Liam
Era una trampa, como decía Ferian. Ella conocía muchas para salirse siempre con la suya. Como llorar frente al capitán diciendo que su padre quería matarla y evitar así que también la azotara. Eduar estaba disgustado por ello.
Ferian apareció por la avenida, esquivando a la gente que caminaba a toda prisa.
Un anciano que arrastraba un pequeño carro le gritó cuando la niña cruzó de repente frente a él.
Era muy temeraria. Eduar guardó el libro y aceptó la manzana que le ofrecía su amiga.
Le hubiera gustado comer algo de sopa o un vaso de leche caliente.
Mordió la fruta en silencio mientras observaba los barcos anclados en el puerto.
No quería volver a subirse a uno escondido en un barril o entre los sacos de heno. Prefería quedarse allí.
—¿Sigues enfadado? —preguntó Ferian inclinándose hacia él y pegando su cara a la suya— ¿No te ha puesto contento la manzana?
Esta riquísima. —Le mostró la suya mordisqueada y tomó asiento a su lado— En Falar-Shan la fruta no sabe a nada.
Los árboles crecen en invernaderos para que la lluvia no los queme y se riegan con agua de mar desalada.
Es un proceso muy complicado para comer algo sin sabor.
No te imaginas lo afortunados que sois los humanos.
—¿Y la tierra? —se interesó el niño. Todo lo que Ferian contaba le intrigaba.
—Hay que excavar muy muy profundo para coger tierra sana y usarla en los invernaderos, y no siempre es buena.
La fertilizan con restos de animales y plantas.
—Miró de reojo a su amigo mientras dudaba—.
Bueno, y con nuestros cuerpos. Ya no incineramos a nuestros muertos como se hacía en el pasado.
Se usan para alimentar los invernaderos.
Si lo piensas, devolvemos un poco de lo que tomamos.
—¡Pues qué asco! No me extraña que la fruta no tenga sabor.
Ferian comenzó a reír a carcajadas mientras se sujetaba la barriga.
Se le saltaron las lágrimas y a punto estuvo de dejar caer lo que le quedaba de manzana.
Eduar se contagió un poco, aunque no entendía qué era tan divertido.
Entonces, el rostro de Ferian cambió de forma brusca y la risa cesó.
Se puso en pie de un salto con los ojos desencajados.
Eduar siguió el curso de su mirada y también se incorporó.
A lo lejos, un reducido grupo de pasajeros bajaba de un barco de velas blancas.
Los niños solo tuvieron ojos para dos de ellos.
Debían medir dos metros y destacaban entre toda la gente del muelle.
Solo uno mostraba su rostro, el otro mantenía la capucha subida y las manos ocultas bajo la capa.
Era evidente que quería pasar desapercibido.
—Son dáricos —susurró Ferian con la voz cargada de emoción.
Le dio el último mordisco a la fruta y arrojó el corazón al suelo. Pensaba seguirlos. Las personas que caminaban por el muelle y los vendedores de los puestos que recorrían parte de la amplia avenida ralentizaron sus quehaceres para reparar en aquel grupo. Los dáricos iban acompañados de humanos.
—¿Estás segura, Ferian? —preguntó el niño.
—¡Por supuesto! —Ferian los señaló con el dedo—. Vamos tras ellos, quizá sepan algo sobre el dárico gris. A fin de cuentas, es su rey.
Y en ese instante, el encapuchado se giró hacia ellos y pareció contemplarlos.
Se detuvo, lo que hizo que sus acompañantes miraran en su misma dirección.
Los niños se estremecieron. Ferian se pegó a Eduar tanto como pudo.
Sintieron que lo tenían justo delante, que se elevaba igual que una montaña.
La gente se cruzaba frente a ellos, pero entre sus figuras, el encapuchado mantenía la mirada en su dirección.
Eduar notó una extraña picazón en la nuca que le recorrió la espalda y le hizo sudar.
—¡Niño! —Eduar dio un brinco cuando un hombre se paró de pronto a su lado para gritarle—. ¡Dime tu nombre ahora mismo!
Eduar y Ferian miraron al extraño que traía consigo una hoja de papel.
—¿Es que estás sordo? Eres este, ¿no? —Le mostró la planilla amarillenta.
Era el retrato de un niño que se parecía mucho a Eduar.
Antes de que pudiera leer la nota al pie de página, Ferian tiró de él con fuerza y lo arrastró a la carrera.
El desconocido salió tras ellos. Saltaron sobre unas cajas que se interpusieron en su camino y los hombres que las trasportaban los insultaron.
Eduar notaba los golpes del libro dentro de la bolsa contra la espalda.
El aire frío le congeló las mejillas e hizo que le lloraran los ojos.
El hombre los perseguía sin perderlos de vista.
Abandonaron los muelles y se internaron en una amplia avenida con tiendas de vistosos letreros.
El aroma a dulce hizo salivar a Eduar. La gente se apartaba al verlos y solo unos pocos intentaron agarrarlos al pensar que eran ladrones.
Por fortuna, Ferian era muy ágil y Eduar veloz.
Entraron en una callejuela y usaron un montón de cajas rotas apiladas en la pared para saltar al otro lado.
Oyeron el crujido de la madera y las maldiciones del hombre, que debía haberse caído.
