El Hicama
Litzzia conversaba en el puente con el capitán, al parecer era una apasionada de la navegación. De vez en cuando, Kishur desviaba la vista hacia ella y sonreía.
—Sigue sin caerme bien —murmuró Alhanna con burla—. La tolero solo por ti.
—Y yo permito que la inmortal siga con nosotros—hizo una pausa para mirarla y levantar una ceja—, solo por ti.
¿Has dejado que la Olvidada ahonde en tus recuerdos?
—Alhanna negó con la cabeza—. Bien, porque no sabrías si lo que te muestra es real o una manipulación.
No permitas que entre en tu cabeza, ya tienes bastante ruido en ella.
—He intentado expulsar a los dragones, pero no quieren abandonarme. Y siguen sin comunicarse de forma adecuada para que pueda entenderlos. —Alhanna cerró un instante los ojos—. Solo guardan silencio cuando estás a mi lado.
—Pues deberás encontrar el modo de dejarlos ir.
Alhanna presionó con los dedos la marca de su mano.
El zumbido que emitían las criaturas la mortificaba día y noche.
¿Por qué se empañaban en quedarse a su lado?
Kishur le colocó un mechón de cabello detrás de la oreja y ella sonrió.
Alhanna sintió el peso de la esfera negra en su cuello.
Aún no le había dado una respuesta a Záfira y cada día su determinación flaqueaba un poco más.
La compañía de Kishur le hacía dudar. Al final era él quien estaba aprovechando el viaje para confundirla.
A su lado las cosas eran diferentes, había calma y cariño.
El recuerdo de Hagnak y la cruenta batalla comenzaba a quedar relegad a un rincón de su memoria.
Sintió el estómago revuelto, pero trató de ocultarlo.
Últimamente se encontraba mal a ratos, pero era algo pasajero y enseguida se olvidaba del motivo que lo propiciaba.
No deseaba que los demás lo descubrieran, al menos, de momento.
Solo Quiazz conocía el secreto que ocultaba Alhanna, y el joven jamás lo revelaría.
Ella aún no sabía qué iba a hacer, cómo aceptar lo que le sucedía.
El barco se mecía con suavidad, con las velas hinchadas con el viento. Záfira se afanada en limpiar la cubierta. Encerró en la mano la esfera negra de Osharan.
—¿Qué ocurriría si la rompiera? —preguntó Alhanna de pronto.
—Pues que el Dragón aparecería frente a ti. —Záfira se apresuró a responder.
La inmortal llevaba un buen rato cerca de ellos pasando el cepillo por la húmeda cubierta.
Kishur le asestó una fría mirada y la Olvidada se alejó tanto como pudo.
Záfira siempre rehuía los ojos del dárico.
En ese momento, Quiazz dejó caer la lanza con estrépito y ambos se volvieron hacia él.
Sandar reía mientras el joven se apoyaba en las rodillas para recuperar el aliento.
—Si quieres aprender a eludir nuestra visión, debes esforzarte más. —Sandar le dio una palmada en la espalda y lo ayudó a recuperar el arma—. Pareces un infante.
El aire arreció de pronto. Kishur se incorporó de inmediato y levantó la mirada al cielo.
Sandar hizo lo mismo. Una veintena de dragones grises volaban sobre el Hicama.
Las criaturas que Alhanna mantenía encerradas en su interior rugieron frenéticas, como si intentaran llamar a sus hermanos.
El zumbido resonó en su mente. Se llevó las manos a las sienes y apretó con fuerza, pero eso no aliviaba la presión. Maldijo a las criaturas.
El dolor se volvió insoportable y Alhanna sintió unas poderosas manos sobre sus hombros.
Era Kishur. De inmediato, los dragones callaron aliviando su malestar, aunque quedó mareada.
Los dragones que surcaban el cielo desaparecieron entre los jirones de nubes.
Quizá se dirigieran también hacia las Avíseas.
El tiempo se les echaba encima, el invierno se encrudecía y ellos aún estaban lejos de su destino.
El cielo tronaba con violencia y arrojaba un aguacero que le impedía ver con claridad.
La noche se cernía sobre el bosque mientras corría con sus últimas fuerzas.
Notaba el cuerpo tan dolorido y engarrotado que se desplomaría en cualquier momento.
Había perdido gran parte de su poder, se sentía poco más que un despojo.
Asustada, se arrastró hasta detrás del grueso tronco de una encina.
