Calar #2
Hagnak no pudo soportar durante más tiempo la fuerza del ente y su barrera cayó.
Con las últimas fuerzas, creó una brecha junto a Khaleria y la empujó hacia el otro lado justo en el instante en que Egoresa lo atrapaba.
La bestia atravesó sin compasión el cuello del Juez con los colmillos y este perdió por completo su poder y su inmortalidad mientras las voces de los eldos perforaban sus oídos.
Hagnak estiró una mano hacia Khaleria y sus dedos se rozaron, pero la abertura se cerró frente a sus ojos.
«Adiós, madre», alcanzó a oír ella de sus labios antes de que el mundo desapareciera para el hijo de la Oscuridad.
Alhanna apartó las manos de Záfira con brusquedad y se tiró al suelo para vomitar.
El dolor era tan intenso que aún sentía los afilados dientes de Egoresa en su hombro.
Gritó encolerizada mientras las lágrimas quemaban su rostro.
De rodillas, golpeó la nieve una y otra vez hasta que la mano comenzó a sangrar.
Lloró frenética. Arrastró el hielo entre sus dedos y los llevó hacia su vientre.
Sabía que Kishur estaba a su lado, podía percibirlo.
¿Si volvía la mirada hacia él lo reconocería?
Lo último que Alhanna había contemplado era a Hagnak siendo devorado.
—¡Los eldos me traicionaron! ¡Mataron a mi hijo! —La voz de Alhanna espantó a unas pocas aves—. Quiero que me lo devuelvan… ¡Tienen que devolvérmelo!
Sintió unas fuertes manos sobre sus hombros.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Kishur con rabia hacia la Olvidada.
—Solo le he mostrado la verdad —respondió Záfira con voz trémula mientras se alejaba unos pasos—. Todo este tiempo creí que Khaleria era la culpable de que Egoresa devorara a Hagnak, pero fueron los eldos. Y uno de ellos aún vive.
Alhanna bramó ante las palabras de la inmortal, sentía su corazón desgarrado.
Permitió que todo el dolor y la ira que la atravesaban tomaran el control de su ser.
El tatuaje de su piel brilló con una luz plateada y la nieve comenzó a derretirse bajo ella.
Sus ojos se habían oscurecido. Necesitaba odiar, necesitaba venganza.
Por primera vez, sus miedos y dudas cobraban sentido.
¿Por qué le había costado tanto admitir quién era?
Los dragones grises rugieron dentro de su cabeza, igual de furiosos que ella.
Kishur la abrazó para reconfortarla, pero nada podría ofrecerle consuelo en ese momento, pues su mente era un torbellino de recuerdos y emociones que Alhanna apenas comenzaba a aceptar.
Era Khaleria. O, mejor dicho, lo había sido.
Y percibió esa verdad en lo más profundo de su corazón, mentiría si dijera que no lo había sospechado.
Claro que era Khaleria, una parte de ella había permanecido dormida en su interior, una que siempre sabía qué hacer.
La que deseaba al Dragón, la que usaba la endomia sin reparar en las consecuencias, la que devoraba energía sin remordimientos.
Miró entonces a Kishur y gimió angustiada ante sus ojos compasivos.
—Lo que has descubierto no cambia quién eres ahora, Alhanna.
No dejes que la desesperación te confunda.
—Kishur observó el brillo plateado que escapaba por el cuello y manos de la joven—.
Lamento haber ocultado el secreto sobre tu identidad, debí decírtelo antes, pero temía como pudieras reaccionar. Sé lo difícil que debe resultarte.
Ella le ofreció una mirada perpleja y dolorosa.
El dárico la ayudó a incorporarse mientras notaba cómo el poder de Alhanna lo envolvía.
Era como una corriente de aire que le producía escalofríos y malestar, que lo asfixiaba.
Pero ya estaba acostumbrado, podía soportarlo. La nieve comenzó a caer de nuevo.
—Yo también te he ocultado quién eres —dijo Alhanna de pronto.
—No lo hagas —le pidió Záfira, dando un paso hacia ellos dos.
Kishur soltó a Alhanna, sintió que el cuerpo de la joven quemaba al contacto.
—Ahora comprendo por qué razón te amo tanto, por qué no puedo alejarme de ti sin que se me rompa el corazón, por qué soy incapaz de verte luchar una y otra vez.
Y no es por la unión que creó el Dragón para que me encontraras.
—Alhanna acarició el rostro de Kishur—. Eres parte de mí.
Eres parte de ese niño de ojos grises que aparece en mis sueños y al que intento proteger.
—¿De qué estás hablando? —Agarró la mano de la joven, pero no la apartó.
—¿Aún no sabes por qué el Dragón te escogió a ti de entre todos los dáricos?
Te concedió la corona siendo Raehlan e impidió que fueras al mundo venidero al morir, te salvó la vida en más de una ocasión y ahora te convirtió en su nuevo Guerrero.
¿De verdad no lo sospechas? —Alhanna no pudo retener las lágrimas.
Kishur cerró los ojos, como si no deseara oír lo que ella trataba de contarle—.
Jaeglar me reveló que Raehlan fue creado a partir de los huesos y el lanfe de Hagnak.
El Dragón intentó devolverlo a la vida, pero fracasó y en su lugar creo a un ser mortal. A ti.
—Eres hijo de la Oscuridad, y también de Khaleria —añadió Záfira con pena.
Un sudor frío descendió por la nuca de Kishur mientras sus manos temblaban.
Las observó sorprendido y se alejó unos pasos de Alhanna.
Por alguna razón, la cercanía de la joven había empezado a agobiarlo.
Se sintió atrapado, como si los ojos grises de Alhanna le impidieran moverse.
Trató de dar sentido a sus palabras descabelladas.
¿Cómo podía creer algo así? Recordó el encuentro con Hagnak y todo comenzó a cobrar sentido.
«Mi propósito es recuperar lo que mi padre me arrebató», le había dicho el Juez.
Kishur alzó la mirada al cielo y se derrumbó de rodillas con desesperación.
La nieve que caía le humedeció enseguida el rostro.
El vaho escapaba de su boca mientras el corazón le latía con tanta fuerza que le robaba el aliento.
Oyó el sollozo de Litzzia y lamentó que llorara por él.
Se sentía completamente perdido en ese momento.
Alhanna se arrodilló frente a él y lo abrazó con fuerza. El dárico la estrechó con anhelo.
—Temías no ser real, ¿recuerdas? —preguntó él sin despegarse de ella—. Y al final ha resultado que yo era la ilusión. Mi existencia no es más que eso.
Alhanna lloró amargamente contra su cuello y él cerro los ojos porque no podía hacer otra cosa.
Osharan había desgajado una porción de lanfe del mundo creado por Hagnak para crearlo.
«Su tumba lo reclama»; ahora percibía las palabras del Testigo como ciertas.
Recordaba haber soñado en más de una ocasión con una donde descansaban unos huesos blanquecinos.
¿Cómo había ignorado esa verdad tanto tiempo?
Trivaz y Jaeglar habían sabido guardar el secreto, debía admitirlo.
Kishur había creído que aceptar sus reencarnaciones sería la prueba más difícil que tendría que superar en su vida, pero se equivocaba.
No era más que el resultado del burdo intento de un padre que quería recuperar a su hijo. Era el fracaso del Dragón.