Alviat
Cada día distinguía con mayor claridad a traidores y leales de Kishur.
Sorastalez se rodeaba de un nutrido grupo de nobles que lo manejaban a su antojo.
Susurraban en su oído palabras en contra de su descendiente, alimentando su rencor.
El Galaef le había advertido que ni él ni los miembros del consejo podían controlar al rey.
«El dárico gris me pidió en su carta que tratara de apaciguarlo, de hacerle entrar en razón., pero me temo que eso ya no es posible», había admitido el anciano.
Claro que no, la sangre maldita gobernaba su mente desde hacía tiempo.
—No he oído tu regreso a casa. —Su esposa acababa de irrumpir en la estancia. Dejó un libro sobre la mesa y fue junto a él—. ¿Has logrado impedir las ejecuciones?
—Me temo que no.
Borat cerró los ojos mientras tomaba aire y se frotaba la nuca.
Esa misma tarde habían ejecutado a los padres y al hermano de Mayara por ayudarla a escapar.
Todos sus esfuerzos para librarlos de la muerte fueron en vano.
Era difícil mantenerse firme ante tanta atrocidad, aparentar indiferencia para no mostrar sus verdaderas intenciones.
Si el dárico gris tardaba demasiado en volver, Borat acabaría asesinando a Sorastalez aunque eso lo condujera a la perdición.
Lianda tomó su mano y el general la abrazó.
—¿En qué nos estamos convirtiendo? Nos acusamos unos a otros de traición, el miedo atenaza a nuestra gente que elige mirar hacia otro lado.
Son tan pocos los que se mantienen firmes…
—Borat besó el pelo de su esposa y volvió junto al fuego, aunque ni el calor de las llamas lo reconfortaban esa noche—.
Los dioses nos castigarán. Estamos mancillando el recuerdo de Raehlan-Tae, se sacrificó mientras trataba de evitar que se vertiera nuestra propia sangre en Fraem-Lab. Y míranos ahora.
—Sorastalez jamás debió recuperar la corona. —Lianda miró por la ventana.
—Ese no es el único error. Debí arrancarle el corazón a esa maldita de Alhanna. —Apretó los puños con fuerza—. Su rostro no me permite dormir en paz, la veo siempre riéndose, con los labios manchados de sangre. Se ríe de mí por no haberla detenido.
—Ella no es la culpable —mencionó su esposa con calma.
Claro que lo era, por irrumpir en la vida de su señor y torcer su camino. Algún día pagaría por ello, de eso no tenía dudas. Alhanna caería.
Sorastalez era tan solo un infante. Se había escapado de la vigilancia de sus profesores y corría en busca de su padre.
Necesitaba verlo y descubrir que era mentira, que todos los que hablaban de su enfermedad estaban equivocados.
«El rey ha sucumbido a la sangre maldita, no podéis acercaros a él», le repetían una y otra vez.
Sorastalez no podía creer algo así. Su padre, Harkut, era el dárico más fuerte de cuantos existían, jamás se rendiría ante semejante mal.
El infante alcanzó el pequeño jardín y allí lo encontró, sentado en un banco de piedra. Fue junto a él sin dudarlo.
—Padre —lo llamó con voz infantil.
—Dicen que estoy loco por creer que los Olvidados asesinaran a mi hermano y a mi esposa. Pero yo sé lo que vi. —La voz glacial de Harkut lo inquietó—. Aquel niño de ojos castaños no poseía nombre alguno. Arrancó sus corazones con sus manos convertidas en terribles garras. Y rio mientras lo hacía.
Sorastalez tembló al oír sus palabras, nadie hablaba sobre la muerte de su madre.
—¿Eres tú otro ser maligno? ¿Vienes a por mí? —preguntó el monarca.
—¡No, soy yo! —El pequeño tomó sus manos—. Padre, soy yo. ¡Soras!
Harkut levantó la cabeza y el pequeño quedó paralizado ante las manchas negras que mostraba bajo los ojos.
Quiso alejarse de él, pero su padre lo impidió.
Lo aferró del cuello y apretó sus dedos con fuerza.
El infante golpeó los brazos del rey cuando el aire escapó de sus pulmones.
No podía respirar y el dolor se le hizo insoportable.
Lo tiró al suelo y Harkut cayó sobre él con fiereza.
—¡Estoy cansado de luchar! Si muero ahora, ¿volveré a nacer? —No cedió la presión mientras Sorastalez se asfixiaba—. Si acabo contigo quizá no ocurra de nuevo.
Las lágrimas corrieron por las pálidas mejillas del rey. El pequeño quería gritar, pero no podía. El cabello gris de su padre le acariciaba la cara. La oscuridad se cernió sobre el infante sin remisión, pero una voz dulce y jovial logró mantenerlo consciente.
—Suéltalo, Raehlan. Si acabas con su vida jamás te lo perdonarás. —Entre los nubarrones que lo arrastraban a la inconsciencia, el infante distinguió la alta figura de un dárico de cabello y ojos dorados. Un demonio—. Te haré olvidar, Raehlan.
Sorastalez abrió los ojos y se limpió las lágrimas.
Detestaba soñar con el pasado, lo dejaba desolado.
No recordaba nada después de oír la voz del demonio que había llamado a su padre con el nombre de Raehlan.
El mismo que lo había visitado semanas atrás para amenazarlo con sus temibles garras.
Desde el funesto día que su padre intentó asesinarlo, Sorastalez guardaba hacia él un profundo rencor.
Jamás volvió a pensar en Harkut con amor, sino con odio.
Le hubiera gustado que, en lugar de recuperarse de la sangre maldita, su padre hubiera muerto.
El odio y el rencor que guardaba en su corazón se extendieron a Kishur cuando de infante lo llamó Soras.
«Quizá si te hubiera matado no habría vuelto a nacer», le había dicho el pequeño de cabello gris.
Sorastalez comenzó a temer a su descendiente tanto como a su padre.
Fue a la mesa desordenada y observó el papel que había firmado esa tarde: el acuerdo con el rey de los zarefíes.
Le abriría las puertas de Alviat y obtendría su ayuda para detener al dárico gris.
Debía limpiar la ciudad de traidores, acabar con la maldad, o de lo contrario, los dioses los castigarían.
Sin fuerzas para afrontar una nueva noche plagada de pesadillas, se dirigió hacia la que había sido la estancia de su esposa.
Solo él tenía la llave. Se sentó en el sillón frente a la ventana, el mismo en el que ella solía descansar.
Acarició con dedos trémulos el reposabrazos y comenzó a sollozar al recordar la muerte de su amada.
«Me dejaste solo demasiado pronto», pensó.
Ojalá hubiera sido capaz de salvarla. Pero lo que más deseaba era poder reunirse con ella en el mundo venidero.