La madera le raspó la espalda. Creyó escuchar la risa de los árboles, que se burlaban de ella.
Cuando el alarido de la bestia reverberó en el bosque, emprendió la huida.
Sus pies desnudos resbalaban con el barro.
Notaba los profundos cortes en las plantas y las pantorrillas. Quiso rendirse.
Alhanna casi no podía respirar y el agua entraba en su boca con cada bocanada de aire. De pronto, había olvidado qué clase de criatura la perseguía. ¿Dónde estaba? Su cuerpo no respondía a sus propios deseos y continuaba avanzando sin remedio.
Un rugido animal resonó a su alrededor y algo viscoso atrapó sus tobillos.
Cayó de bruces contra el suelo y enseguida sintió el gusto de la sangre en su boca.
Al darse la vuelta, una espantosa criatura saltó sobre ella.
Era traslúcida y de un tono rosado casi mágico.
Alhanna logró esquivarla y ponerse en pie.
Las largas extremidades del ente la rodearon y sintió como si miles de avispas clavaran el aguijón en su piel.
La cabeza carecía de ojos, solo tenía una enorme boca de la que surgieron cientos de colmillos.
Estos se clavaron en su hombro, arrancando su lanfe. Gritó ante el lacerante dolor.
El miedo se extendió como la gangrena por sus entrañas.
Entonces, la lluvia remitió y un cúmulo de sombras se movió entre los árboles, reptaron por los troncos y se alzaron formando una cúpula sobre ella.
La criatura la soltó y emitió un chillido aterrador.
De aquella oscuridad emanó un lodo denso que fue tomando forma poco a poco.
Alhanna sintió el abrumador poder de Osharan.
Aquel ente fantasmal huyó y la forma espesa de Oscuridad se lanzó para perseguirla.
Ella corrió en dirección contraria. No se detuvo hasta que las primeras luces del amanecer resplandecieron en el cielo emborronado por las nubes de tormenta.
Alcanzó un pequeño lago y se dejó caer junto al borde, exhausta.
Necesitaba beber y cuando acercó el rostro al agua pudo ver su reflejo.
Se quedó sin aliento. ¿Quién era aquella mujer que contemplaba en la superficie?
Alhanna se acarició el largo cabello sin dejar de mirar la imagen y alzó un mechón frente a sus ojos. Era del color de la plata.
Despertó con las sábanas retorcidas entre las manos; casi no podía respirar.
Notaba la saliva amarga y tuvo que girarse en la cama cuando el vómito ascendió por el esófago.
Vació el poco contenido de su estómago en el cubo.
Alhanna miró el techo del camarote tratando de encontrar sentido a esa nueva pesadilla.
La había percibido demasiado real. Encerró con fuerza el cristal de Osharan en su mano.
¿Habría atrapado a aquella perversa criatura?
No tuvo dudas de la clase de ser que era: un ente de Egoresa.
Kishur volvió a soñar con Khaleria, quien huía de una terrible bestia.
Intentó correr tras la diosa, pero el tremendo peso de su espada le impedía ir más veloz.
Gritó su nombre una y otra vez con la esperanza de que ella lo oyera.
Quería protegerla con todas sus fuerzas, salvarla.
Entonces, una densa oscuridad lo cubrió todo y Kishur cayó en un profundo agujero.
Intentó escalar por las paredes, pero el lodo se desprendía entre sus dedos.
Unos huesos descansaban allí. Observó la calavera que parecía contemplarlo sin piedad.
«La tumba te aguarda, tus huesos han de volver a ella», oyó la voz de Alhanna.
El dárico aún reflexionaba sobre la pesadilla.
No era la primera vez que soñaba con una tumba.
¿Qué significaba? Una idea prendía en su mente, pero se negaba a aceptarla.
Era imposible. En su encuentro con Hagnak durante la batalla, este había dicho cosas que lo confundían, pero que poco a poco comenzaban a tomar forma.
Raehlan fue un simple dárico, pero Kishur recordaba no haber tenido ombligo.
«Fui creado por el Dragón», se dijo. No podía ser de otro modo.
Por esa razón Osharan aseguraba que él le pertenecía.
Sandar encendió la pipa, captando su atención. Sintió un profundo alivio, pues no deseaba seguir el curso de sus pensamientos y lo observó con curiosidad. No se había acostumbrado del todo a las excentricidades del general.
—¿Os molesta que fume? —preguntó Sandar tras darle una calada.
