Laen’dah
N o era capaz de prever qué papel jugaría Záfira en la historia, su intervención me dejaba confuso.
La mente de la Olvidada era un revoltijo de ideas que no me permitía conocer sus verdaderas intenciones.
Era muy inteligente y sabía de qué modo confundirme.
No estaba seguro de si había acudido junto a Alhanna por la petición de Jaeglar o para estar cerca del dárico.
Siempre había tenido predilección por Hagnak, al fin y al cabo, él le había concedido el nombre.
Záfira podía ser escurridiza y algo traicionera hasta con sus propios hermanos, pero su lealtad hacia el Guerrero era infranqueable. Me intrigaba lo que estaba por llegar.
Sin embargo, tenía otras cosas en las que pensar.
Estaba creando sueños en la mente de Eduar, necesitaba que sus decisiones lo llevaran junto a Kishur.
Su potencial era incluso mayor al de su padre, pero el niño lo ignoraba.
Si el dárico no estaba dispuesto a soltar la espada y abandonar la lucha, me encargaría de borrar su existencia de una vez por todas, y para ello usaría cuanto estuviera a mi alcance.
Existía un ser capaz de invocar a un ente de Egoresa, uno que odiaba al dárico casi tanto como yo: el eldo Eleagor.
Esto significaba que volvía a tener a guerreros en mi causa, aunque uno de ellos fuera un simple niño.
El único obstáculo era el propio Hagnak.
Quería que Raehlan muriera para poder conseguir su lanfe, pero no consentiría que yo lo hiciera desaparecer con la ayuda de Egoresa.
Sería interesante averiguar hasta dónde alcanzaba la influencia de alguien que llevaba muerto tanto tiempo y del que solo quedaba un recuerdo.
«Escoges el camino de tu propia perdición», me sobresalté al oír la voz profunda y clara de Hagnak. Miré a mí alrededor como si esperara encontrarlo en la estancia. Era la primera vez que me hablaba; ni siquiera mientras vivió y gobernó el mundo lo hizo.
Me agradaba tener su atención.
—Cuando tu padre le otorgó a Raehlan-Tae la misión de revivir para aguardar la llegada de Alhanna, el poder de sus palabras impuso un sello en el lanfe del dárico para que reencarnara una y otra vez sin que pudieras recuperar esa porción de energía que te había arrebatado.
—Me puse en pie y fui hasta la Drefara para observar el mapa de Muriath—.
Ahora el lanfe de Kishur está libre del sello, pues la misión llegó a su fin.
Pero dime, ¿crees que ganarás la pugna con el Dragón Negro?
No recibí respuesta. Hagnak lo había apostado todo a una única posibilidad, la de conseguir el lanfe del dárico tras su muerte, pero debía hacerlo antes de que Osharan lo devolviera a la vida. Porque no había duda alguna de que lo haría, el Dragón no estaba dispuesto a perder también a Kishur.
—Únete a los Olvidados, atrae a tu padre hasta el Vacío. Mantenlo ocupado para que olvide al dárico, dale esperanzas. Hazle creer que estás dispuesto a volver a la vida, que le darás acceso a tu mundo para que pueda recuperar toda tu energía. —Yo también estaba haciendo una apuesta arriesgada.
Aguardé paciente a que Hagnak volviera a hablarme, pero nunca lo hizo. Quizá tuviera que lamentar haberle dado otro motivo para enfurecerlo, pero merecía la pena.
Observaría como el mundo se derrumbaba. Estaba dispuesto a sacrificarme.