Calar
—No debí comerme esas bayas —murmuró la joven.
Él ya le había advertido que no se las comiera, pues eran tóxi cas.
Kishur le hizo una señal para que guardara silencio.
Frente a ellos, un jabalí levantaba la tierra del suelo con su morro.
La niebla los rodeaba con un delicado manto y el viento hacía crujir las ra mas de los pinos.
El dárico se movió despacio para apuntar con el arco.
Tenía una rodilla en el suelo y la espalda erguida, pero el suave murmullo de los árboles lo distrajo y se concentró en entender qué decían.
Kishur levantó la mirada hacia las frondosas copas y bajó el arma despacio. El animal se marchó a la carrera.
—Nos hemos quedado sin cena —dijo Alhanna mientras se incorporaban—. ¿Por qué no has disparado cuanto lo tenías a tiro?
—El bosque comenzó a cantar —admitió él.
—Trivaz te advirtió que no prestaras atención a sus palabras, que solo tratarían de engañarte —le recordó ella con el ceño fruncido—. Yo no he oído nada en absoluto.
Kishur sonrió. Retomaron el camino de vuelta a la casa, co menzaba a anochecer.
La bruma se despejaba en algunas zonas, lo suficiente para permitir que Alhanna viera el sendero que serpenteaba entre los árboles.
A su derecha se recortaban el acantilado y el Hicama.
El frío le entumecía el cuerpo. Se detuvieron en el filo de un barranco desde el que podían apreciar el río.
La última línea de luz azulada brillaba en el horizonte.
Unos diminutos copos blancos cayeron con suavidad sobre ellos.
Alhanna se quitó uno de los guantes y puso la mano hacia arriba.
Sonrió al ver las delicadas perlas derretirse contra su piel.
—Nieva —dijo la joven entusiasmada—. Este es el segundo invierno desde que llegué a Muriath. Sin embargo, parece que han pasado cientos de estaciones. —Kishur la observaba sereno—. Es como si tú y yo hayamos estado siempre juntos.
—Te entiendo, me ocurre lo mismo. —Kishur le pasó un brazo por los hombros.
Se quedaron allí un buen rato en silencio. Contemplaron la noche caer sobre el Hicama mientras la nieve aumentaba. Alhan na deseó que el tiempo se detuviera justo en ese momento. Kishur y ella juntos para siempre.
Esa noche cenaron en la gran mesa del salón.
Parecían una fami lia, si bien una un tanto extraña.
Sandar fue el único ausente, pues no confiaba en los humanos y prefirió vigilar los alrededores.
Ferian comía con ansias, disfrutando de cada bocado.
Litzzia ha bía comprado carne en el mercado y la había guisado con ayuda de Quiazz.
El dárico gris aguardó hasta que los platos estuvieron vacíos.
—Me habías estado buscando para pedirme ayuda. ¿Ya estás lista para hablarme de ello? —le preguntó entonces a Ferian, haciendo que ella diera un respingo—. ¿Por qué no me hablas del lugar que procedéis los Invasores y tú? Explícame quiénes sois.
La nieve caía con fuerza en el exterior.
—En Falar-Shan no hay bosques, ni flores, ni ríos tan grandes como el Hicama.
La lluvia quema la piel y lo mata todo. Solo hay rocas, y el mar siempre está enfadado —comenzó a decir la niña con timidez—.
El polvo que se desprende de la tierra nos hace enfermar al respirarlo, como le ocurrió a mi madre.
Todo el mundo sufre y tiene miedo, porque sabemos que el mal encerrado en Zahel escapará algún día y arrasará a nuestro pueblo.
Mis antepasados no pudieron abandonar Falar-Shan porque no tenían naves ni árboles para construirlas.
Hemos estado atrapados. Y aun así, durante generaciones se buscó la forma de construir barcos capaces de cruzar el mar.
—Era impensable que aquellos zarefíes que fueron condenados al término de la guerra sobrevivieran —dijo Kishur con calma, sintiendo la culpa martillear en su pecho.
—¿Y no puedes perdonarnos? —Ferian se incorporó un poco de la silla.
—No necesitáis mi perdón. —Sintió que esas palabras no eran correctas.
—¡Claro que sí! Si nos perdonas y envías barcos, todos podrán abandonar Falar-Shan y ponerse a salvo.
Las naves que construyeron para la guerra no son suficientes, y nadie se atreverá a venir por miedo a que los dáricos los matéis.
—Ferian se mordió el labio inferior con los nervios atorados en la garganta—.
Por eso tienes que ser tú quien los saque de allí.
