestro. Záfira fue junto a él y ambos desaparecieron.

Kishur lanzó una ominosa mirada a Alhanna.

—No dejaré que los Olvidados obtengan el lanfe del Dragón. Tú puedes hacer lo que quieras, ya no te detendré. —Kishur observó la esfera negra—. Pero entrégame la joya.

El dárico alargó la mano para arrancarle la cadena, pero ella no estaba dispuesta a ceder.

En el forcejeo, la cinta de su capa se rompió y la prenda cayó al suelo.

Kishur contempló con perplejidad la abultada barriga de Alhanna y se apartó de ella enseguida, como si la presencia de la joven bastara para reducirlo a cenizas.

Negó con la cabeza, incapaz de creer lo que tenía ante él.

Los remordimientos por lo que acababa de ocurrir entre ellos lo invadieron.

La había golpeado, incluso había intentado asfixiarla.

—Alhanna, estás… —Kishur interrumpió sus palabras.

—Nunca entenderás todo lo que me ha quitado el Dragón.

Y lo que me quitará si no lo impido. Merece una lección por todo el mal que ha causado.

Necesito que los Olvidados lo encierren en el Vacío, es la única forma de estar a salvo de él.

—Alhanna hablaba con rabia y dolor. Se llevó las manos al vientre—.

Esta vez no permitiré que me separe de mi hijo.

—¿Hasta cuándo pensabas ocultarlo? —Era evidente que había esperado todo lo posible para que nadie lo descubriera, incluido él.

Las implicaciones de que Alhanna esperase un hijo del Dragón lo preocupaban.

¿Cómo no se había percatado antes de su estado?

Quiso gritar de pura frustración. Al final, el Testigo obtendría lo que deseaba: un nuevo Juez.

Lamentó el nacimiento de ese niño, porque jamás conocería la libertad.

Sería reclamado por Asthaluss y Muriath para juzgar a los seres que habitaban ambos mundos.

Sintió también rabia hacia Alhanna por ser tan irresponsable.

El dárico se pasó la mano por la nuca. De pronto, se sentía muy agotado.

—Ayúdame a protegerlo —rogó Alhanna con esperanza—. Marchémonos juntos y dejemos que los Olvidados y el Dragón continúen solos su maldito juego.

Por un breve instante, le tentó la idea de aceptar su petición.

Deseaba hacerlo, viajar con ella hasta el fin del mundo si era preciso.

Pero, ¿por cuánto tiempo? Los Olvidados consumirían Muriath si ellos no lo evitaban, y entonces no habría lugar en el que pudieran estar a salvo.

Observó a Alhanna con tristeza y ella supo su respuesta.

Kishur recogió la capa y se la colocó con delicadeza sobre los hombros.

«Perdóname, Alhanna», quiso decirle. Pero en su lugar, optó por alejarse de ella.

Alhanna cerró un instante los ojos y retuvo las lágrimas con el corazón roto. Ya había derramado suficientes. Aguardaría el regreso de Záfira y entregaría el cristal.