Cadarsia
—Nuestra hermana teme que hayas perdido el juicio por completo. ¿Es así? —le preguntó Shanarás en un nuevo intento de distraerse.
—¿Qué me dices de ti? —Lumiatz rio un poco.
—Los mortales comienzan a movilizarse. Aún luchan entre ellos, pero parece que están cerca de unirse con un mismo propósito: enfrentar en las Avíseas a los kalastys y dragones sometidos por los Olvidados.
El dárico gris tiene la intención de provocar una nueva guerra de razas.
—Shanarás se apartó cuando Lumiatz arrojó la copa de vino que tenía en las manos.
El objeto se estrelló contra la pared—. Puedes acumular todo el odio que quieras y quedarte aquí escondida. Es tu decisión.
—Tienes razón, debería ir junto a ese desgraciado y ayudarlo. ¿Qué te parece? —Lumiatz le lanzó una ominosa mirada. Ni siquiera soportaba oír sobre él.
El anciano sonrió y se encogió de hombros.
Echó un vistazo a su alrededor, el despacho de la biblioteca habitado meses atrás por Trivaz se convertía poco a poco en una estancia aún más ruinosa.
La rabia de la diosa lo destrozaba todo a su paso.
Lumiatz caminó hacia la chimenea y alzó la mano para avivar las llamas.
Llevaba el cabello rojo y ondulado suelto por la espalda, lo que le confería un aspecto salvaje.
El vestido azabache se pegaba a su piel y marcaba cada curva a la perfección.
—El regreso de Khaleria ha provocado que el caos se apodere de todos.
Me pareció interesante quedarme a tu lado para conocer de primera mano las repercusiones de tu lucha contra los mortales.
Pero ahora presiento que, si me quedo observando como siempre, el mundo que conozco de desvanecerá frente a mí.
—Shanarás habló con voz templada, arrancando una sinceridad que sorprendió a la dama—.
Sé que odias a nuestra hermana, y también a Raehlan.
Ellos representan lo que nosotros nunca tendremos: la genuina atención del Dragón.
Aunque no entiendo qué envidiamos, la vida de ambos es desgraciada y no tendrán un final feliz.
—Cuando Khaleria desapareció, sentí angustia y alegría al mismo tiempo.
Y me he pasado las últimas dos mil ágaras lidiando con esa dualidad.
—Lumiatz cerró un instante los ojos—. Así llegué a Trivaz, al vigía.
Quise que me enseñara a enfrentar esas dos emociones tan contradictorias y que me dividían el corazón.
El maldito demonio se rio de mí. Fue cuando me habló de su plan para derribar la Jistar y liberar al mundo.
Detesté a Alhanna desde que apareció, aún sin conocer quién era realmente.
Solo sabía que condenaría al mundo con su poder, y a todos con ella.
¿Cómo no advertí en aquel entonces que se trataba de Khaleria? ¿Tan débiles nos hemos vuelto?
—Claro que sí. De otro modo no estarías oculta en Cadarsia, te habrías alzado sobre los seres mortales como fue tu deseo. —Shanarás se quitó el sombrero y lo sacudió.
—Trivaz me entretuvo con sus planes. —Rumió ella en voz baja.
—Pues yo te culpo a ti de todas nuestras desgracias.
El aire se volvió más pesado en la estancia, el cabello de la dama roja se sacudió con un repentino aire. Lumiatz se giró hacia el anciano muy despacio.
—Vamos, ofréceme tu sabiduría —pidió ella.
—Dejaste vivir al dárico gris cuando lo tuviste frente a ti por primera vez.
—El anciano sonrió al ver el rostro desconcertado a Lumiatz—.
Le ofreciste venganza en lugar de la muerte.
Debió caer en ese momento, puesto que, de haberlo hecho, Alhanna habría acabado en manos de Trivaz.
El demonio la habría usado para derribar la Jistar y los Olvidados no estarían ahora devorando la energía de Muriath. ¡El lanfe con el que fuimos creados!
—¿Estás seguro de ello? Puede que al morir Kishur, nuestra hermana no hubiera regresado —comentó Lumiatz con rabia—. El Dragón creo la unión que comparten, lo hizo para que ella volviera junto a él. Y solo junto a él.
—Y crees que con Kishur muerto, ella seguiría en Asthaluss —dijo Shanarás.
Lumiatz apartó la vista de su hermano para contemplar las llamas.
El fuego se reflejó en sus pupilas azules, que parecían espejos.
Se sacudió el cabello mientras se cruzaba de brazos.
Shanarás caminó largo rato por la estancia, revisando los estantes caídos, los restos de cerámicas y cristales esparcidos por el suelo.
A pesar del calor que desprendía la chimenea, la humedad y los hongos devoraban la roca del edificio.
—¿Por qué lo dejaste vivir? —preguntó de pronto el anciano.
Ella no contestó de inmediato.
—Sigo haciéndome esa misma pregunta. ¿Por qué no pude matarlo?
Había repasado aquel momento tantas veces que era ya una obsesión. La fuente, la sangre cubriendo la nieve, las vísceras de los humanos que alimentaron a sus tigres. Y él.
Lumiatz permanecía en Cadarsia por varios motivos.
