Tirian
Eduar despertó bañado en sudor, con el corazón saltando en su pecho. Se secó las lágrimas con la manga de la camisa y se incorporó. Sentía los brazos engarrotados y la cabeza muy pesada. Detestaba tener esa clase de sueños, le hacían sufrir. ¿Por qué siempre tenía la misma pesadilla?
Trató de no pensar en su tío Daraes, en ese hombre llamado Shudei, en los sueños que lo aquejaban. Se concentró en el movimiento de la ciudad. Algo reptó por una de las paredes del interior. Oyó el murmullo de unos pasos que se acercaban a él y se preparó. Ferian continuaba tratando de asustarlo.
—Ya sé que estás de vuelta, puedo oírte —le dijo Eduar cuando una sombra se alargó sobre él—. Así que deja de hacer eso, no me gusta.
—¡No seas así! —Ferian lo abrazó por detrás.
Le mostró un gran trozo de queso y un poco de pan.
Eduar salivó al instante, tenía muchísima hambre.
Sonrió feliz cuando Ferian repartió la comida entre los dos y se sentó a su lado, con las piernas colgando hacia abajo.
Comieron en silencio. Eduar la observó de reojo.
Aún se avergonzaba por la forma en la que había descubierto que en realidad era una chica.
Había ocurrido la primera vez que Eduar tuvo la idea de bañarse juntos en un río.
Le ardieron las mejillas por la vergüenza.
Habían viajado como polizones en un barco desde Edmoden, y luego subidos a carretas de comerciantes y viajeros, a veces con permiso y otras sin ser bien recibidos.
Recordaba demasiado bien el correazo que le había propinado un hombre tras descubrirlos en su carro, escondidos entre los sacos de trigo. Vivir aventuras no era tan sencillo.
—La gente está asustada, mañana partirán nuevos barcos, pero todos van hacia Marial-Pat. Y no he conseguido más pistas sobre el dárico gris —se lamentó Ferian con la boca llena—. Hay una nave que se dirige a Liam, podríamos probar allí.
—No quiero que vuelvan a pegarme por colarnos en un barco —dijo Eduar con desconfianza—. ¿Cómo has conseguido esta comida? No tenemos dinero.
—Me la han regalado. —Eduar la miró con el ceño fruncido—.
¡Claro que no! Nadie regala comida, la he robado.
Pero dejé una nota para pedir disculpas, seguro que lo entenderán, nadie querría que dos niños mueran de hambre.
Y, si no les importa, pues entonces merecen que les robase, por malas personas. No te preocupes.
Eduar suspiró y siguió comiendo. Ferian era como una borrasca, arrasaba todo a su paso.
Era capaz de estar entre adultos sin que repararan en su presencia, de robar y escabullirse sin que la vieran.
Corría veloz y saltaba con una agilidad admirable.
Eduar deseaba parecerse un poco más a ella, pero el miedo siempre lo retenía.
A veces se quedaba atrás y Ferian tenía que deshacer el camino para socorrerlo.
—He vuelto a soñar con la criatura que devora almas —murmuró Eduar.
—¿Con Egoresa? —El niño asintió en silencio—. Es horrible que algo así vaya a ocurrir, ¿has vuelto a ver zarefíes luchando contra ella? ¿Y al dárico? —Eduar afirmó de nuevo con la cabeza—. Ojalá lo encontremos pronto, debemos impedir que muera o jamás ayudará a mi gente.
—Y si no lo conseguimos, ¿qué ocurrirá? —Eduar miró a Ferian, pero ella no supo cómo responderle.
Terminaron la comida y con el estómago insatisfecho, contemplaron la ciudad que bullía bajo sus pies. Las naves mantenían trémulas luces que titilaban en la noche. Eduar pensó en los barcos de acero de los Invasores.
—Desde que somos niños se nos inculca el odio hacia Raehlan, pues fue quien nos condenó en Falar-Shan.
—Ferian observaba el mar en calma—. Descubrió el modo de entrar en Zahel y cuando nuestro rey le imploró que lo compartiera con él, Raehlan lo asesinó a sangre fría.
