Marial-Pat
Llamaron a la puerta del despacho y gruñó molesto, necesitaba un poco de calma antes de volver a reunirse con los comandantes.
Esa misma mañana Ádria se había presentado allí, en silencio y sin saludar. Se había dedicado a caminar por la estancia contemplando las pinturas de los generales que precedieron a Gastor hasta detenerse en el de Zaraen.
—Quiazz posee los mismos rasgos que su padre, pero sus miradas son distintas. —Ádria parecía satisfecho con eso—. Quiazz no ha permitido que sus infortunios lo cambien. Más bien, le han hecho ver el mundo con más bondad.
—Se ha vuelto un poco más necio, sí. Y un insensato por negarse a llevar armas. —El general notó el ligero cambio en el rostro del dárico, parecía molesto.
—Es su elección y deberías respetarla —dijo sin más.
—Pues solo conseguirá que lo maten. Los gaeshan tiene un contrato para acabar con él, no podrá defenderse de ellos con un cuchillo sin afilar y buenas intenciones.
—Gastor se sintió terriblemente incómodo—.
El mundo no funciona así, es demasiado ingenuo.
—Suspiró cuando el rostro del joven acudió a su mente—.
Pero supongo que eso no importa cuando tiene que enfrentarse a esa maldita torre.
—Esa también ha sido su elección —dijo Ádria de forma cortante.
Gastor fue hacia la ventana y observó el patio de entrenamientos.
Los soldados se afanaban en su tarea sin importar la lluvia que caía sobre ellos.
El dárico continuaba allí y no entendía la razón.
Siempre andaba cerca de él, aparecía sin motivo y se marchaba sin despedirse.
Recordó la tarde en la que murió el Galaef.
—No te agradecí que mataras al gaeshan que puso el cuchillo en mi mano para inculparme. Tampoco que me llevaras a donde Annie en secreto. Me sorprendió que supieras de ese lugar. —Gastor apoyó la espalda en la ventana y se cruzó de brazos—. ¿Por qué me seguías aquel día?
—Quiazz me pidió que te mantuviera con vida. —Ádria sonrió y alzó el mentón.
Y, sin añadir nada más, salió del despacho dando la conversación por finalizada. Gastor soltó una carcajada; no era un niño al que proteger.
Llamaron de nuevo a la puerta, obligándolo a volver al presente.
Oyó carreras en el pasillo y voces que se alzaban desde el patio.
Gastor dio la orden para que entraran de inmediato.
Eran dos rompedores. No tuvieron tiempo de hablar, pues Beres apareció justo en ese momento y los empujó para que lo dejaran pasar.
Tenía el rostro descompuesto y las ropas empapadas.
—¡Dáricos, general! —gritó el comandante sin aliento—. Un ejército se dirige hacia aquí, fueron vistos al amanecer. No tardarán en llegar.
Aquello lo intranquilizó. Beres y él abandonaron el cuartel a caballo.
El caos no tardó en llegar a todos los rincones de la ciudad, pues la gente quería ver a los dáricos como diera lugar.
Muy pocos se planteaban que hubieran venido con la intención de tomar represalias por lo ocurrido en la montaña de los Moradores.
Al fin y al cabo, su rey, el dárico gris, se había convertido en el salvador de Marial-Pat.
Gastor localizó a Oxa entre los soldados que se apiñaban en la muralla.
Llamó a la chica y la envió para que reuniera a las mujeres y se prepararan.
Era mejor tomar medidas por si los dáricos representaban una amenaza.
Aún era demasiado pronto para que Kishur hubiera llegado a Alviat y les hubiera enviado a los hajaeks prometidos.
Gastor se posicionó en el punto alto de la empalizada. A lo lejos, bañados por la suave llovizna, vislumbró a cientos de dáricos ataviados con armaduras y capas negras.
Los ochocientos hajaeks formaron frente a la maltrecha muralla de Marial-Pat. Mayara y Ádria fueron los encargados de reunirse con la dárica que los comandaba. Gastor permanecía en su puesto acompañado de Candor y Beres. Ghiro estaba con ellos.
—¿Y si no han venido de forma pacífica? —preguntó Candor-Saz.
—Estaremos en serios problemas —murmuró Gastor con el ánimo agriado.
Ghiro soltó una ronca risita y se atusó la barba.
Los hombres lo miraron con un poco de disgusto.
El anciano aún no se había pronunciado, pero parecía divertirse con la inquietud de los humanos.
¿Qué le resultaba tan gracioso? Gastor lo observó: su estado de salud había mejorado considerablemente, pero dudaba que pudiera empuñar un arma de nuevo.
El general le había propuesto que se quedara en la ciudad, pues creía que el viaje a las Avíseas le resultaría agotador.
No había vuelto a mencionarlo tras la reacción enfurecida del anciano, quien se había sentido insultado.
—¿Nos arrojas algo de luz? —pidió Gastor al fin al ver la tranquilidad de Ghiro.
—Si el gobierno de Alviat hubiera decidido vengarse por el ataque que sufrimos en la montaña, habría enviado al grueso de nuestro ejército.
Nunca dejamos una victoria en manos de hajaeks recién licenciados —comenzó a decir Ghiro—.
Y los jóvenes que tenéis frente a vosotros lo son. No están aquí para atacaros.
—Nos encontramos a mucha distancia de ellos, ¿cómo sabes que son jóvenes? —preguntó Gastor con desconfianza.
—Por el tono de sus capas, el negro es el que lucen los hajaeks cuando salen de la academia y aún no se han ganado los colores. —Ghiro levantó las cejas y sonrió.
Gastor negó ofuscado con la cabeza. La sección de inteligencia de su ejército estaría emocionada al conocer el uso que los dáricos le daban al color de sus capas.
Mayara regresó junto a Ádria, seguidos por el apabullante silencio de todos los presentes.
Los hombres y mujeres se apartaron para dejarles paso.
Ambos mantuvieron sus rostros inexpresivos, lo que ayudó a crear más incertidumbre.
Subieron la escalera despacio y continuaron callados hasta que Ghiro les hizo una señal.
Gastor se contuvo para no gritarles, había aprendido a respetar el comportamiento de sus huéspedes.
—No vienen de Alviat, han viajado desde el Bontar.
En un principio, su misión era la de evitar que los humanos entraran en nuestras tierras.
Pero hace unas semanas recibieron una nueva orden de parte del general Borat.
—Fue Mayara la encargada de transmitir la información—.
Los envía como avanzadilla en nombre del dárico gris para ayudar en la protección de Marial-Pat.
A las palabras de la dárica siguió una ovación de parte de los comandantes. El alivio fue patente en los humanos. Gastor soltó de golpe todo el aire que había retenido.
—Entonces, vienen de parte de nuestro señor —afirmó Ghiro.
¿Era posible que ya se encontrara en Alviat? Gastor pensó que quizá hubiera usado una de aquellas puertas mágicas para viajar. Se le ponía la piel de gallina cuando reparaba en ello y en todo el misterio que rodeaba a los dáricos y a Quiazz.
El general observó con renovado interés a los hajaeks apostados allí abajo. No serían suficientes, pero servirían. Podría llevarse a su ejército a las Avíseas dejando la ciudad en buenas manos. Llamó a sus comandantes. Tenían mucho que hacer.
Comenzaba una nueva etapa para ambas razas y esperaba no lamentarlo.