Ellos siguieron adelante. Cruzaron varias calles desiertas y se detuvieron bajo el marco de una vieja zapatería cerrada.
El suelo estaba cubierto de escarcha y ambos se encogieron de frío. El vaho blanquecino escapa de sus bocas con las agitadas respiraciones. Estaban sin aliento.
—¿Crees que nos encontrará? —preguntó Eduar con preocupación y miedo.
—Tranquilo, en casa siempre lograba escabullirme. Mis hermanos nunca podían localizarme cuando me escondía —contestó Ferian con una sonrisa—. ¿Viste el dibujo? No podemos dejar que te atrape, o te llevarán de vuelta a Edmoden.
—¿Cómo sabes eso? ¿Pudiste leer el texto? —Eduar preguntó con esperanza.
—Te buscan por ser un soñador, los Dol ofrecen una gran recompensa por ti. La nota decía que te quieren vivo o muerto. —Ferian lo agarró de los hombros mientras Eduar aguantaba el llanto—. ¡No te preocupes! Yo no dejaré que te cojan, confía en mí.
Eduar negó con la cabeza, conmocionado. Sintió las lágrimas agolpadas en sus ojos.
¿Su familia lo quería muerto? ¿Su tío Daraes también?
Se abrazó a Ferian y comenzó a llorar compungido.
De pronto le dolía mucho el corazón. Quería gritar que no era un soñador, pero sabía que mentiría.
La pena lo dejó asolado mientras la niña lo abrazaba con fuerza. Ambos tiritaban de frío.
Eduar tardó un buen rato en calmarse y cuando lo hizo, los dos se acurrucaron contra la puerta cerrada. Lamentaba haber perdido la manzana, ni siquiera recordaba en qué momento la dejó caer. Se aferraba a la bolsa con dedos temblorosos.
—Por fin os encuentro. —Una voz profunda los asustó.
Se pusieron en pie con rapidez, iban a salir corriendo pensando que era aquel hombre.
Los dos aguardaron inmóviles, uno pegado al otro.
Era el dárico de antes. Al tenerlo más cerca podían ver parte de su rostro y ya no les atemorizaba tanto.
Entonces, Ferian se fijó en el cabello gris que salía un poco por la tela.
Llevaba la misma hoja de papel en la mano, muy arrugada.
¿Se la habría quitado al hombre? El dárico se bajó la prenda y los miró con el rostro impertérrito.
Parecía como si la propia luna Erotesa, la mayor de las hermanas, hubiera descendido y tomado forma bífida.
Su cabello era largo y del color de la plata.
Ferian se tapó la cara con los brazos por puro instinto.
—¡Así no puedes leerme la mente! —gritó la zarefí—. ¡Eduar, haz lo mismo!
Pero el niño no le hizo caso, estaba embobado.
Las negras pupilas del dárico gris se clavaban en él.
Le dio miedo, pero al mismo tiempo sintió una gran fascinación.
Había soñado con él muchas veces, con su lucha contra la criatura que devoraba almas.
Ferian bajó los brazos despacio mientras lo observaba con los ojos medio cerrados y el rostro ligeramente ladeado. El dárico rio entonces.
—No me tengáis miedo. —Miró la hoja de papel y la guardó en el bolsillo de su capa mientras caminaba hacia ellos—. Y no hace falta que ocultéis el rostro, ya leí lo necesario de vosotros en el muelle. Tú, por ejemplo, no eres humana.
Ferian abrió la boca para protestar y la cerró de inmediato. A continuación, asintió despacio con la cabeza. Se quitó el gorro de lana y dejó que viera sus orejas acabadas en punta. El dárico se acuclilló frente a ella para contemplarla de cerca. Ferian se puso nerviosa y no pudo ocultar su pavor.
—Eres zarefí, es algo insólito —afirmó el dárico con voz mesurada—. Hace siglos que no sabemos nada sobre vosotros. ¿De dónde vienes?
Intentó responder, pero no logró articular una sola palabra.
Ferian retrocedió un poco, impresionada por la cercanía del dárico.
Eduar también respiraba agitado. Kishur trató de relajar el rostro y mostrarse amable para que los dos dejaran de temerle, pero había olvidado cómo hacerlo.
Miró entonces al niño. Por alguna razón, el pequeño le era familiar.
Sus ojos seguían enrojecidos por el llanto reciente.
—¿Me dices tú quienes sois? —le pidió Kishur.
—Yo soy Eduar y me he escapado de casa porque no quería que me encerraran.
Ferian viene de Falar-Shan, su madre le encomendó una misión.
Nadie sabía que es una chica, y es capaz de traducir el idioma sáhico y leer la carta de Raehlan-Tae —comenzó a decir el niño de forma atropellada—.
Tenía que buscarte para que la ayudes a salvar a su gente.
Y yo también, para contarte una cosa terrible.
¿Vas a ayudar a Ferian? Por lo visto solo puedes tú.
—Antes tengo que conocer toda la historia, ¿no te parece? —Eduar asintió. Sus mejillas estaban enrojecidas y la frente perlada en sudor. Tenía fiebre.
—Te hemos estado buscando, Raehlan —dijo entonces Ferian con timidez.