El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Calar
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Las raíces se deslizaron por el suelo y atraparon sus tobillos.

Recordaba haber tenido el mismo sueño una docena de veces.

Sintió como su vientre se desgarraba y un gran charco de sangre y vísceras se derramó sobre la hierba.

Alhanna gritó y el mundo se convirtió en un gran pozo de oscuridad durante unos instantes.

«No tengas miedo», dijo una voz masculina.

Su pesar desapareció de golpe. Alguien acababa de aparecer frente a ella con las piernas sumergidas en el lago y el torso desnudo.

Era un chico joven, de cabello negro como la noche.

Tenía el pelo largo hasta los hombros y recogía una parte de su melena con una cinta plateada.

Sus ojos eran grises y la miraban con dulzura.

—Llegas demasiado pronto, madre —dijo él esbozando una bonita sonrisa.

Alhanna se sintió sobrecogida ante su belleza. Las luces de las lunas bañaban su piel como si quisieran acariciarlo. Las luciérnagas revoloteaban a su alrededor.

Despertó con las manos en el vientre y el corazón palpitando con fuerza.

Limpió las lágrimas que inundaban sus ojos y se incorporó de la cama muy despacio.

El sueño había parecido tan real que la asustaba.

Durante un buen rato, no pudo apartar de su mente el rostro de aquel chico de ojos grises.

¿Quién era? Creía tener la respuesta, pero le daba miedo reparar en ella.

Bebió un poco de agua para aliviar la sequedad de su garganta y comenzó a trenzarse el pelo con manos temblorosas.

Se vistió despacio y se desesperó un poco cuando tuvo que dejarse los pantalones sin abrochar.

La esfera negra pesaba más que nunca y la cadena de la que colgaba le hacía daño en el cuello.

Alhanna necesitaba un poco de aire, le costaba respirar. Salió de la casa a toda prisa.

Ni siquiera el helado ambiente del exterior lograba calmar sus nervios.

Caminó por la nieve envuelta en la capa, alejándose del edificio.

Sentía una profunda angustia enraizada en sus entrañas.

Estuvo tentada de arrojar el colgante con el lanfe de Osharan lejos de ella.

El viento rielaba entre los pinos y levantaba el polvo blanco creando un espeso manto.

Las nubes grises se movían perezosas, ensombreciendo la mañana.

Alhanna percibió una sombra tras ella y al darse la vuelta se encontró con Záfira.

—Me preguntaba cuándo volverías —dijo Alhanna con disgusto.

—El tiempo se ha agotado, necesito tu respuesta —requirió la Olvidada.

La inmortal mostraba su verdadera forma, con los cuernos enroscados hacia la nuca y la piel de color violeta. Desprendía un dulce aroma a flores silvestres.

—En algunas ocasiones tengo sueños con un recién nacido de ojos grises al que no puedo proteger —comentó Alhanna con pesar—. También percibo como la Oscuridad trata de arrebatármelo. Ese niño es Hagnak, pero ¿cómo puedo ser su madre?

—También fuiste la que acabó con él —afirmó Záfira con frialdad.

—No es cierto… —murmuró Alhanna con un nudo en el estómago. Acortó la distancia entre ellas—. Quiero saber la verdad, estoy cansada de esforzarme en ignorarlo. Dijiste que podías ayudarme a recomponer mi memoria, así que hazlo, por favor.

Záfira asintió y alzó las manos hacia ella. Acarició su sien con delicadeza y Alhanna se estremeció ante el ligero contacto. De reojo, contempló como Kishur salía de la casa acompañado de Litzzia. Alhanna agarró las manos de la Olvidada para que no se detuviera. No volvería a huir.

Poco a poco, su mente fue recomponiendo retazos de su otra vida, igual que si colocara las piezas de un puzle.

Alhanna se sintió abrumada y terriblemente asustada.

Era como si alguien guiara sus pasos mientras ella tan solo observaba las escenas que componían aquella existencia olvidada.

El nacimiento de sus hermanos, su unión con Osharan, la llegada de los dragones grises y la de Hagnak. Y luego, la desesperación, la ira.

Alhanna quería gritar, pues notaba el fuego quemando en sus venas.

De pronto, la vorágine de recuerdos se detuvo como si hubiera alcanzado el más importante de todos y la invadió un miedo atroz.

Se encontraba en el bosque, al borde del enorme foso que daba acceso a la ciudad elda.

Sus pies se posaban en el escalón que iniciaba la larga escalera y que descendía hasta las profundidades de la tierra.

Allí dónde la luz no dañaba el delicado cuerpo de los eldos. Una voz captó su atención.

Era Hagnak. La larga trenza recogía su cabello azabache y unos pocos mechones caían sobre su frente como si quisieran ocultar las grises pupilas.

Alhanna cerró los ojos al percibir como su poder emanaba de su cuerpo sin que pudiera controlarlo.

Observó las manchas oscuras que cubrían sus brazos desnudos.

¿En qué momento había tomado su forma de devoradora?

Quiso gritarle a Hagnak que se alejara de ella.

—No dejaré que sigas devorando de forma impune. Eres culpable y te juzgaré como mereces. —Hagnak abrió los brazos en cruz—. Si de verdad estás dispuesta a acabar con mi existencia para evitarlo, hazlo. Condena al mundo.