El antiguo poder no tardará mucho en escapar de Zahel, en los últimos meses la tormenta que rodea la torre ha aumentado.
Y la voz de la niña llega más lejos y manipula a la gente. Por favor, Raehlan…
—Llámame Kishur —la interrumpió el dárico con brusquedad.
—¡El nombre da igual! Eres el dárico gris, ¿no? —La niña se puso de rodillas en la silla—. Mi madre quería evitar la guerra, y ella pensaba que solo hacía falta tú perdón. Ya es tarde, lo sé, pero es que ha sido difícil encontrarte. Este mundo es muy grande.
Ferian comenzó a sollozar mientras Litzzia le acariciaba el bra zo.
Alhanna sintió una gran tristeza por ella y una lágrima se des lizó por su mejilla.
Sorprendida por ello, se apresuró a limpiarla.
¿Por qué últimamente se conmovía de esa forma?
Eduar soltó el vaso con fuerza, acaparando todas las miradas. Su rostro había palidecido.
—¿No sientes culpa por las decisiones que tomaste en el pasado? —habló con una voz impuesta—. Condenaste a todos esos zarefíes y a sus descendientes.
Kishur percibió a otro ser a través de las verdes pupilas del niño. Su estado le recordó demasiado a Riaku-Hal cuando invadían su mente. Pero no podía ser, porque el Testigo estaba muerto. Osharan había acabado con él. Alhanna y Kishur se miraron un instante, ella parecía igual de perpleja.
—Aún vives, por lo que veo —dijo el dárico fingiendo indiferencia.
—Soy Muriath, ¿qué esperabas? —Esbozó una sonrisa de satisfacción—. Eduar ha sido un gran regalo, me ha ayudado a completar parte de mi plan con sus sueños.
—Eres un desgraciado —maldijo Alhanna mientras se ponía en pie.
Eduar tenía los dedos engarfiados en el filo de la mesa. Litzzia abrazó a Ferian para evitar que fuera con él. El silencio se impuso entre ellos, dejando lugar solo para el crepitar de la chimenea.
—Vas a iniciar una nueva guerra de las razas —dijo el Testigo.
La voz de Eduar sonó cansada—. Morirán miles de soldados antes de que puedan abrirte paso hasta el Vacío, si es que lo consiguen.
¿Estás dispuesto a sacrificar sus vidas?
Pensé que al recuperar los recuerdos de tus anteriores vidas aprenderías de tus errores.
—Miró entonces a Alhanna—. ¿Comprendes ahora lo que Hagnak te dijo?
Alhanna sintió una desoladora angustia al recordar su encuentro con Hagnak.
Si, le había dicho que Kishur era el responsable de cuanto sucedía en el mundo a causa de sus decisiones.
El zumbido de los dragones arremetió con violencia dentro de su mente, como si quisieran hacerse oír a la fuerza.
La joven se llevó las manos a la cabeza y gruñó desesperada para hacerlos callar.
—Abandona tus dudas y acaba de una vez con la vida del dárico gris, tal como te solicitó Hagnak. —Eduar dibujó una sonrisa torcida—. Su tumba lo reclama.
Aquellas palabras mortificaron a la joven, que sintió la mirada desconcertada del dárico sobre ella.
De pronto la aquejó un mal difícil de controlar y abandonó el salón sin más.
Salió corrien do al patio y vomitó la cena sobre la hierba.
Kishur estuvo tentado de ir tras ella, pero entonces Eduar se desvaneció sobre la mesa y esto acaparó su atención.
Tomó su pulso y le alivió comprobar que solo estaba inconsciente.
El dárico reparó en el significado de lo que el Testigo acababa de decir.
¿Cuándo se había encontrado Alhanna con Hagnak?
¿La había arrastrado a su mundo? Saber que el antiguo Juez y Guerrero lo quería muerto lo mortificaba, ¿de verdad le había pedido a la joven que acabara con su vida?
Le parecía retorcido. Observó a Ferian abrazando a su amigo y sintió una profunda pena por ellos.
Eduar merecía una vida distinta a la que tuvo Shudei.
¿Podría Kishur ayudarlo a conseguirla? ¿Y a Ferian y su gente?
Él condenó a los zarefíes y era el responsable de que masacraran a los humanos.
Los mortales padecían por sus decisiones.
Si Osharan había creado a Raehlan tal como el dárico sospechaba, se preguntó si el fin que buscaba el Dragón al hacerlo era sembrar el mundo de desgracias.
Y si él mismo sería capaz de ponerles fin de una vez.