Alviat
El demonio pasaba desapercibido gracias a su apariencia dárica, aunque algunos lo observaban de forma suspicaz, como si vieran algo más en sus ojos.
Esa tarde le había entregado al Galaef la carta del dárico gris.
No había necesitado mostrarle su poder, tal era la lealtad que el anciano procesaba a Raehlan.
«Por supuesto que atenderé cualquier orden que provenga de mi verdadero rey», se había limitado a decir.
Ahora permanecía oculto tras una de las columnas que recorrían el salón del trono.
El demonio aguardaba a Borat, quien no tardaría en abandonar la sala de reuniones.
Borat apareció desde una de las puertas que conducían al resto del complejo. La luz nocturna que atravesaba la cúpula de cristal se reflejó en su armadura de plata. Se detuvo frente al trono y se quedó un rato inmóvil, contemplando la silla vacía.
—El suelo aún tiene restos de sangre, últimamente cortáis demasiadas cabezas. Os matáis entre vosotros igual que hacen los humanos, ¿en que os estáis convirtiendo? —Trivaz sorprendió al dárico y este se volvió de inmediato con la mano en la espada—. No soy tu enemigo. Al menos, no de momento.
Borat no respondió, escrutó a Trivaz con la mirada y luego dio un paso atrás. El demonio le tendió la carta mientras sus pupilas tomaban la tonalidad propia de su raza.
—Eres un demonio —dijo sin resuello el general. Luego, ocultó su desconcierto e inquietud para fingir que la presencia de Trivaz no le afectaba. Borat tomó el papel y enseguida reconoció la letra—. Te envía el dárico gris. ¿Por qué debería leer esta carta?
—No solo la leerás, también deberás obedecer cuanto te ordena Raehlan en ella.
—Aquel nombre dejó perplejo al general. Trivaz acortó la distancia entre ellos y ladeó ligeramente la cabeza sin apartar sus ojos de los de Borat—.
Sospecho que quieres ver al dárico gris de nuevo sentado en el trono, aunque estés jugando a fingir lo contrario ante sus enemigos.
Va a venir a Alviat y cuando llegue, espero que estés a la altura.
Al oír aquello, el general se apresuró a abrir la carta y la leyó en silencio.
Trivaz no poseía la visión de los dáricos, pero no la necesitaba para percibir la ansiedad que acababa de invadir a Borat en esos momentos.
Apretó la hoja de papel entre sus dedos y se limpió el sudor de la frente mientras caminaba de un lado a otro frente al trono.
Trivaz aguardó con paciencia, tiempo era lo único que le quedaba.
—¿Cuándo llegará? No me informa de eso en este mensaje y necesito saberlo para prepararlo todo. Es culpable de traición, no puede entrar en la ciudad como si nada. —Borat se mesó la barba y se detuvo frente al demonio—. Provocará una guerra.
—Raehlan está por encima de todo eso —comentó Trivaz.
—¿Por qué insistes en llamarlo así? —Borat dobló la carta y la guardó.
—Ya veo, ha omitido esa parte. Raehlan fue su primer nombre, el que le dimos los inmortales cuando nació sobre el trono del Dragón Negro.
Es cada dárico gris, ha renacido una y otra vez para ostentar la corona que le fue entregada.
—Su voz parecía resonar entre las imponentes columnas de mármol y Borat creyó que sus ojos dorados podrían prender en llamas todo el palacio—. Raehlan es hijo de la Oscuridad.
El silencio que siguió a sus palabras perturbó al general.
Cada intento de hablar quedaba en asfixia, notaba su garganta seca.
El demonio trazó una línea con el brazo y ante ellos se abrió una puerta oscura hacia un lugar desconocido.
Entonces, el general lo reconoció. Era el mismo ser que se llevó a Alhanna de la ciudad.
Trivaz cruzó el umbral y desapareció ante la mirada confusa de Borat.
Ni siquiera se preocupó de que alguien hubiera podido oír su conversación. Se arrodilló a los pies del trono.
«Es hijo de la Oscuridad», se repitió Borat, aun sin comprender el significado.
Trivaz recorrió los pasillos en penumbras y entró en la estancia de Sorastalez.
Las luces de las lunas se arrojaban a través de las ventanas.
El dárico se encontraba reclinado en el sillón, con el rostro ensombrecido.
Dormía. Las ascuas de la chimenea mantenían un poco de calor en la habitación, pero no era suficiente.
Trivaz se inclinó sobre Sorastalez y observó las marcas negras bajo sus ojos.
La corona descansaba sobre su regazo y se aferraba a ella con fuerza.
El dárico despertó de pronto y tembló de miedo al verlo.
—Parece que me recuerdas. —Trivaz sonrió con malicia.
—Me salvaste la vida de infante al impedir que mi padre me estrangulara —murmuró Sorastalez con la voz atragantada—. Siempre supe que eras un demonio.
—Enfermó con la sangre maldita, como tú ahora.
Debí borrar tus recuerdos, tal como hice con él.
Cometí un error, pues es lo que te ha condenado al final.
El recuerdo de aquel día te ha atormentado desde entonces.
—Trivaz apoyó las manos en el sillón, encerrando a Sorastalez entre sus brazos—.
Conozco la verdadera razón por la que odias tanto a tu descendiente.
Le tienes miedo, un temor tan voraz que te consume.
—¡Es una criatura maligna! Es la reencarnación de mi padre, me llamó «Soras», igual que hacía él. —Sorastalez se atragantó y su rostro enrojeció antes de proseguir—. Regresó del mundo venidero para seguir gobernando, para acabar conmigo.
—Te equivocas, él tiene un propósito mucho más grande.
Trivaz se alejó de Sorastalez con disgusto.
Convirtió sus manos en garras ante la mirada de estupor del dárico.
Acabar con él sería lo más piadoso, pero entonces notó un conocido tirón, como si alguien intentara arrastrarlo lejos de allí.
Sonrió, porque tan solo podía tratarse de Hagnak.
Trivaz no fue a ninguna parte y la sensación desapareció.
Lo percibió como un tirón de orejas a modo de advertencia. ¿Le impedía matarlo?
—Solo hay locura en ti, hubiera sido mejor poner fin a tu sufrimiento. Nada de lo que diga logrará hacerte entrar en razón. —Sus manos recuperaron la forma habitual.
El demonio salió de la estancia con un pésimo humor y la impresión de estar dejando atrás algo incompleto.
Nada más cerrar la puerta, oyó el llanto roto del dárico.
Se preguntó qué ocurriría cuando Kishur regresara a Alviat ahora que recordaba todas sus vidas.
¿Sería capaz de enmendar el pasado? ¿De salvar a Sorastalez de la perdición?
Trivaz no lo creía posible. Los lazos que se rompían, no volvían a unirse.