El Hicama
Hicama Q uiazz despertó sobresaltado por una pesadilla.
No recordaba de qué trataba, pero aún le temblaban las manos.
Últimamente era incapaz de conciliar el sueño y, cuando lo lograba, este siempre venía acompañado de terribles visiones.
Siempre era lo mismo, cuerpos carbonizados entre los escombros de Marial-Pat, gente muerta que estiraba sus brazos hacia él como si le pidieran ayuda.
La voz de la niña estaba presente en todo momento, cantando o riéndose de él.
Quiazz creía que intentaba desquiciarlo.
Cansado y con un agudo dolor de cabeza que le impediría volver a dormir, abandonó su camarote para pasear por la cubierta.
Esperaba que el frío lo ayudara a despejarse.
Extrañaba tanto a Gastor que a veces notaba que le faltaba el aire para respirar. ¿Se encontraría bien? Supuso que sí, no era un hombre fácil de derrotar.
«Ven conmigo y serás libre», dijo la niña entre risas.
Las criaturas flotaban sobre el río en su dirección. Quiazz retrocedió.
—¿Qué haces en cubierta en lugar de dormir? ¿Acaso te sientes mal? —La voz de Sandar lo asustó y, al mismo tiempo, lo devolvió a la realidad.
Quiazz se concentró en respirar para tomar control de sí mismo.
Se giró para darle la espalda al Hicama.
Por fortuna, aquellos seres habían desaparecido junto con la voz de la niña.
Sandar tenía la pipa suspendida cerca de su boca y lo observaba con el ceño fruncido.
Quiazz se limpió el sudor helado de la frente.
—Zahel me sigue a todas partes y me está volviendo loco —confesó Quiazz.
—Ya veo. —Dio una larga calada a la pipa para que el tabaco no se apagara—.
Puedo ayudarte a defenderte con tu cuerpo, pero dentro de tu cabeza eres tú quien debe imponer una barrera.
La torre enloqueció a muchos soldados durante la guerra de las razas, se dice que su maldad los contagiaba para cometer actos atroces.
Sin embargo, no pudo con nuestro rey. Raehlan logró vencer a la influencia de Zahel.
—¿Intentas compararme con él? —Quiazz sonrió con amargura.
—Solo digo que es posible ganar a Zahel. —Sandar se apoyó en la barandilla—. Entrenas para defenderte, pero no para contraatacar. Dijiste que jamás volverías a matar, pero no me revelaste la razón.
—Ya ha muerto demasiada gente por mi culpa. —Quiazz se giró hacia él.
—Entiendo. ¿Puedes contarlos? —Quiazz asintió apesadumbrado—.
Entonces no son tantos como crees. Yo hace tiempo que olvidé la cifra.
He acabado con muchas vidas de humanos y kalastys.
—El joven se mostró sorprendido—. Aunque comerciemos con ellos, también luchamos cuando nos atacan.
Siempre hay seres buenos y malos. Recuerda que la raza no nos define, lo hacemos nosotros con nuestros actos.
Sandar sacó su cuchillo largo y se lo ofreció a Quiazz para que lo cogiera.
El runnense había descubierto semanas atrás que el joven podía sostener el acero dárico.
Insistió hasta que Quiazz lo agarró por la empuñadura con dedos trémulos.
Entonces, el general agarró la mano del joven para que no soltara el cuchillo y aferró su nuca para atraerlo hacia él y no dejarlo escapar.
Sandar ejercía una fuerza abrumadora. Condujo la hoja de acero hacia la garganta de Quiazz mientras él se esforzaba por detener su propio brazo.
Sandar sonrió con malicia. Vio la desesperación en sus ojos verdes.
—¿Qué estás haciendo? ¡Basta! —le pidió el joven con la voz rota.
—Vamos, seguro que te resulta sencillo. Dejarías de sufrir, ¿no lo has pensado? Permite que Zahel obtenga lo que desea de ti y serás libre. —La hoja del cuchillo arañó la piel de Quiazz—. ¿Hasta cuándo seguirás resistiéndote?
Quiazz notó las pulsaciones de su yugular, no era capaz de apartar el arma de su cuello.