—Siéntete libre de hacer lo que quieras.
—Kishur se apoyó en la balaustrada de madera—.
La prohibición de hacer cosas tan cotidianas como fumar o cantar frente a los demás solo ha conseguido arrebatarnos libertad.
Nos educan desde infantes a ocultar nuestros sentimientos y nos encerramos en nosotros mismos.
Ni siquiera podemos llorar ante nuestro dolor.
Hace mucho que perdimos la empatía hacia aquellos que no forman parte de nuestro círculo más íntimo.
Y eso nos ha hecho fracasar como sociedad.
—¿Pensáis que nuestra raza está perdida? —Sandar expulsó el denso humo.
—Creo que aún es posible ponerle remedio. Los que me apoyaron en el golpe de estado lo hicieron con esa esperanza. Querían ser libres de tomar sus propias decisiones. —Sandar le ofreció la pipa y Kishur la rechazó con un gesto de la mano—. Responde a algo: ¿te crees superior a los humanos?
—Os va a resultar extraña mi respuesta. —El viento le agitó el cabello castaño—: Siempre he sentido una gran fascinación hacia ellos.
Dediqué tiempo en mi juventud a estudiarlos.
Son caóticos e incomprensibles, un verdadero rompecabezas.
Cambian muy rápido, evolucionan a pasos apresurados.
Supongo que se debe a su corta vida, es como si sintieran que tienen que aprovechar cada instante.
No dejan espacio para la simple contemplación del mundo.
—Sandar se rascó el mentón y miró a Kishur—.
Pero jamás he pensado que fuéramos superiores, solo que tenemos mayor ventaja.
Unas condiciones culturales, religiosas y militares que ellos no. Y una vida más longeva.
La respuesta sorprendió a Kishur, pero solo al principio.
Al fin y al cabo, los habitantes de Runna tenían la mente abierta a los cambios.
Comerciaban con humanos y kalastys y mantenían buenas relaciones con ambas razas.
El nacimiento de Litzzia fue prueba de ello.
En Alviat jamás se habría permitido algo semejante.
—Yo aprendí a despreciarlos, más aún tras la batalla de Caen-Laj.
—Kishur se apartó el pelo de la cara—. Luego, acabé viajando con un grupo de humanos por simple casualidad.
Llegué a considerarlos amigos y lamenté su pérdida.
Hicieron que sintiera vergüenza por mi arrogancia, por creerme mejor que ellos.
—Bueno, en vuestro caso es natural, sois el dárico gris. —Sonrió.
—Eso no significa nada. —Kishur se giró hacia el mar—.
Siendo el dárico gris condené a los zarefíes al acabar con la vida de su rey y obligarlos a permanecer en Falar-Shan tras la guerra de las razas.
Condené a los kalastys por intentar abrir la torre de Zahel y los aislé en las montañas de Eralan.
E ignoré a los humanos porque no veían el mundo con nuestros mismos ojos.
—Kishur miró entonces a Sandar, que había dejado la pipa—.
Dos mil ágaras después sigo aquí. Y no soy mejor.
El aire terminó de apagar el tabaco del general. De todos modos, ya no tenía ganas de fumar. Sandar sabía la verdad sobre Kishur, pero escucharlo hablar de ese modo lo había conmocionado.
—El camino que he emprendido ocasionará una nueva guerra de las razas. Esta vez con inmortales. —Kishur se separó de la barandilla—. Morirán muchos por mi culpa y, aunque debería sentirme mal por ello, la realidad es que sus vidas son necesarias para vencer y es cuanto me importa.
—Todo se inició con Zahel—comentó el general con cautela—, y puede que todo concluya cuando se abra. Quizás el poder que encierra sea suficiente.
—No, no creo que ese fuera el comienzo. Hay algo más, Sandar, estoy convencido.
El río se mantenía en calma. Los tripulantes se movían por la nave ataviados con gruesas ropas.
Kishur usó su ojo izquierdo y contempló su entorno de otro modo.
La energía fluía a su alrededor, los lanfes llameaban enérgicos, brillantes.
Sin embargo, al mirar su propio cuerpo, comprobó como una masa oscura se adhería a su lanfe.
Sintió el latido de su corazón contra el pecho.
¿Qué era aquello? Su lanfe parecía estar rodeado de una coraza.
«Es la Oscuridad», se dijo sin dudar. No podía ser otra cosa.