El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Liam #2
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Liam #2

El dárico se puso en pie y señaló las orejas de la zarefí y el gorro.

La niña volvió a colocárselo para ocultarlas.

Les hizo una señal para que lo siguieran.

Eduar trastabilló y el dárico lo sujetó para que no cayera.

Jadeaba exhausto. Kishur le tocó el rostro, lo tenía encendido por la fiebre.

Lo cogió en brazos y el niño se aferró a él con tanta fuerza que conmovió a al dárico.

Se sintió de lo más extraño. Ferian los observaba.

—Tranquila. Solo necesitáis comer algo caliente y descansar —le dijo él.

Estaban malnutridos, bastaba con verlos.

Ferian lo siguió muy de cerca y en silencio, sin replicar.

Kishur se había sentido empujado a buscarlos nada más verlos en el muelle.

Percibió algo especial en ellos, aunque no entendía qué era con exactitud.

Ni siquiera había tenido tiempo de explicárselo a Sandar, quien a estas alturas debía pensar que estaba loco por ir detrás de un desconocido y dos niños.

Había encontrado al hombre cuando este trataba de subirse a unas cajas.

La hoja de papel que le había quitado mostraba un dibujo del pequeño humano con una precisión exquisita.

La familia Dol ofrecía una gran recompensa por encontrarlo sano y salvo.

De reojo, miró a la zarefí y notó un recuerdo despertando en su mente.

Sintió el bocado de los remordimientos en sus entrañas.

Falar-Shan continuaba habitada por los zarefíes que el condenó.

Y ahora se preguntaba si la ayuda que requerían de él era para sacarlos de allí o si debía salvarlos de algo más terrible.

Se reunieron en el despacho del capitán tras regresar al barco.

Ninguno comprendía la razón por la que Kishur había aparecido con aquellos niños.

Ya les sorprendió que se marchara solo de forma abrupta, sin dar explicaciones.

Alhanna rio al verlo cargando con uno de ellos en brazos, pues le resultó una estampa de lo más inusual.

Les dieron de comer y acostaron a Eduar en el camarote de Quiazz, tenía mucha fiebre.

El joven revisó la planilla que el dárico les mostró y explicó de forma breve que debía ser hijo de Shudei-Hal.

Nada más oír el nombre, Alhanna abandonó la estancia en silencio.

Observaba al pequeño desde el marco de la puerta. Se agitaba en sueños. Alhanna hacía girar en su muñeca la pulsera de cuero que aún conservaba. Se la había regalado Shudei al despedirse de ella. El niño se parecía a él, pero sus pupilas eran de color verde, de un tono más claro que las de Quiazz.

—¿Qué miras con tanta atención? —La voz de Záfira la sobresaltó.

Empujó un poco a Alhanna para que se apartara de la puerta. La Olvidada no dijo nada, ya conocía la llegada de los pequeños. Estaba intrigada.

—Tengo que advertirle al dárico gris —murmuró Eduar de pronto con los ojos cerrados—. Esa criatura quiere devorarlo, debo decírselo…

Comenzó a toser y el paño cayó de su frente. Alhanna acudió rápida a colocárselo. Ella acarició su rostro y su preocupación aumentó. ¿De qué criatura hablaba?

—Es un soñador —afirmó la inmortal tras ella.

—Su padre lo era, así que no me sorprende. —Alhanna se inclinó un poco sobre Eduar y lo observó con atención—. ¿Crees que lo que acaba de decir es porque ha tenido un sueño? —Záfira se encogió de hombros como respuesta—. No eres de mucha ayuda.

—No tengas miedo, con sueños o sin ellos, el Dragón Negro jamás permitirá que le hagan daño a su hijo, ni al dárico gris ni al que está por nacer. —La Olvidada sonrió.

—¿De qué estás hablando ahora? —Alhanna se puso en pie con brusquedad.

—¿De verdad no quieres que recomponga tu memoria? ¿Tanto te asusta? —Se apartó cuando Alhanna pasó por su lado sin hablar, pero fue tras ella—. Tus dudas se irán, no deberías seguir huyendo de quién eres.

—¡Cállate! —Le gritó mientras se daba la vuelta—. No dejaré que me manipules.

Alhanna la miró un instante antes de marcharse lejos de ella.

Su corazón latía veloz mientras una pesada angustia crecía en su interior.

¿Por qué no la dejaban en paz de una vez?