Notó un hilillo de sangre que descendía por su piel y sintió un escalofrío, como si una docena de dedos helados acariciaran su espalda, como si el río requiriera su cuerpo para que se descompusiera en compañía de los otros.
—¡Déjalo ya, por favor! No quiero morir. —Quiazz apretó los dientes con rabia.
—Pues mantén esa voluntad y Zahel jamás podrá contigo —le dijo Sandar.
El dárico lo soltó en ese momento y le quitó el cuchillo para guardarlo.
El joven se quedó desconcertado. Se llevó la mano a la garganta y observó la sangre en la punta de sus dedos.
Deseó poder darle un puñetazo al arrogante general.
Este recogió la pipa del suelo y se quejó al encontrarla apagada.
De pronto, una luz se arrojó sobre la cubierta. Sandar se giró hacia el origen. El brillo blanco e intermitente comenzó a iluminar la noche. Provenía de un punto alto perdido en el horizonte. Era un destello con un ritmo desordenado.
—¡El faro de Calar! ¡Avisad al capitán! —gritó uno de los tripulantes.
Entonces comprendió. Sandar supo que aquello era un mensaje.
Los capitanes a su cargo los usaban para comunicarse entre las naves, pero ellos usaban lámparas de aceite.
Le resultó sorprendente que los humanos hubieran aprendido ese mismo lenguaje de navegación.
Se entretuvo en descifrarlo, pero él apenas conocía el método.
Tan solo pudo entender una palabra: «masacre».
El amanecer llegó cargado de una espesa niebla.
El barco continuaba anclado a varios kilómetros de la costa frente a Calar.
El pueblo poseía un puerto pequeño y el faro, que se alzaba sobre un alto acantilado.
Kishur y Sandar contemplaban ahora este mismo risco mientras los tripulantes se reunían alrededor del puente.
El capitán les daba a conocer el mensaje que habían recibido durante la noche mediante las ráfagas de luces del faro.
Los dáricos fueron los primeros en saberlo y aún no habían decidido qué hacer al respecto.
Tirian había caído en manos de los Invasores, provocando una masacre.
—Si lo poco que Ferian ha contado es cierto, los Invasores son zarefíes de Falar-Shan. No lo comprendo, se suponía que ese lugar estaba deshabitado —comentó Kishur contrariado—. ¿Por qué abandonarlo ahora? ¿Y qué buscan atacando a los humanos?
—Parece que solo os salen obstáculos en el camino —comentó Sandar.
No iba a negarlo. ¿Era solo casualidad que justo cuando ellos iban hacia Falar-Shan aparecieran los Invasores?
—Los humanos creen que son inmortales por las pelucas y máscaras que usan, y no ven que se trata de un simple disfraz.
—Sandar suspiró con disgusto—. Lo entiendo, no están familiarizados con la endomia y por eso creen que son criaturas del otro lado.
El miedo y el desconocimiento son las mejores armas de los zarefíes.
Kishur se sentía frustrado, ¿cuántos problemas tendría que enfrentar? No podían continuar hacia Tirian como tenían previsto.
—¿Cuándo pasarán tus barcos por esta zona? —preguntó Kishur.
—Si no han tenido percances, deben hacerlo en menos de seis días.
¿Queréis que los esperemos aquí en lugar de en Tirian?
—El dárico gris asintió con resignación—.
Sería posible si logro hacerles llegar el mensaje, pero para ello debo hacer uso del mismo faro que nos hizo detenernos a nosotros. Espero que los humanos lo permitan.
—No les dejaremos otra opción, lo tomaremos a la fuerza si es necesario. —Kishur se apartó el pelo de la cara para mirar al general—. Pídele al capitán que te muestre el mensaje que necesitamos emitir para que no nos engañen en Calar.
Sandar parecía satisfecho con el nuevo plan. Kishur esperaba que los runnenses no se demoraran demasiado, no le apetecía pasar tanto tiempo en una población humana y mucho menos de esa zona. Sabía que no era bien recibido en el Norte por su pasado. Esperaba que eso no complicara aún más las cosas.