Marial-Pat
La reconstrucción de la ciudad se encontraba estancada, pues cubrir las necesidades del ejército tenía mayor prioridad.
A Gastor le había costado un gran esfuerzo conseguir que los nobles contribuyeran económicamente para comprar armas.
Quedaba poco para partir a las Avíseas. No podían demorarlo más si querían llegar en primavera.
Gastor no había logrado reunir a todos los soldados que deseaba, pero se conformaría con aquellos de los que disponía.
Contaba con enrolar a más durante el viaje.
Las mujeres alistadas continuaban con su entrenamiento.
Mayara y Oxa instruían personalmente a una veintena de ellas, y estas a su vez enseñaban a las demás.
Gastor trabajaba mucho y dormía poco, tenía la sensación de que, si se sentaba un instante, el mundo se derrumbaría bajo sus pies. El consejo seguía oponiéndose a la mayoría de sus decisiones, pero ya no ejercían poder alguno.
Cruzó el patio de entrenamiento y fue a la armería. Ádria estaba allí revisando un montón de espadas. El hajaek levantó la cabeza al sentir su presencia.
—Estas armas son de poca calidad —dijo Ádria soltando una de ellas.
—Tendremos que conformarnos, ya no disponemos de tiempo. —Gastor miró al hajaek con atención, siempre se lo encontraba allá donde fuera—. ¿Por qué me sigues?
—Le prometí a Quiazz que te mantendría con vida.
El general soltó un bufido y decidió guardar silencio.
Ya había aprendido que si trataba de rebatirle algo al dárico siempre acababa perdiendo.
Tratar con él era como caminar por una fina cuerda a punto de romperse.
Se despidió de Ádria y fue hacia su despacho.
Allí encontró a Oxa y al comandante Beres discutiendo.
Sospechaba cuál era su tema de conversación.
Las protestas por la irrupción de las mujeres en el ejército acaparaban la atención esos días.
Gastor las había emplazado en el ala oeste del cuartel, pero no evitaba que amanecerían con pintadas en las paredes del edificio, siempre con mensajes obscenos o amenazadores.
Oxa quería perseguir a los responsables y darles una lección que ningún soldado olvidara.
Beres había asignado la seguridad de la zona a los rompedores, cosa que indignaba aún más a las afectadas.
—No quiero saber nada del tema, tendréis que resolvedlo vosotros —dijo Gastor mientras bebía un poco de agua—. Beres, deberás aprender a escuchar a Oxa.
—¿Ahora soy yo el problema? Confías en mí para dejarme a cargo de la ciudad en tu ausencia, pero ¿he de prestar atención a las palabras de una niña? —Ignoró de forma deliberada la mirada hosca de Oxa—. Los rompedores mantendrán vigilada el ala oeste y no pienso ceder.
Llamaron a la puerta y Beres se apresuró a abrir. Era una chica que traía un sobre con el sello del consejo. Beres se lo arrebató de la mano y cerró de un portazo. Se lo tendió a Gastor que leyó el mensaje con calma mientras se rascaba la frente.
—Déjame adivinar, quieren una reunión para convencerte de que no te lleves a los soldados a las Avíseas —comentó Beres con las cejas alzadas.
—Pues no. El Galaef me pide que vaya a la biblioteca.
Era extraño que quisiera verlo a solas. Gastor no podía salir del despacho sin que lo acosaran a peticiones y quejas.
Llevaba encerrado todo el día para poder adelantar trabajo.
Tenía demasiados asuntos al mismo tiempo, no podía desperdiciarlo en una conversación con el Galaef.
Pero debía acudir, así que se levantó de la silla.
—Cambiemos de ropa —le pidió Beres mientras se quitaba la chaqueta—. Si vas con mi uniforme pasarás desapercibido y nadie te molestará en el camino. Yo me quedaré terminando de revisar esos condenados informes.
Gastor asintió conforme. Ambos tenían una complexión parecida así que nadie notaría el engaño mientras no se descubriera el rostro.
Una suave lluvia invernal caía sobre la ciudad cuando el general abandonaba el cuartel.
Decidió caminar en un intento de despejar su mente.
Los días se habían acortado y una densa capa de nubes mantenía el ambiente gélido.
La gente enfermaba con extrañas dolencias que afectaban a los pulmones y muchos granjeros sufrían las terribles pérdidas de sus cosechas.
Nadie ponía en duda la amenaza de los Olvidados, era como si estuvieran secando el mundo.
