El Vacío
—Hagnak… —murmuró el Olvidado casi sin aliento.
Este sonrió con labios incoloros y el cuerpo se deshizo en jirones de niebla que recorrieron el recinto y acariciaron las paredes.
Se consumió ante la mirada incrédula de los Olvidados.
Aquella calidez persistió en el ambiente, colmando el corazón de Jaeglar de una paz que ya no recordaba.
Era como si Hagnak hubiera esparcido su lanfe allí.
—¿Qué ha hecho? —preguntó el Jakar con aprensión.
—Dejar una huella en este lugar. —Rio al percatarse de la posible intención del que fuera su maestro—. Solo se me ocurre que quiera atraer a su padre hasta aquí.
Era lo único que tenía sentido. Hagnak se había cansado de esperar, por una vez parecía dispuesto a enfrentarse a Osharan.
Dos mil ágaras perdido en la más profunda soledad lo habían cambiado.
Jaeglar lo comprendía mejor que nadie. Todos ellos habían llevado una vida extraña y solitaria.
Se preguntó cómo hubiera sido nacer mortal, dárico, kalasty o zarefí.
¿Cómo era preocuparse tan solo de comer y envejecer?
Hagnak siempre se hizo esas preguntas mientras vivía.
Cuando lograran encerrar al Dragón en el Vacío y lo sometieran entre las raíces del Qad’has, Jaeglar usaría su poder para enviar a Hagnak al mundo venidero. Y luego, restaurarían Muriath con la energía de Osharan. Vivirían libres y sin su dominio.
«Aunque para lograrlo, antes tenemos que asolar Muriath», se dijo Jaeglar.
Era un sacrificio que estaba dispuesto a asumir.