Jarla-Neva
Shaen sonrió. Al parecer, Raehlan también había traicionado a su propia gente.
Los dáricos se encontraban enfrentados entre sí por su culpa.
Le habían quitado la corona y eso satisfacía al zarefí profundamente.
Se alegraba de que por fin los suyos fueran capaces de percibir la verdadera maldad que poseía el dárico gris.
Los emisarios que envió a Fraem-Lab llegaron esa mañana, acompañados de diez soldados y el rector, el máximo mandatario de la ciudad.
—¿Sabes por qué Raehlan-Tae fue y será siempre nuestro enemigo?
—preguntó Shaen al rector—. Porque consiguió entrar en Zahel ante los ojos de nuestro rey Edgar y de nuestros soldados mientras combatían contra los kalastys.
Para ocultarlo, asesinó a nuestro gobernante y condenó a mi pueblo a permanecer en Falar-Shan.
—Nuestra historia no cuenta eso —dijo el dárico, incómodo.
—Claro que no. Nadie presta oídos a las voces de los que fueron derrotados.
Conseguiremos que nuestra verdad llegue a todos los rincones de Muriath.
—Shaen ignoró a los dáricos que permanecían en formación frente a ellos—.
Raehlan prohibió a todos viajar a Falar-Shan.
¿Nunca os hicisteis preguntas? Quería esconder la verdad sobre su crimen y para ello castigó a todo un pueblo y a sus descendientes.
El rector temía al dárico gris. Estaba convencido de que la llegada de demonios era obra suya, prueba de ello fue que no solo estuvieron en Fraem-Lab, sino que también alcanzaron la montaña de los Moradores.
Incluso a Alviat. El mal que los rodeaba e infestaba las mentes de sus congéneres tenía como origen al dárico gris.
Shaen sintió regocijo ante la animadversión hacia Raehlan. La aprovecharía.
—Sorastalez fue informado de vuestra llegada —dijo entonces el rector—.
Podréis entrar en Alviat y sentaros con él a negociar libremente.
Le ha agradado la ayuda que ofrecéis para combatir a los humanos.
Se han convertido en un verdadero problema.
Cortar los caminos y echarlos de nuestras tierras no es suficiente.
Atacaron la montaña de los Moradores y murieron demasiados soldados.
—¿Y tu rey sabe lo que quiero a cambio de la alianza? —preguntó Shaen.
—Lo mismo que él. Lo mismo que todos. —El rector se colocó bien la capa.
Eso lo complacía. Shaen traería a su gente a este lado del Cario y conseguiría la cabeza de Raehlan-Tae.
A cambio, tenía que acabar con la amenaza que suponían los humanos, ser la mano ejecutora de los dáricos.
Una vez más, usaban a su pueblo para acabar con el enemigo sin ensuciarse las manos.
Pero no le importaba, porque después les llegaría el turno a los propios dáricos. Shaen los haría caer.
Caminaron hacia los hajaeks que acompañaban al rector. Sus rostros no reflejaban nada. Las negras pupilas inspeccionaron a Shaen, pero las cicatrices que lucía en la cara impedían que tuvieran una clara visión sobre él.
—Partiremos al amanecer. Mis soldados continuarán expulsando a los humanos de sus tierras. —Shaen alzó la barbilla y miró al rector con orgullo—. Y yo me instalaré en Alviat para asegurarme de que el acuerdo se cumple.
—¿Ponéis en duda la palabra de nuestro monarca? —El rector habló con rabia.
—Pongo en duda la tuya. De vuestro rey solo he obtenido información a través de ti. Por supuesto que desconfío. Solo cuando me siente a su lado sabré que todo es cierto. —Desvió la mirada hacia los hajaeks—. Podéis marcharos.
El rostro del dárico cambió de forma drástica durante un instante, lo suficiente para que Shaen pudiera ver la inquina en sus ojos.
Los dáricos no eran tan perfectos como se esforzaban en aparentar.
Aprovecharía su debilidad para cernirse sobre ellos; tarde o temprano, pagarían por el crimen de haberlos obligado a padecer durante siglos en Falar-Shan.
Ya todo estaba en marcha, no había vuelta atrás. Ni para él ni para sus hijos. Llevaba casi toda su vida preparándose para la guerra y para encontrar a Raehlan-Tae.
Recordaba con total precisión su ceremonia del traspaso.
El miedo, la duda, las visiones. Shaen había presenciado la vida del dárico gris, y por ello lo detestaba aún con más fuerza.
Tal como le advirtió su padre, y como él mismo había avisado a sus hijos, había conocido una verdad y había recibido una orden.
La verdad era que Raehlan-Tae seguía entre ellos, reencarnándose en cada generación.
Lo segundo consistía en matarlo y, de ese modo, salvar a su gente.
Durante la ceremonia, después de caer bajo el influjo de Egoresa, fue conducido a una playa donde el sol brillaba de una forma que él jamás había disfrutado.
Un desconocido se presentó ante él, parecía un dárico aunque siempre tuvo la certeza de que era otro tipo de ser: un inmortal.
«Debes acabar con la vida de Raehlan, solo así conseguirás liberar a tu pueblo», le dijo. Se estremecía al pensar en sus ojos grises, tan claros como el cristal.
Desde entonces, aquel dárico de cabello negro había aparecido en sus sueños, y siempre para recordarle su cometido. «Pronto tendrás tu venganza», le inculcaba. El rey zarefí sentía la victoria cada vez más cerca.