El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Edmoden
23%

Edmoden

Eduar tenía pesadillas con las mazmorras, con los ojos y manos que se acercaban a él cada vez que las atravesaba. ¿Acabaría allí encerrado por ser un soñador? El miedo lo acompañaba todo el día, sin darle una tregua.

—No deberías temer por tu don, te lo ha otorgado Muriath. —Ferian lo miró con intensidad. Agarró los barrotes y sonrió con aire melancólico—. Eres especial.

—Pues no lo quiero. —Eduar observó de soslayo las sombras que titilaban a su lado. Aparecían y desaparecían como si no se decidieran a estar presentes en el mundo de los vivos—. Creo que aquí murió mucha gente. ¿No te asustan cuando estás solo?

—Yo no puedo percibirlos como haces tú. —Ferian se sentó de cuclillas y Eduar lo imitó desde el otro lado de los barrotes—.

Ya sabes que era aprendiz del Ado antes de escaparme.

Él me explicó que algunos soñadores pueden sentir a los muertos, pero no sus almas porque estas se encuentran en el mundo venidero.

Lo que perciben son los recuerdos de lo que les sucedió.

Quizás eso sean las sombras de las que hablas.

—Eso suena raro… —Eduar negó con la cabeza—. Aún no me has contado por qué te marchaste. ¿No te arrepientes?

—No, porque esta parte del mundo es maravillosa y porque tengo una misión.

Ya te dije que debo encontrar la dárico gris.

—Mostró una enorme sonrisa que auguraba una nueva historia—.

A veces, registraba los documentos antiguos que el Ado guardaba bajo llave, se me da bien abrir cerrojos.

Encontré una carta de Raehlan-Tae, guardada en una caja de cristal.

Nadie fue capaz de entender lo que decía porque estaba escrita en el idioma de los inmortales: el sáhico. Pero yo logré traducirla.

—¡Mientes! Es imposible que conozcas esa lengua —afirmó Eduar indignado.

—Claro que sí, me la enseñó mi madre en secreto.

Ella tenía un libro con el que se podía traducir casi cualquier texto.

Lo había heredado de su madre, y ella de su abuela.

Pero como las mujeres no pueden ser Ado, ninguna de ellas tuvo acceso a la carta jamás.

—Ferian se frotó las mejillas con aire triste—.

Mi madre me ordenó quemar el libro cuando terminara de traducir la carta del primer dárico gris.

En ella hablaba de la torre de Zahel. Revelaba lo que era en realidad el antiguo poder.

Supe que debía venir de inmediato a buscar a Raehlan-Tae.

Tiene que salvar a mi gente o lo que encierra la torre escapará y los devorará a todos. Devorará el mundo.

Eduar tragó saliva despacio, la notaba pastosa. Ferian siempre hablaba de cosas que le daban miedo, pero no quería que volviera a reírse de él así que no dijo nada. Aún no le había confesado que soñaba con Invasores y con el dárico gris.

—Ayúdame a buscarlo. —Ferian estiró el brazo fuera de la celda—. Viviremos muchas aventuras y estaremos juntos. Aquí no te quieren porque eres un bastardo y te encerrarán si demuestras ser un soñador, ¿serás capaz de ocultarlo toda la vida?

Aquellas palabras entristecieron a Eduar, pues eran ciertas.

Sintió rabia hacia su verdadero padre, por abandonarlo.

Si él también fue un soñador debió quedarse a su lado para protegerlo.

Estaba cansado del desprecio de su familia, de que le recordaran que no era un Dol porque su pelo era negro y no rojizo. Se llevó la mano al gorro de lana.

—Creo que yo también tengo que buscar al dárico, debo advertirle de algo muy malo.

He soñado con él y, si de verdad soy un soñador, podría cumplirse.

—Ferian abrió los ojos, sorprendido, pero al ver el rostro ceniciento de su amigo decidió no preguntar.

Eduar tomó su mano—. Podemos buscarlo juntos. Pero ¿cómo piensas salir de la celda?

—Eso déjamelo a mí. Ya no cojeo y puedo correr, además he comido suficiente.

Tú solo dime cómo salir de la casa, para no errar el camino y que me atrapen de nuevo.

—Ferian se mostraba entusiasmado—. Cuando oigas sobre mi huida, márchate tan lejos como puedas, hacia cualquier parte, ya me encargaré de buscarte.

—Estás loco… No creo que pueda hacer algo así —murmuró Eduar.

—¡Claro que puedes! Viviremos aventuras, ya lo verás. —Apretó su mano para infundirle valor—. Encontraremos al dárico con ayuda de tu don y juntos salvaremos a mi gente. ¡Serás un guerrero, Eduar! Te necesito.

Quiso decirle que no era fuerte, ni valiente, y que deseaba con todo su ser que el poder de los sueños desapareciera.

Pero tampoco podía ignorar las pesadillas que lo acechaban cada noche, y que siempre culminaban con la caída del dárico gris.

Ferian lo miraba con esperanza mientras esperaba una respuesta.

Al oír sus palabras resultaba muy sencillo contagiarse de su entusiasmo.

De pronto, sintió que sería capaz de marcharse con él.

Asintió mientras soltaba su mano. Tuvo la certeza de que sería la última vez que vería a su amigo tras las rejas y eso lo colmó de alegría.

El día transcurrió lento y silencioso. Permaneció en su habitación dibujando y tratando de no pensar en Ferian.

Ya no estaba tan convencido del plan de su amigo.

La angustia lo carcomía porque Daraes lo miraba suspicaz, dudaba de él.

A Eduar nunca se le había dado demasiado bien mentir, sabía que no podría ocultar sus charlas con Ferian más tiempo.

Por eso, cuando su madre entró apresurada en el cuarto el corazón le dio un vuelco.

