El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Tirian
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Tirian

—Te vas a congelar aquí arriba —le dijo su hermano lanzando un gran bostezo. Tenía el pelo revuelto—. Puedo pedir que te preparen una infusión de tila y melisa.

—No, gracias. —Se arrebujó en la capa—. Esa mierda no me servirá de nada.

—Como quieras —aceptó sin más conociendo el mal humor de Daraes—. Eduar aparecerá tarde o temprano, has ofrecido una gran recompensa por hallarlo sano y salvo. Si es cierto que ha tomado un barco hacia Liam, nos resultará sencillo dar con él allí. Liam es una ciudad pequeña y la conozco bien.

—Lo que me preocupa es que se marche antes de nuestra llegada. Debí obligar a la nave que he contratado a partir de inmediato. —El hombre apretó los dientes—. Eduar siempre va un paso por delante. Pero ¿cómo lo consigue? Nunca había viajado solo y, sin embargo, se ha desenvuelto como un experto.

—Quizá sea gracias al Invasor —dijo su hermano con mesura.

Daraes soltó un largo suspiro. En cuanto le pusiera las manos encima al maldito Invasor le daría tal paliza que iba a lamentar haber envenenado la mente de Eduar para escapar con él.

Algo brilló en la lejanía. Daraes entrecerró los ojos y se aferró al murete como si con eso pudiera ver mejor.

Vislumbró unas sombras oscuras cerca de la costa.

Eran como cáscaras de almendras en la superficie de un charco.

Algunas emitieron destellos rojizos. Lamentó que su vista ya no fuera tan buena y le hizo una señal a su hermano para que se acercara.

Entonces, las campanas de la ciudad comenzaron a teñir para avisar a la población del peligro.

El bullicio de la ciudad se apagó al instante.

—Los Invasores —murmuró su hermano con el rostro pálido.

Las siluetas que veía en el mar eran barcos. Daraes contempló la imagen de aquellas naves de acero, contó al menos veinte y se estremeció. Imaginó las velas rojas que portaban, aunque no pudiera distinguirlas en la oscuridad de la noche.

—Date prisa y ve por nuestras cosas, nos marchamos de inmediato —ordenó Daraes sin apartar la vista del mar.

Su hermano lo obedeció sin dudar. Daraes se separó un poco del muro cuando el cielo quedó iluminado por una docena de bolas de fuego.

Estas escaparon de los barcos emitiendo unos chillidos tan estridentes que hasta él pudo oírlos a pesar de la distancia.

Sintió la sangre helarse en sus venas; por alguna razón, aquellos gritos lo angustiaron.

Tuvo que admitir que aquellas esferas llameantes eran aterradoras y hermosas al mismo tiempo.

Impactaron contra el muelle y las primeras calles, destruyéndolo todo como si no fueran más que simples montones de arena.

El edificio en el que se encontraban tembló ligeramente.

Las llamas se alzaron mientras Tirian era devorada por el caos y el fuego.

Daraes decidió no esperar más y salió a la carrera en busca de su hermano; debían abandonar la ciudad antes de que la lucha los alcanzara.

Se alegró de todo corazón que Eduar estuviera ya lejos de allí.

El mundo le pareció de pronto demasiado terrible para un niño tan bondadoso como él. Esperaba encontrarlo pronto.