Había escasez de alimentos, pero Gastor esperaba solventarlo con la marcha de los soldados.
Agarró con fuerza la capucha cuando el aire estuvo a punto de arrancársela.
Las finas gotas de agua empapaban la tela.
Cruzó las calles silenciosas. La gente se apartaba un poco al verlo, pero notaba una presencia a su espalda, una especie de sombra lánguida que se consumía al volver la vista.
La persistencia de un ente caminando agazapado tras él lo persiguió todo el camino.
Escrutó su entorno con cautela, desde los tejados de las casas hasta las ventanas mejor cerradas.
Nada. No escuchaba pasos ni conseguía capturar con la vista el más leve movimiento.
Sin embargo, allí seguía la percepción, aferrada a su nuca.
Cuando llegó a la biblioteca tenía las botas caladas y una pesadez en la cabeza que solo aliviaría con varias horas de sueño.
Las mesas de la planta baja estaban completas; los estudiantes se afanaban en sus lecturas como si buscaran huir de la realidad que los rodeaba.
Gastor subió a la tercera planta, en la que el consejo solía disponer de una sala de reuniones.
Llamó con el puño, sorprendido de que no hubiera guardias en la puerta.
La voz del Galaef traspasó la gruesa madera. Le pedía que entrara.
—Me has hecho esperar —le reprochó el anciano. Estaba sentado bebiendo un poco de té—. ¿Has colgado tu uniforme? ¿Extrañabas tu época como rompedor?
—Algo así —respondió Gastor con frialdad.
El anciano señaló el asiento al otro lado de la mesa. Gastor lo tomó y aceptó una taza de té. Olía a manzanilla.
—¿Creías en el mundo inmortal antes de la batalla? —preguntó Gastor.
—No. Siempre pensé que todo era invención de los dáricos.
Me reí en muchas ocasiones de sus creencias.
—El Galaef se removió incómodo en la silla—.
Ahora me siento un necio por haberlo hecho, aunque no tengo claro si su deidad vino a salvarnos o no.
Lo cierto es que la gente ha cambiado, el miedo nos corroe a todos.
Me cuesta admitir que Zaraen siempre tuvo razón al decir que estábamos caminando hacia la perdición.
Y creo que esta llegará pronto. Seguimos desunidos.
Debimos darte la corona antes de que Quiazz regresara, o incluso, dártela a pesar de él.
—¿Culpas a Quiazz de nuestras desdichas? —Gastor dejó la taza en la mesa, pero mantuvo la calma. Le pareció que el anciano estaba exagerando.
—El rumor de que Quiazz y la endómica viajan en busca de un arma que nos ayude en la batalla no ha convencido a todos.
Muchos lo creen falso. —El anciano rozó el filo de su taza con la punta de los dedos—.
La gente está furiosa por la partida del joven, ¿por qué impidió que tú gobernaras si iba a marcharse?
Y, por si fuera poco, algunos nobles como los Nel, quieren impedir que el ejército parta a las Avíseas. No confían en tu plan.
—¿Y cómo piensan impedirlo? —Gastor sintió que se le revolvían las tripas.
—Ahí es dónde intervengo yo. —Sus dedos se crisparon sobre la mesa.
Las uñas del Galaef rasparon la delicada madera—.
Pero antes me gustaría comentar algo. Pienso mucho en Zaraen últimamente.
Le exigimos demasiado, lo exprimimos hasta que ya no pudo darnos más y decidió tomar su propio camino.
Y eso es algo que pensábamos repetir contigo.
Quiazz fue listo. Se interpuso entre la corona y tú para evitarlo.
—Eso ya lo sé, a Quiazz jamás le interesó el poder —dijo el general.
Gastor miró de reojo hacia la puerta y prestó oídos al exterior. No tenía dudas de que había alguien al otro lado. Seguía sin comprender qué quería el anciano de él.
—Pero al final, sin importar quien fuera rey de los dos, creímos que lograríamos manejaros. Pero no sois como Zaraen. Tenéis una fuerza distinta que erradica en vuestra unión. —El anciano se inclinó sobre la mesa—. Y eso os ha hecho muy peligrosos.
Gastor se cansó de escucharlo, hacía tiempo que los ancianos no influían en él. Quiso levantarse, pero notó el cuerpo pesado y engarrotado. Uno de los brazos le cayó lánguido junto al costado. Se resbaló un poco de la silla y gruñó por la frustración. El Galaef lo observaba con ojos enrojecidos.