Entonces, recordó que le debía a Jaeglar una respuesta.

Acarició con los dedos el cristal de Osharan y sintió un ligero hormigueo en su piel.

¿Qué deseaba hacer? El Dragón solo arrebataba cosas, le habían dicho.

La imagen de aquel recién nacido de ojos grises tendido sobre el altar de piedra acudió a su mente.

Su llanto desesperado la atormentaba en sueños, no sabía cómo hacerlo callar.

Siempre persistía la idea de que la maldita Oscuridad se lo arrancaba de las manos.

«No permitiré que vuelva a ocurrir», prometió Alhanna mientras se llevaba las manos al vientre. Nadie le quitaría de nuevo a su hijo.

Litzzia entró en el camarote y sonrió al ver a Kishur sentado en la cama, que era ridícula para alguien de su tamaño.

Lo obligaba a dormir encogido, aunque él nunca se quejaba.

Lleva puesto tan solo los pantalones y se entretenía observando un pequeño mapa con la ruta comercial entre el Norte y Runna.

Muy pronto alcanzarían Tirian y allí aguardarían a los barcos de Sandar.

Uno de ellos partiría a Falar-Shan con Alhanna y Quiazz.

Kishur permaneció tan concentrado que ni siquiera se fijó en Litzzia.

—¿Sigues empeñado en acompañar a Alhanna? Te hace perder el tiempo —dijo ella mientras se bajaba despacio el vestido violeta.

—Soy consciente, pero decidí correr el riesgo. —Kishur levantó la vista y reparó en la desnudez de la joven. Soltó el mapa y sonrió—. En este cubículo resulta muy difícil mantener una conversación contigo. Me atrevo a asegurar que solo buscas distraerme.

—Es posible. —Fue hacia la cama y enredó sus dedos en el cabello gris.

Kishur la atrajo hacia él y la encerró entre sus piernas.

Ella acarició una de las cicatrices que el dárico tenía en el torso y arrugó el entrecejo.

No podía evitarlo, cada marca era una muestra de dolor.

Quería saberlo todo sobre él, pero Kishur era igual que un libro cerrado, apenas le dejaba ojear unas pocas páginas.

—Alhanna conoce más secretos sobre ti que yo, y eso me pone celosa. —Litzzia sonrió con malicia—. No has vuelto a arrodillarte ante mí, ¿estás seguro que me amas?

El comportamiento de la joven hizo reír a Kishur. Su reacción pareció molestarla y trató de apartarse para poner espacio entre ellos, pero el dárico no lo permitió.

—Te dejo que preguntes por cada una de mis cicatrices, pero solo una cada noche.

Y yo te contaré la historia que hay detrás.

¿Podrás conformarte con eso? —Los ojos de Litzzia brillaron de emoción.

Kishur ardió en deseos de besarla y acariciar su suave piel—.

Necesito una respuesta, ya que no quieres que use la visión.

—No mientas, lo haces todo el tiempo. —Hizo un mohín con los labios—. Voy a confiar en tu palabra y me conformaré. Espero que esas historias valgan la pena.

Litzzia lo empujó y ambos quedaron tumbados en la cama.

Dirigió las manos hacia los pantalones de Kishur y los bajó un poco antes de acariciar su abdomen.

Movió los dedos con delicadeza, poniendo a prueba la resistencia del dárico.

El barco se mecía con suavidad y la escasa luz del atardecer entraba por la pequeña ventana circular.

—Comencemos ahora entonces. —Litzzia rozó con la punta de sus dedos una marca que tenía bajo las costillas— ¿Qué te parece esta?

—Prefiero aprovechar el tiempo en otra cosa —susurró él.

Kishur recorrió las caderas de Litzzia con suavidad hasta introducir sus dedos entre las piernas de la joven.

Ella arqueó la espalda mientras gemía y Kishur aprovechó para atrapar uno de sus pezones entre los dientes.

Litzzia agarró sus brazos y lo instó a darse la vuelta para posicionarse debajo de él.

Comenzó a moverse mientras notaba el calor recorriendo su cuerpo.

Se apretó todo lo que pudo contra él y arañó su espalda, sus cuerpos se entrelazaron largo rato hasta que los jadeos estallaron en el camarote.

Kishur la embistió con fuerza y ella lo rodeó con sus piernas como si temiera que escapara de su lado.

Desde luego que eso era mucho mejor que hablar del pasado. En ese momento, nada más importaba.