Y para ocultar semejante crimen y traición, condenó a todos los zarefíes que habían luchado a su lado, abandonándolos en ese marchito continente.
—Entonces, es verdad que es un monstruo. —Eduar recordaba algunas historias sobre la batalla de Cahen-Laj.
—Claro que no, es lo que nos han contado.
Mi familia ha mantenido la corona todos estos siglos a base de mentiras.
Por eso mi madre necesitaba que uno de sus hijos se convirtiera en el discípulo del Ado, para acceder a la carta de Raehlan que ocultaban bajo llave y traducirla.
Quería acabar con tanta desdicha y evitar la guerra.
—Ferian se abrazó a las piernas—. Iba a ser Agael, pero el Ado lo rechazó porque nació con los ojos negros como los dáricos y se considera que atrae las desgracias.
Así que mintió cuando nací y me hizo pasar por niño. Fui su última oportunidad.
Eduar observó perplejo a su amiga, todo lo que decía le parecía increíble. Solo era dos ágaras mayor que él, ¿cómo podía saber tantas cosas y hablar como un adulto?
—Me gustaría parecerme a ti, no le temes a nada —comenzó a decir Eduar con timidez—. No te lo he dicho, pero creo que alguien me obliga a tener algunos sueños. No lo entiendo del todo, pero lo siento así. Es muy raro y me asusta.
—¿Lo dices en serio? —Ferian se inclinó sobre él y miró sus ojos de cerca—. Si entra en tu mente, ¡solo puede ser Muriath!
A veces creía que Ferian estaba loca y decía cosas sin sentido. Empujó a su amiga para apartarla y se tumbó boca arriba. Estaba arrepentido de su confesión.
—Te dije que eras un elegido de Muriath. Puede que te necesite y por eso te introduce sueños en la mente. Pero, ¿por qué querría muerto a Raehlan? No, entonces no pude ser Muriath. —Ferian también se recostó sobre el suelo de piedra—. De cualquier forma, no debes tener miedo, yo estoy a tu lado.
—Eres tonta —murmuró él, avergonzado.
Se quedaron tumbados en silencio un buen rato hasta que Eduar sintió un calambre en la espalda y tomó asiento.
Miró de reojo a Ferian. Desde que no llevaba la máscara el sol había coloreado sus mejillas.
También se había deshecho de la peluca que la asemejaba a un león blanco.
Su verdadero cabello era suave y del mismo color que la miel.
Ella le devolvió la mirada y el niño se giró hacia el mar.
Los ojos de Ferian eran demasiado penetrantes, parecían leer sus pensamientos.
De pronto, todo cambió alrededor de Eduar.
Las apacibles naves desaparecieron engullidas por un fuerte oleaje y, en su lugar, aparecieron barcos recubiertos de acero.
Desde las imponentes naves brillaron bolas de fuego que se alzaron en la noche.
Los gritos de la gente recorrieron Tirian mientras las llamas engullían los edificios.
Eduar pudo ver más allá de la destrucción, sintió el lacerante dolor de los presos de aquellos barcos; eran humanos enjaulados que servían para alimentar la endomia que creaba el fuego.
Sus alaridos lo perturbaron. Eduar vislumbró el mar bajo sus pies y la noche oscura cerniéndose sobre él.
Percibió el tórrido calor de las llamas que consumían la ciudad. Gritó con todas sus fuerzas.
—¡Eduar! ¿Qué te pasa? —Ferian lo sacudió para sacarlo del trance.
—Tenemos que irnos. Por favor, por favor… —Se cubrió las orejas y comenzó a llorar—. No importa a dónde, pero vámonos de aquí. ¡Duele demasiado!
Se acurrucó en el suelo y Ferian lo estrechó entre sus brazos.
No soportaba ver morir a tanta gente, ¿por qué lo obligaban a presenciarlo?
Eduar tardó en calmarse, las palabras de consuelo de su amiga lograron ayudarlo.
Ella le prometía que no le pasaría nada malo, que lo salvaría de cualquier peligro, pero él sabía que no era cierto.
Era un soñador y estaba maldito. Entonces reparó en lo que significaba aquella visión.
¿Cómo podía soñar con el futuro estando despierto?