—Hablábamos de cómo van a impedir los Nel que te lleves al ejército.
—El anciano retomó la conversación sin prestar atención al estado de Gastor—.
Evitarán tu muerte, pues no quieren convertirte en mártir, así que te acusarán de un grave asesinato y serás encerrado.
Saldrás indemne; al fin y al cabo, tienes la lealtad de tus soldados.
No permitirán que su general acabe sus días en prisión. Pero conseguirlo les llevará tiempo.
—Malnacidos… —murmuró Gastor con esfuerzo.
El anciano extrajo una daga de su cinturón. Lo hizo despacio mientras observaba la empuñadura dorada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y las manos comenzaron a temblarle. Gastor intentó moverse sin éxito, su cuerpo no le respondía. El Galaef dirigió la mirada hacia el té.
—Lo lamento. —El viejo aferró el cuchillo con fuerza—. Debo hacerlo para salvar la vida de mi familia. Ambos hemos sido traicionados, Gastor.
No podía ni siquiera gritar. El general cayó hacia un lado y se deslizó hacia el suelo.
Contempló al anciano rajarse las muñecas y cómo la sangre se derramó sobre la mesa.
El Galaef le dedicó una mirada atroz mientras moría.
Gastor se quedó bocarriba, todos sus intentos por incorporarse solo lograron frustrarlo.
Su vista comenzaba a enturbiarse. La puerta se abrió despacio y distinguió la silueta de un enmascarado. Era un gaeshan.
El soldado le arrebató el cuchillo al Galaef, lo depositó en la mano de Gastor y cerró sus dedos alrededor del mango.
El general ni siquiera tenía control para soltarlo.
Expulsó un profundo gruñido en respuesta; le hubiera gustado arrancarle los ojos al desgraciado.
La droga que le habían suministrado con el té agotaba sus últimas fuerzas.
Iba a perder el conocimiento. ¿Despertaría en una celda?
Entonces, una espada atravesó el pecho del gaeshan y la sangre salpicó el rostro del general.
La hoja de acero salió del cuerpo despacio, y una imponente silueta apareció tras el para apartar el cadáver a un lado.
Gastor no tuvo tiempo de reconocerlo, la luz se apagó para él y se sumió en un largo sueño.
Recuperó el conocimiento al amanecer. Le costó recordar lo ocurrido, las imágenes fluían desordenadas por su mente.
Tenía la boca seca y pastosa, los músculos engarrotados y padecía un tremendo dolor de cabeza.
Abrió los ojos ante la escasa luz de una lámpara, aunque las cortinas mantenían la estancia en penumbras.
Olía a rosas. Gastor escuchó el suspiro pausado de alguien a su lado y giró la cabeza. Era Annie.
—Eres más afortunado de lo que mereces. —La voz de la mujer le hizo daño en los oídos—. Te advertí del peligro de relacionarte con los gaeshan.
—¿Cómo he llegado aquí? —Presionó sus sienes para aliviar el intenso dolor.
Annie le acercó un vaso con agua y Gastor lo bebió sin respirar. Se sentía enfermo. Maldijo al Galaef, deseó que siguiera con vida para poder cortarle la garganta él mismo. Tomó asiento en la cama, era incapaz de levantarse aún.
—Háblame de lo ocurrido, y sé sincera —le pidió.
—Ese dárico llamado Ádria te estuvo siguiendo desde que dejaste el cuartel.
Si no llega a ser por él a saber dónde estarías ahora.
—La mujer regresó a su asiento y se retocó el moño—.
Te sacó a escondidas de la biblioteca y te trajo directamente aquí.
El ejército ha impuesto el estado de alarma por el asesinato del Galaef.
La gente está conmocionada, incluso los nobles se han mostrado sorprendidos.
En estos momentos, tú te encuentras intentando dar caza a los asesinos.
Preguntes al soldado que preguntes, todos afirman que han visto al general en algún momento de la noche.
No olvides dar las gracias a tus hombres.
—No lo haré —soltó con cinismo el general.
Cerró los ojos y trató de pensar. El Galaef le había advertido que ambos habían sido traicionados.
Si los Nel estaban detrás de todo, o bien habían contratado a los gaeshan, o estos se habían aliado con ellos.
Sintió lástima del hombre, lo habían obligado a elegir entre su propia vida o la de su familia.
Golpeó con la cabeza la estructura de madera de la cama y se frotó los ojos. No tenía tiempo para algo así.
Trataban de impedir que partiera a las Avíseas, pero no lo conseguirían.