El más importante era que estaba hastiada de todo.
Había pasado demasiado tiempo ansiando el control del mundo mortal y ahora no encontraba un nuevo propósito.
Puede que su vanidad la hubiera empujado al fracaso, no era tan estúpida como para no darse cuenta.
Estaba acostumbrada a actuar por impulso, sin pedir permiso.
¿Por qué debería cambiar? Khaleria había sido mucho peor que ella, jamás la vio ofreciendo un acto de bondad.
Y, aun así, todo le era perdonado, tan solo porque dio a luz a Hagnak.
Lumiatz regaló su primera morada a los zarefíes para que construyeran allí su hogar. Khaleria, masacró a los que habitaban Falar-Shan por atreverse a implorar su presencia. Sin embargo, su acto de bondad fue relegado al olvido, mientras que el de su hermana perduró.
Pensó un instante en Trivaz, el vigía de la barrera. ¿Qué sintió al morir arrasado por las llamas de su hermana? Jamás lo admitiría, pero echaba de menos la inteligencia del demonio. Las cosas habrían resultado distintas si siguiera vivo.
Percibió la presencia de alguien que acababa de llegar a la ruinosa ciudad.
El aburrimiento la llevó hasta el exterior.
El viento soplaba con violencia y silbaba entre los deteriorados edificios.
La maleza ocultaba callejones estrechos y unas enormes raíces devoraban algunos tejados.
Caminó por Cadarsia con parsimonia. El aire le enredaba el cabello rojizo y tiraba de la falda azabache de su vestido.
La luz del crepúsculo quedaba atrapada entre las nubes.
El rugido animal recorrió la ciudad. Lumiatz sonrió.
En la plaza, distinguió la silueta de un dragón cuyas garras destrozaban un laborioso estanque de piedra.
Su jinete, el kalasty llamado Rhiot, aguardaba en mitad de la calle.
Lumiatz se detuvo a escasos metros del que fuera su general y de Drafgaen.
—Os hemos buscado sin descanso. —El kalasty mostraba agotamiento—. Unos seres deplorables controlan a mi gente. A todo el ejército. Y a una veintena de dragones grises también. Los usan como carnaza para bloquear el acceso a la playa de Talahom.
—¿Y qué quieres de mí? —preguntó ella con desdén.
—Nos prometisteis la gloria. Una razón por la que luchar. Un hogar. Y nos lo debéis. Mi padre os tuvo miedo, pero yo lo he perdido. —Rhiot dio un paso más hacia ella—. Podéis matarme ahora y dejar que los gusanos devoren mi carne, o podéis ayudarme a salvar a los nuestros.
Drafgaen rugió tras él para acompañar sus palabras.
—Todos me fallasteis. Vosotros dos, cobardes, huisteis antes de la aparición del Dragón Negro. —Alzó la barbilla con fiereza.
—Huimos, sí. Aún desconozco la verdadera razón, pero sospecho que Drafgaen intuyó la llegada de ese maldito ser.
Cuando se pierde una guerra, la culpa no es de los soldados, es de quien los dirige.
Podéis desquitaros conmigo, me someteré al castigo que gustéis.
—Rhiot se arrodilló frente a ella y agachó la cabeza—.
Os he odiado este tiempo, pero aquí me tenéis a pesar de todo.
Necesito vuestro poder para que mi pueblo no desaparezca.
Familias enteras morirán en las Avíseas al quedarse sin comida, y tampoco pueden bajar al valle, pues allí los esperan los Olvidados. Mi dama, estamos en vuestras manos.
Lumiatz suspiró y cruzó los brazos bajo el pecho. Percibía la desesperación del joven y la furia del dragón. El kalasty la conocía bien, por eso seguía de rodillas. Tuvo ganas de arrancarle la cabeza por irrumpir su soledad. Pero entonces, cayó en la cuenta.
—¿Acaso has aprendido a comunicarte con Drafgaen? —preguntó con interés.
—No entiendo su lengua, mi señora, pero hemos permanecido juntos porque nos necesitamos. —Como respuesta, la criatura emitió un penetrante balido—. Creo que está de acuerdo conmigo.
Mortales e inmortales caminando juntos por el mundo.
Era una insensatez. Lumiatz paseó por la plaza mientras el aire se aplacaba.
Rhiot aguardó en silencio, aún con las rodillas posadas en el suelo de piedra.
La dama reconoció en él la inteligencia de Ogrora y la templanza de Vibledor.
Por alguna razón, le agradaba el kalasty.
—¿Por qué debería ayudaros? —preguntó de pronto.
—Porque sois una diosa. ¿No deberíais demostrarlo?
Lumiatz rio a carcajadas para sorpresa del kalasty. Tenía arrojo. Ella miró a su alrededor con renovado interés. Había decidido quedarse allí, pero ¿era lo que de verdad deseaba? Los Olvidados también se habían burlado de ella.
—En primer lugar, busquemos a todos los dragones y kalastys que no han sido sometidos —ordenó Lumiatz.
Rhiot tomó aire y lo soltó muy despacio. Se llevó la mano al pecho cuando sintió alivio. Ahora tenía esperanzas, de salvar a los suyos, de redimirse.