—¡Menos mal que estás aquí! El Invasor ha escapado y tu tío está furioso, capaz es de matar a alguien hoy. —Su madre siempre exageraba—. No puedo creer que te hiciera llevarle la comida a esa maldita criatura.

—No pasa nada. —Eduar metió las manos en los bolsillos.

—¿Y qué sabrás tú? Mi embarazo me exige descanso, no preocuparme por estas cosas. Tú tío sabe que has estado mintiendo, los guardias le han asegurado que os oyeron hablar en más de una ocasión. —Galaera caminó por la estancia—. No sé en qué pensabas. ¿Tan desagradecido eres?

La puerta volvió a abrirse y esta vez aparecieron Isela y Daraes. Era cierto que estaba enfadado, bastaba con ver sus ojos. Eduar menguó ante su adusta mirada.

—Te advertí del peligro que corremos por la presencia de los Invasores.

¿Es que la destrucción de Laccados no te asusta?

Porque podría pasarnos lo mismo. —Eduar asintió muy despacio, claro que le daba miedo—.

¿Y puedo saber por qué me has estado mintiendo todo este tiempo?

Me aseguraste que tampoco hablaba contigo, he tenido que enterarme de la verdad por los guardias.

Si sabes hacia dónde ha huido el Invasor este es el momento de decirlo.

—Daraes parecía alzarse más alto frente a él—.

Es una amenaza, debemos impedir que llegue hasta su gente.

—¡Ferian no es una amenaza! —gritó Eduar en un arrebato.

Daraes lo abofeteó en la mejilla derecha.

El niño se llevó la mano a la cara y bajó la cabeza para ocultar las lágrimas que afloraron en sus ojos.

No quería llorar. Isela carraspeó con desaprobación, o eso le pareció.

Se sintió más solo que nunca en aquella habitación, porque ni siquiera su madre intercedería por él.

—Conoces hasta su nombre. ¡Levanta la cabeza! —Eduar obedeció, conteniendo las lágrimas—. ¿Crees que esto es un juego? Y yo que te había tomado por inteligente. Eres tan inconsciente como el desgraciado de Shudei, no sé porque me sorprendo.

—Daraes, no te dejes llevar —comentó Isela en voz baja.

El hombre cerró los ojos para tomar aire muy despacio.

—Está bien. Hablaremos cuando me calme —le dijo al niño—. Piensa en lo que has hecho, has traicionado a tu propia familia.

Salió de la habitación seguido de Isela, que le ofreció una mirada triste y una ligera sonrisa.

Su madre tampoco fue de gran ayuda: levantó su mentón para observar el golpe y, al ver que solo estaba enrojecido, se marchó.

Una vez a solas de nuevo, se sentó en la cama y lloró con amargura.

Los odiaba a todos. Había sido un tonto por creer que su tío lo quería, porque si fuera cierto le habría dado su apellido.

Pero no, había permitido que todos lo llamaran bastardo y que sus primos se burlaran de él.

Detestaba esa palabra. Y a su madre porque se olvidaría de él en cuanto naciera su hermano.

Pensó en Ferian y en lo divertido que era hablar con él. Sabía muchas cosas que Eduar desconocía, y no le importaba compartirlas. ¿De verdad buscaría al dárico? Se preguntó si se volvería tan valiente como su amigo si se marchaba con él.

No pensaba quedarse en un lugar donde no lo querían, con la amenaza de que lo encerraran en esos terribles calabozos, así que corrió hacia su armario con el corazón latiendo desbocado, buscó dos mudas y alcanzó una bolsa de cuero que le regaló una de sus tías.

Metió dos prendas, algunos lápices de colores, hojas de papel y el libro de la biblioteca.

Ya lo devolvería cuando regresara. Se fijó en el reflejo del espejo y se pasó la mano por el pelo rapado.

La sombra oscura rodeaba su pequeña cabeza.

Decidió que nunca más lo cortaría de ese modo.

Antes de salir por la ventana, escribió una pequeña nota. Iría en busca de aventuras.

Horas más tarde, cuando el sol languidecía, Daraes se adentró en la habitación dando un fuerte golpe a la puerta contra la pared.

Galaera estaba sentada en la cama y tenía entre las manos una hoja de papel.

El hombre revisó la estancia para comprobar que todo continuaba en su sitio, incluida la carpeta de cuero con los dibujos de Eduar. Su sobrino jamás dejaría eso atrás.

—Se ha ido —murmuró Galaera—. Fuiste demasiado duro con él.

Daraes le quitó el papel de las manos y lo leyó con angustia.

Se sentó junto a su hermana cuando de pronto las piernas dejaron de responderle.

Un dolor desconocido atravesó su pecho, jamás le había importado alguien tanto como Eduar.

Aquel día había sido la primera vez que golpeaba a su sobrino y la mano aun le quemaba por el arrepentimiento.

Repasó el contenido de la carta, entristecido ante la letra tan bonita.

«Me marcho. No soy un Dol y nunca lo seré.

El bastardo» .

Daraes tragó saliva al contemplar la firma que el niño había usado.

Casi podía percibir el dolor, sintió que se le oprimía el pecho.

Sin darse cuenta estrujó la hoja en la mano y cerró los ojos para intentar serenarse.

¿Qué demonios había pasado? Cuando abrió los ojos, su hermana se estremeció al contemplar las frías pupilas.

Estiró la hoja, la dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.

Abandonó la habitación sin decir una sola palabra.

Recorrió los pasillos mientras los trabajadores con los que se cruzaba se apartaban de él.

Notaba la carta quemándole en el costado, cada palabra escrita por Eduar lo estaba cercenando por dentro.

Decidió que encontraría a su sobrino, aunque tuviera que abandonarlo todo para partir en su búsqueda.