Alhanna sintió como se le desgarraba el corazón. Gritó con todas sus fuerzas y comenzó a recuperar su aspecto. Hagnak bajó los brazos, aliviado. Fue junto a ella y tomó sus manos. El contacto le pareció tan extraño…

—Jamás podría hacerte daño —murmuró emocionada, aunque no eran sus propias palabras, sino que pertenecían a Khaleria—. Antes, prefiero que la Oscuridad devore el mundo. Me perteneces. Naciste de mí.

Odió al Dragón con todo su ser por apartarla de su hijo.

Y, no conforme con eso, por obligarlo a juzgar a los seres de Muriath, lo que lo había hecho miserable.

Hagnak estaba cansado de su labor, de ejecutar sentencias que le rompían el corazón.

Khaleria deseaba liberarlo y, de ese modo, ganarse el cariño del Juez.

Por esa razón, había encadenado a un ente de Egoresa y con ayuda de los eldos se dedicaba a erradicar el mal del mundo.

Así Hagnak no tendría que hacerlo y podría descansar.

—Por primera vez, soy incapaz de cumplir con mi labor y juzgarte.

No deseo ver como sufres el castigo —se lamentó él y entrelazó los dedos con los suyos—.

Mantendré lo ocurrido en secreto si te deshaces enseguida del ente de Egoresa y prometes no volver a cometer un crimen semejante. Si mi padre lo descubre…

Ella tomó el rostro de su hijo entre las manos. Sus palabras la conmovieron, pues el Juez jamás perdonaba. ¿De verdad lo haría por ella? Sintió un gran regocijo.

—Perdóname, debiste permanecer a mi lado. Eras tan pequeño que me asustabas —dijo ella con una emoción que nunca antes había demostrado.

—Aún podemos caminar juntos por el mundo. —Hagnak sonrió complacido.

Era cuánto deseaba, tener a su hijo con ella.

¿Cómo había podido estar separada de él tanto tiempo?

Debería haberlo buscado mucho antes. Alhanna notó que las lágrimas en sus mejillas ardían al contacto con la piel.

¿Khaleria lloraba? ¿O lo hacía ella ante aquel recuerdo?

Entonces, un alarido aterrador escapó de las profundidades de la ciudad elda y espantó a todas las aves.

El angustioso chillido resonó en el bosque y les erizó la piel.

Hagnak retrocedió un paso y miró a su madre, confuso.

—¿Egoresa está libre? —preguntó él con rabia.

—No, debería estar encadenado bajo la vigilancia de Eleagor —respondió con terror.

Una luz mortecina y rosácea abandonó el gran hoyo y se abalanzó sobre ellos.

Khaleria apartó de un empujón a Hagnak y la criatura la atrapó.

Sus largas extremidades rodearon el cuello y la cintura de la diosa y los afilados dientes se clavaron en su hombro, arrancándole un grito ahogado.

Egoresa la arrastró por el precipicio y comenzaron a caer hacia la ciudad.

Alhanna pudo percibir el miedo y el dolor que atravesaban a Khaleria.

—¡Madre! —Hagnak se lanzó tras ella sin dudarlo.

Una escalera casi infinita recorría en espiral el gran socavón que daba acceso a la ciudad.

Cientos de eldos se habían congregado a lo largo de los más de mil escalones de piedra.

Sus voces se unieron con gran precisión para cantar una hermosa melodía: era la Canción creada por Hagnak tanto tiempo atrás.

Alhanna sintió que algo se desgarraba en su interior cuando chocó contra la dura superficie de fría roca.

Egoresa apretó su agarre, y empezó a devorar su lanfe.

La diosa intentó defenderse, pero la música paralizaba su poder.

Hagnak llegó hasta ella y le arrancó a la criatura de encima casi sin esfuerzo.

Se posicionó delante para protegerla y creó una barrera con aire que detuvo enseguida a la bestia.

El ente aulló feroz contra el bloqueo que Hagnak acababa de imponer.

Aunque no sería capaz de mantenerlo mucho tiempo, pues la Canción comenzaba a adormecer la mente del Juez.

Khaleria perdía su inmortalidad, e impotente y asustada permaneció allí y observó como su hijo caía de rodillas.

Eran demasiadas voces entonando la melodía, las necesarias para que le afectara a su propio creador.

Eleagor apareció ante ellos silbando un compás errático, el lenguaje de Egoresa. La criatura rugió enloquecida y arremetió con fuerza contra la barrera. Hagnak alzó las manos para tratar de usar la poca energía que le quedaba en retenerla.

—Espero que no olvidaras mi nombre —le dijo el eldo al Juez—. Condenaste a mi familia tras juzgarlos, pero decidiste compadecerte de mí y me dejaste vivir. Te advertí que algún día usaría la Canción para vengarme.

—Claro que te recuerdo. Te perdoné para concederte la oportunidad de tener una vida mejor, pero ya veo que la has desperdiciado. —Hagnak lo miró con tristeza.

—¡Maldito seas, eldo! —Khaleria gritó furiosa ante la traición de Eleagor.